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Cuando Malena cogió el avión en Bogotá, acompañada de su marido, echó la vista atrás con la mente puesta en su regreso. Serán solo un par de años, se dijo, lo justo para ahorrar y poder comprar una casa para su familia. Al otro lado del océano, una inmensa interrogante con forma de futuro. Ella y él formados, decididos a emprender un cambio de vida temporal para mejorar sus expectativas. Y para ello, Malena sabe que tendrá que renunciar a esa extensa formación, para ocupar aquellas posiciones que desde su país de acogida le son asignadas sin otra oportunidad mejor: cuidadora o limpiadora. Ella lo asume con una sonrisa. Es lo que toca, trabajar mucho y ahorrar más. Por ello, la pareja se instala en un humilde piso de alquiler.

Pero su llegada a este país le depara una noticia inesperada. A los pocos meses de encontrar un trabajo, Malena se queda embarazada. La nueva criatura es esperada con ilusión y todo el proceso transcurre con normalidad. Por desgracia, su familia colombiana no puede acudir a tan esperado acontecimiento pero ella no se siente sola, tiene el apoyo incondicional de su pareja, que ha sido fundamental este tiempo. Llega el día del parto y de repente, todo empieza a torcerse, algo no va bien en el transcurso del mismo y les explican que ha podido tener consecuencias para el desarrollo de su hijo.  Es entonces cuando el mundo se puso boca abajo.

Mujer en un país extranjero y un pequeño con problemas. El desconcierto y la desolación de los primeros días es total y a Malena le sorprende la falta de reacción de su marido. Desde el centro de salud les aconsejan acudir a una organización especializada, pero él no se siente con fuerzas, y es ella sola la que asiste, por primera vez, a una valoración de su pequeño. Es entonces cuando empieza a recibir información de qué hacer y no hacer para recibir determinadas ayudas. Poco a poco Malena va explicándole a su marido la nueva situación.

Hay que tomar nuevas decisiones y ella es rotunda. Acuerda con su marido dejar de trabajar (el trabajo de él, como casi siempre, es más estable y mejor pagado) y él comienza a concienciarse de que es necesario encontrar más dinero. Pero la realidad más dura es asumir que no podrán volver a su país. Allí no hay recursos para atender a su hijo. Ni tienen las mismas opciones económicas. Malena recuerda el día en que cogió el avión y siente un poco de nostalgia. Pero ahora las cosas han cambiado. Y hay que tener fe. Y salir adelante. Por eso sigue aquí, cada día, aprendiendo a manejar el nuevo rumbo que ha tomado su vida.

 

 

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