Un partido de fútbol base, en una imagen de archivo.
Un partido de fútbol base, en una imagen de archivo.

Quizás trato por fin de justificarme. Como la vez que escapé de clase con la excusa de que tenía cita médica y descubrieron las botas en la mochila. Vale, no era por salud, teníais razón, sino por algo inexplicable.

Creo que nadie lo entendió cuando llegué al convite con la camisa arrugada y las botas de fútbol dentro de la mochila negra.

-¿Te vas? Pero si acabas de llegar.

-Es que estamos en semifinales. Justifiqué sin convicción.

Sólo mi madre guardó el reproche, más por verlo como un caso perdido -un defecto incorregible- que por comprensión. Menos mal que mi sobrino no se acuerda y perdonó la falta en su bautizo.

Hasta se rieron los compañeros de Universidad cuando en mitad de su borrachera en el viaje de fin de carrera me pegué tres horas descalzos, con unos desconocidos, detrás de la pelota.

-Cojones, que estamos en Punta Cana, soltaron con la lengua trabada por los mojitos.

-Quillo que eran italianos, a mí no se me olvida lo del 94, había que darle un baño.

O aquella mirada de quien observa a un loco, a eso de las seis de la madrugada, después de un día entero de cervezas.

-Cómo, ¿vas a jugar ahora a las diez?

-Ya he dicho que sí, además así sudo la resaca.

También la mañana de lluvia y tormenta, tras varios días de fiebre.

-Hoy no jugarás, supongo.

-No sé, por qué no, contesté con boca chica.

Las pasiones, los delirios y los venenos no se eligen, se clavan, y no hay razón que pueda combatirlos. Por eso nadie escuchó a mi hermano cuando tras una liguilla de desengaño pregonó que no volvía a hacerse socio del Cádiz. “Ya cicatrizará”, pensé para adentro por no llevarle la contraria. A las dos semana se escapó al estadio a escondidas, como un amante, para hacerse socio y renovar el compromiso vitalicio.

“Me enamoré del fútbol (…) de repente, sin explicación, sin hacer ejercicio de mis facultades críticas, sin ponerme a pensar en el dolor y en los sobresaltos que la experiencia traería consigo”, escribió Nick Hornby en Fiebre en las gradas, el libro con el que más identificado me he sentido jamás. 

Y no es porque se trate del fútbol, sustituye por la escritura, literatura, la guitarra, el surf o emborracharse cada sábado hasta poder olvidar lo inolvidable. Luego, amóldalo al personaje hasta encontrar el sinsentido por el que pierde la cordura.

No acabará la crisis y las guerras cuando celebro y siento, pero volveré a gritar si sale el chillido de adentro. Por supuesto que soy consciente de que se trata de una estupidez, a los años, el derrochar las horas en algo tan básico y que no ofrece ningún beneficio más allá de la satisfacción personal, pero el sábado de nuevo ataré los cordones.

Quizás sienta vergüenza. Quizás trato por fin de justificarme. Como la vez que escapé de clase con la excusa de que tenía cita médica y descubrieron las botas en la mochila. Vale, no era por salud, teníais razón, sino por algo inexplicable.

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