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Yo lo he visto hacer de todo.

Desde subirse, con los pantalones hasta las rodillas, a la mesa presidencial del Ayuntamiento jerezano durante unas Fiestas de Otoño hasta esconderse en el interior de la funda de un contrabajo, durante casi media hora, en los camerinos de la Ópera de El Cairo; desde poner patas arriba, en un segundo y a base de bulerías, a todo un avión camino a Japón hasta dejar prácticamente mudos a los cantaores de toda una compañía del jaleo que montó en el interior de aquella furgoneta que nos llevó por toda Castilla-La Mancha aquel lejano año del 97 de cuyo mes no puedo acordarme.

Al palmero más conocido del barrio de Santiago le vi hacer de todo..., menos levantar un tabique como me decía él. Porque flamencos los hay de los colores –ricos y pasados de rosca, aprovechaos y figurines, sinceros y muertos de hambre– pero como él, tan rápido de mente, he visto a muy poquitos.

Ojo. Para lo bueno y lo malo porque si a alguien se le ocurría ir de gracioso con él o ponerse a su altura, el Tota, con esa picaresca cervantina de Siglo de Oro, se ponía a hablarle al revés -al vesre como anunciaba él- y al arremetío lo ponía en un santiamén de todo menos de bonito y sin que se enterase de la misa la mitad..., y el resto, que ya conocíamos sus ocurrencias, muertos de risa.

Pero el flamenco y Jerez tienen sus puñalás traperas..., tan profundas y crueles que terminaron arrastrándolo hasta una esquina de Norteamérica donde hoy, afortunadamente y después de sacar las castañas del fuego, vive a cuerpo de rey con su esposa y su hijo Miguel.

¿Y cómo saca la cabeza un flamenco por los cuatro costaos en un país que no es el suyo?

Recuerdo aquella historia -su historia- con tintes de Buñuel y chiste crudo que me contó una mañana de mayo en la Porvera la primera vez que regresó:

“Santi mío..., allí en América hay menos flamencos que en el Charco de los Hurones. Qué fatiguitas más grande..., y los que hay se lo rifan..., y con menos gracia que un beso en un codo. Yo tengo a dos guitarristas, uno casi japonés que está sembrao y otro mejicano, y los estoy poniendo más bien que tó... Que cómo lo hago Santiago mío. Tú sabes que yo me sé tó las falsetas de Periquín. Familia mía. Pues muy lentito se las hago con la boca..., turitu tiri titi ti ti y ellos van cogiendo lo que pueden... Unas salen y otras tienen peor pinta que un muerto de segunda mano pero ahí vamos con mi Ichi y mi Migué”.

Y ahí va Luis de la Tota colocando una pequeña bandera de Jerez a miles de kilómetros de donde vino al mundo..., y yo echando de menos su arte sobre el escenario y esa endiablada forma que tiene de meterse con la gente y consigo mismo..., y Jerez, mientras tanto, con su triste memoria de paja, sus pies de barro y borracha de agua.

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