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Estamos como locos por amar. Quien lo probó lo sabe, que dijo el poeta. Quien sufrió la inmensa pena de su extravío —que cantó Bebo Valdés—, lo sabe mucho mejor. Y es que en este mundo pocas cosas hay tan indómitas y tan institucionalizadas como el amor. Curiosa paradoja esta pero tan cotidiana como hacer de vientre. Y es que hasta las referencias escatológicas vienen al caso. Cuando se convive con otra persona, todo su día a día se convierte también en el propio: lo bueno, lo malo y lo de siempre. Y es ahí donde empieza todo. Donde comienzan las mieles y las miserias. Lo peor de tu pareja está a punto de hacerse carne frente a tus ojos y normalmente lo logra a través del verbo, como en las Sagradas Escrituras. Por esa boca van a brotar las peores crueldades pero también las más bellas melodías. Es lo que tiene compartir la vida: hay que oír aquello que no nos apetece a cambio de no dejar de ver lo que más nos gusta.

Y es que el amor es una droga efectiva y perniciosa a partes iguales. Quizás más que ninguna otra. Cuando se acaba el misterio, la sorpresa y el encantamiento inicial, aflora otro tipo de hechizo y la manzana envenenada puede brillar bien carnosa haciéndose uno con nuestras pupilas. ¿Es una opción no morderla? ¿Es posible no correr como locos a buscar los brazos de otro príncipe o el regazo de otra princesa que recubra de magia nuestro cuento ya grisáceo? Puede que a veces no estemos preparados, que nos deslumbren demasiado las luces de la ciudad, o que Hollywood le haya ganado demasiado la partida al inconsciente. No es fácil saberlo. Ahora afloran también otras formas de vivirlo: los liberados, los asexuales, los poliamorosos… Toda una caterva de nuevos adictos que, por exceso o por defecto, beben del elixir amatorio aunque sea en solitario. Hay tantas maneras de sentirlo y tan poco tiempo para desperdiciarlo sin hacerlo que cualquier excusa es buena para caer en sus garras.

Para mí el amor es lo más parecido que hay a una cama con sábanas limpias. La sensación de plenitud que te aporta bucear entre ellas es comparable al mayor de los placeres. Te sientes flotar, como cuando caminas por la calle de la mano de ese o esa a quien deseas. Es como un paseo por los Campos Elíseos mitológicos, esas llanuras infinitas del lugar alcanzado por el rayo: un privilegio reservado a los dioses y enclavado a la vez en el infierno. Por eso, porque todo lo que podamos hacer es poco para prolongar el paseo, dejémonos ya de historias. Si todos estamos locos por amar y nunca hemos sido más felices que cuando nos dejamos llevar por la locura, ¿por qué nos empeñamos en ponerle diques a ese genuino y legendario caos? ¿Por qué criticar a quienes utilizan un día del año —cualquiera que este sea— para pararse a amar y a que la gente lo sepa? ¿Por qué tantas flechas contra el arquero de El Corte Inglés o de la droguería de la esquina? Vivámoslo como queramos pero vivamos, joder. Al fin y al cabo, todos somos mucho más dichosos cuando estamos locos de amar.

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