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Me quedé pensativo hace unos días cuando un viejo amigo —Antonio— me dijo de sopetón que el PP y el PSOE eran los culpables de que los jóvenes españoles con estudios universitarios —incluida su propia hija, que tiene un brillantísimo currículum— se vieran obligados a marcharse a trabajar al extranjero. No pude darle mi opinión al respecto porque la tertulia que compartíamos derivó hacia otros temas, así que aprovecho esta ventana abierta para darle cumplida y meditada respuesta.

Más allá de que no creo que a Europa se la pueda seguir considerando "el extranjero" a estas alturas de la Unión Europea, sí es verdad que muchos jóvenes bien preparados se ven obligados a buscar trabajo fuera de España, que sin duda es lo que quería decir mi amigo. Y también es verdad que la situación económica de nuestra nación, para bien y para mal, se la debemos en gran parte a quienes la han gobernado en las últimas décadas. O sea, al PSOE y al PP. Hasta ahí, de acuerdo. Lo que nunca sabremos es cómo sería hoy la situación económica, y cuál el presente y futuro de nuestros jóvenes, de haber gobernado otros partidos, dado que, como decía Oscar Wilde, “nada hay tan malo que no pueda ser peor”.

Futuribles aparte, es evidente que en España —sobre todo en las regiones del sur— no hemos sido capaces de crear un tejido empresarial denso ni tecnológicamente puntero que absorba la mano de obra abundante y altamente cualificada que sale de nuestras universidades,  como sí sucede en otros países de Europa. Y es evidente también que este fracaso es en gran parte consecuencia de las políticas económicas implementadas en las últimas décadas. Pero creo que dicho fracaso también es achacable, y no en poca medida, a la falta de una mentalidad empresarial, de una cultura del emprendimiento —que solo en los últimos años se ha intentado remediar tímidamente—, de la que no todos son igualmente responsables. No hay que olvidar que España no es un país donde los empresarios gocen de buena prensa. No hay más que ver la que se lía en las redes sociales cada vez que sale a la palestra Amancio Ortega, nuestro más brillante empresario, cuyos métodos de organización empresarial se estudian en las universidades más prestigiosas del mundo, mientras que aquí recibe mayormente todo tipo de descalificaciones y denuestos. Ocasión habrá para tratar detenidamente la obra de este personaje egregio, y para desmontar todas las infamias que contra él se lanzan una y otra vez por "el español terrible, que acecha lo cimero con su piedra en la mano" (Luis Cernuda).

La imagen que en España predomina del empresario no es la de quien es capaz de crear empleo para sí y para otros, en contraste con quien aspira solo a buscarse la vida trabajando por cuenta ajena. Tampoco es la imagen del ciudadano aventurero que arriesga todo su patrimonio, su saber y su tiempo en la creación de un negocio que puede hacerle rico... o cargarle de deudas, y que al mismo tiempo crea puestos de trabajo para quienes no quieren correr esos riesgos. En España, sobre todo en el sur, cualquiera que sea capaz de crear una empresa y competir para ganar dinero —sí, para ganar dinero se montan las empresas, y para ganar dinero acudimos cada día a nuestro trabajo todos los currantes, nadie trabaja por amor al arte—, se convierte automáticamente, según una visión romántica y marxista que está sólidamente asentada en amplios sectores sociales, en un explotador avaricioso, en un enemigo del pueblo.

Y mientras sigamos anclados en este tópico simplista —como el del "maldito parné" de las coplas—, al tiempo que en nuestras escuelas e institutos se abomina de formar jóvenes emprendedores y competitivos, según el espíritu igualitarista de las sucesivas leyes de educación socialista, y se difunde como ideal de vida la del funcionario... Mientras no desaparezca esta mentalidad arcaica e improductiva, que hunde sus raíces en la más rancia tradición católica y en la antigua sociedad estamental, difícilmente dará resultados ninguna política de apoyo a la creación de empresas y a los autónomos, que evite que nuestros jóvenes mejor preparados se vean obligados a marcharse a otros países donde está bien visto ganar dinero, y donde quienes crean y gestionan empresas, generando riqueza y puestos de trabajo, sí gozan de la mayor consideración social y del apoyo de las instituciones.

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