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Me he dado cuenta de que nunca escribí una carta a Los Reyes. Yo creo que nací sabiendo que no existía la magia.

El tiempo pasa. Ya hace un año que empecé a publicar mis artículos en lavozdelsur.es, coincidiendo con la fiesta de Los Reyes. Esta vez, un fuerte catarro me ha obligado a disfrutar del calorcito de los edredones y de la bolsa de agua caliente, lejos del jolgorio y la voracidad organizada que año tras año se reproduce. Ningún cambio, todo igual, o casi igual.      

Bueno, todo no. Yo, por ejemplo, me siento cada vez más de otro mundo. Escuchando a los jovencísimos periodistas, encargados de trasmitir el ambiente de la ”noche mágica”, pensaba: ¿pero estos chicos no tienen una abuela que les haya contado de qué mundo venimos la mayor parte de personas que hemos superado los sesenta años? El roscón de reyes, los juguetes preferidos, las cabalgatas… Curioso... Dan por sentado que las cosas han sido siempre así, mientras la señora Carmen, responde sorprendida, devolviendo la pregunta… ¿el roscón… mi juguete preferido…? ¡Ay, hija! El roscón no existía, y los juguetes no los podíamos comprar.   

Yo sonrío para mis adentros, entre divertida y extrañada, ante tanta inocencia y falta de sentido histórico. No hay duda, Teresa: te estás haciendo mayor sin remedio. Y vienen a mi memoria los inviernos de mi infancia en Sierra Mágina, en aquellos grises años cincuenta…

No había pensado en ello, pero me he dado cuenta de que nunca escribí una carta a Los Reyes. Yo creo que nací sabiendo que no existía la magia. Mi realidad era demasiado prosaica, después de una larga posguerra. Por supuesto nunca llegué a ver algo parecido a un camello, y mucho menos una cabalgata. Sin tele, sin posibilidades para viajar… Había que tener muchísima imaginación y mucha fe. Y que conste que la situación de mi familia no era de las peores, pero la España de esos años no daba para muchas fantasías, exceptuando algunos privilegiados, que siempre los ha habido.   

Lo que ha quedado en mi memoria es la visita que hacía a la tienda de Julio el chófer, o la de Valentina, su hija, acompañando a mi madre, que procuraba comprar algo práctico y no muy caro. Yo debía de tener unos diez años y me convertía en cómplice para que mi hermana pequeña viviera con total inocencia aquel día. Entre las dos elegíamos algún juguete para la pequeña de la casa. Aquellas tiendas, con triciclos colgando del techo, tambores, caballos de cartón, acordeones, trompetas, coches y camiones, pelotas y balones de reglamento, muñecas de cartón, cocinitas, planchas, máquinas de coser de latón... Todo apilado, sin espacio para escaparates. Recuerdo los colores, los olores, los sonidos… Entrar en la tienda era una fiesta para los sentidos, pero había que ser realista: todo aquello era inalcanzable. Ni reyes, ni nada... No había dinero para esos lujos. Y yo, tan seriecita y responsable, no replicaba.

Lo único que podía esperar era un plumier nuevo de madera, y una cartera; una especie de maletín muy pesado que llevaba todo el año a la escuela. ¡Ah!, se añadían dos elementos importantes: la goma de borrar Milán, con aquel olor tan característico, y la caja de lápices de colores de la marca Alpino. Te podías dar con un canto en los dientes si conseguías renovar el pack escolar cada año. Tal y como explicaba la señora Carmen a la periodista jerezana, que no salía de su asombro ante tanta austeridad.     

Y juguetes… En realidad no los necesitábamos, porque nuestro reino era la calle. Yo tenía lo que necesitaba para divertirme: muchas amigas, calles, callejones, plazas, los rincones de las grandes casonas, los corralones…Y creatividad, mucha creatividad. Así que no recuerdo haber echado de menos nada. Quizás una muñeca, una pepona de aquellas de cartón tan difíciles de conseguir para la mayoría de niñas del pueblo.

Quizás por eso, mi madre se empeñó en comprarme una el mismo año que nació mi hermana, “Por si me pasaba algo en el parto”, solía contar ella. Sacó de donde pudo el dinero y tuve mi primera y única muñeca de cartón. Aquellas no abrían y cerraba los ojos, ni lloraban, ni nada. Tenían los ojos, la boca y la nariz pintada sobre el cartón, y poco más. Lo de Mariquita Pérez, ni olerla... vaya, que nunca supe que existiera algo así.  Tenía yo seis años, y todas las muñecas que he tenido luego han sido hechas por mí, de trapo, bien bonitas… Bueno, ¡qué remedio! Le ponía hasta sus trenzas, con el pelo de las panochas de maíz: rubio, o pelirrojo.

Por suerte, había dos juguetes fáciles de conseguir, baratos y divertidos: el saltador y el diábolo. De eso sí recuerdo haber disfrutado; era casi obligatorio que los reyes te lo trajeran. Cuando aprendes a saltar, o a manejar el diábolo, ya nunca se te olvida. Ahora, cuando veo uno de ellos tengo el impulso de comprarlo y, sobre todo, no me resisto a jugar, a echarlo por los aires y probar mi pericia diabolera.

Y esto es lo único que quiero contar sobre este gran día para los niños. ¡Ah! Y también que fui yo misma quien rompí la inocencia y la fe de mi hermana pequeña. Un día ya no pude resistir más y abrí el arcón antiguo donde guardaba mi madre sus reyes y se los enseñé. Así son los niños, algo perversos e impacientes, ¡qué le vamos a hacer!

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