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Las 91.000 personas más ricas del planeta controlan una tercera parte de la riqueza mundial y sitúan la mitad de los depósitos en paraísos fiscales. 

Creemos en espíritus. Es una evidencia según los informes y encuestas que año tras año se dan a conocer. Un estudio reciente afirma que un 42% de los estadounidenses están convencidos de la existencia de fantasmas, un porcentaje que aumenta hasta el 52% en Inglaterra. Muchas de esas personas atribuyen ruidos desconocidos a la presencia de espectros, otros anhelan en las percepciones de lo supraterrenal una demostración de la inmortalidad del alma. Otros tantos necesitan seguir sintiendo cerca a los que ya no están. En definitiva, creemos aunque no veamos. Esa es la base de lo paranormal, pero también lo es del amor, de la confianza o de la fe. En este mundo abyecto, cada uno cree en lo que puede.

A unos 15.500 kilómetros de la capital de España, se alza un pedazo de tierra llamada Nauru. Para los dos o tres lectores que puedan desconocer aún la existencia de este lugar —si es que los hay, véase la sorna—, un par de referencias geográficas: la República de Nauru es uno de los cinco estados independientes que componen la región de Micronesia (formada, a su vez, por los archipiélagos del oeste del océano Pacífico). Nauru comprende una sola isla situada en el Pacífico central, justo al sur de la línea del Ecuador. Su extensión rebasa por muy poco los 20 kilómetros cuadrados, por lo que se trata —para que se hagan una idea— de un territorio más pequeño que el pueblo gaditano de El Gastor. Es el estado soberano más pequeño del continente más pequeño (Oceanía), y está poblado en su mayoría por los descendientes de tribus micronesias y polinesias. Poco más de 11.000 habitantes censados.

Más allá de por su exótica flora o sus —ya expoliados— yacimientos de fosfatos, Nauru es bastante más conocido de lo que cabría esperar entre las elites financieras. La razón no se encuentra en la ubicación de un lujoso resort en el que desconectar del asfalto candente de las grandes urbes y de la telefonía 4G, sino más bien en otro tipo de reclamos “paranormales”. Desde 1990, Nauru figura en los listados mundiales de países considerados paraísos fiscales. Por muy jocoso que nos resulte pensar que se trata de aquellos reductos de cielo a los que algún Dios envía al morir a los fiscales que en vida han sido buenecitos, su definición es bien distinta. Un paraíso fiscal es, como saben, un territorio o un Estado que aplica un régimen tributario muy beneficioso para los ciudadanos y empresas que se domicilien a efectos legales en el país sin ser residentes en él. El resultado es una exención total o parcial del pago de los principales impuestos para estas grandes sociedades o individuos acaudalados foráneos.

El mecanismo suele ser relativamente sencillo para los iniciados en el argot financiero aunque se acabe por tejer una telaraña que alberga en su complejidad la clave del éxito. Los millonetis están rodeados de acólitos y asesores —no siendo en modo alguno excluyentes entre sí ambos términos— en materia económica, que son expertos en encontrar vacíos legales en los sistemas impositivos para que sus clientes los expriman a fondo. Y ya que el dinero se deposita en un paraíso, no abandonemos la jerga y trascendamos la carne, porque una práctica habitual es también crear sociedades “fantasma”. La principal función de estas compañías es poder llevar a cabo transacciones usando precios falsos para depositar elevadas sumas en aquellos lugares donde no se pagan impuestos. El círculo perfecto se cierra con la figura del propietario “fantasma”, ya que para invisibilizar el rastro del dueño en cuestión se puede nombrar a un testaferro —algo así como “el aparecido”, ya que es el que aparece para firmarlo todo— que actúe como presunto titular del capital o de la sociedad. Así, la huella del dinero se desdibuja cada vez más y el dueño real se esfuma como una leve presencia. Una sociedad fantasma desvía una cantidad de una cuenta en un paraíso fiscal para transferirla a la cuenta de otra sociedad “espiritual” y así hasta el infinito celestial. Así hasta que, entre tanto ectoplasma, se pierde la pista del origen del dinero.

Los expertos calculan que hay unos 21 billones —con “b” de burrada— de dólares en estos parques temáticos del milagro fiscal, aproximadamente la suma del PIB de Estados Unidos y Japón, es decir, de la primera y la tercera economías mundiales. Estrictas leyes de secreto bancario —las cuentas en estos territorios están sujetas a una normativa que no permite el intercambio de información automático con otros países—, leyes de transparencia nada transparentes y una opacidad financiera casi sin límites son buenos ingredientes del fantasmal pastel. Uno de los destinos favoritos para este dinero “espectral” son las Islas Caimán, que tienen más compañías registradas (unas 85.000) que población. Según la BBC, las 91.000 personas más ricas del planeta controlan una tercera parte de la riqueza mundial y sitúan la mitad de los depósitos en paraísos fiscales. Es muy probable que la relación de todo esto con la desigualdad planetaria sea puramente paranormal. Los caminos de las grandes fortunas son misteriosos. 

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