Vivien Leigh y Hattie McDaniel en 'Lo que el viento se llevó' (Victor Fleming, 1939). FOTO: Metro-Goldwyn-Mayer
Vivien Leigh y Hattie McDaniel en 'Lo que el viento se llevó' (Victor Fleming, 1939). FOTO: Metro-Goldwyn-Mayer

Tengámoslo claro: Lo que el viento se llevó es, efectivamente, una película profundamente racista. Y, como agravante, no lo es únicamente porque refleje el racismo sociológico de la sociedad en la que se creó —la película se estrenó en 1939 y está ambientada entre 1861 y 1873—. La razón fundamental es que se trata de una película revisionista que intenta idealizar y romantizar el estilo de vida de los Estados Confederados de América, una sociedad profundamente racista y basada en la esclavitud. No se trata sencillamente de que la película tenga representaciones desfasadas que, a día de hoy, resultan racistas; es una película decididamente racista, que muestra como idílico un estilo de vida que implicaba que unas personas pudieran ser propietarias de otras, con todas las salvajes consecuencias que uno puede imaginar. Y lo hace décadas después de que la Guerra de Secesión finalizara y la esclavitud fuera abolida. Es, en definitiva, una película donde los malos son los buenos y los buenos son los malos.

Esta excelente película, brillante en cuanto a dirección, guion, interpretaciones, etc., ha generado constantes debates esta semana, a partir de que la plataforma HBO Max retirara la película, aunque solo fuera para volverla a difundir con un mensaje al comienzo explicando su contexto histórico y denunciando el racismo en ella. La polémica surge por un artículo de John Ridley, guionista de Doce años de esclavitud, que casi podría considerarse la cara opuesta en cuanto a la representación del racismo de los estados norteamericanos esclavistas: crudo, salvaje y sangriento. El guionista no pide en ningún momento la prohibición de la película; solo que debería retirarse durante un tiempo para volverse a incluir con una advertencia y velando por que esté acompañada por otras películas que muestren una cara más realista de la cuestión.

En este punto, creo que es importante realizar una distinción. Esta polémica es diferente a otras. A lo largo de los últimos días, y solo centrándonos en el racismo, hemos escuchado críticas a El señor de los anillos o a Friends por su falta de diversidad racial. Podemos compartir este hecho, pero no son casos comparables al de Lo que el viento se llevó. No lo son porque no hay en ellas una vocación racista. Sencillamente, acorde a su tiempo —y, en el caso de la obra de Tolkien, también a la influencia de las mitologías nórdicas—, los negros se ven infrarrepresentados. O, igualmente, en el caso de Friends, se hacen chistes machistas u homófobos que no nos chocaban entonces y ahora sí.

No obstante, mi opinión es la misma en todos los casos: no debemos prohibir o limitar el acceso a ninguna obra de arte o producto cultural —sea de alta cultura o de cultura de masas—. No comparto en modo alguno la visión de la sociedad esclavista que lleva a cabo Lo que el viento se llevó o, años antes, El nacimiento de una nación. Por supuesto, tampoco el triunfalismo nazi de El triunfo de la voluntad, obra de la cineasta predilecta de Hitler, Leni Riefenstahl. Pero ni siquiera me siento cómodo con el tufo machista del Sam Spade de El halcón maltés, con el guantazo a  Gilda, o con los estereotipos cómicos del vecino asiático interpretado por Mickey Rooney en Desayuno con diamantes. Y, sin embargo, reivindico el acceso a todos estos filmes, que incluso recomiendo fervientemente dada su enorme calidad desde muchos puntos de vista.

No podemos mirar el pasado con los ojos de hoy, ni simplificar la complejidad de este mundo nuestro. Tampoco podemos mentirnos sobre nuestra historia, fingiendo que determinadas tendencias sociales no existieron en el pasado o que sus representaciones no tuvieron éxito entre el público. Tenemos que conocer estas obras y valorar lo que de bueno hay en ellas, que en ocasiones es muchísimo. Incluso en un plano social. No en vano, Lo que el viento se llevó es, además, de una excelente película, un gran ejemplo de empoderamiento femenino. Y, paradójicamente, la actriz Hattie McDaniel fue la primera afroestadounidense en ganar un Óscar.

Por supuesto, me parece adecuado que se incluya una advertencia antes de las películas para ayudar a contextualizar. No obstante, me surge la duda de si no estaremos infantilizando a la sociedad. Si no estaría todavía mejor que las personas, por su propia iniciativa, buscaran información para contextualizar. Y, yendo aún más allá, si no sería bonito que los sistemas educativos de todo el mundo dejaran de despreciar las humanidades, puesto que no haría falta ninguna advertencia si tuviéramos un buen conocimiento de la historia. Podríamos ser capaces de disfrutar Lo que el viento se llevó como la gran película que es, sabiendo poner en valor no solo sus aspectos cinematográficos, sino también aquellos valores positivos que podrían extraerse de ella, aun a sabiendas de que otros aspectos nos repugnan. Creo que eso, para mí, sería un signo de una sociedad madura.

Pero, sobre todo, y aunque no ha sido el caso de Lo que el viento se llevó, creo que la respuesta a nuestro desagrado con los valores exhibidos por una obra artística o un producto cultural nunca debe ser el deseo de prohibir o impedir el acceso. Primero, por todo lo expuesto en este artículo. Pero también porque, si hoy decidiéramos que es legítimo impedir el visionado de Lo que el viento se llevó porque no coincide con nuestros valores actuales, estaríamos creando la tormenta perfecta. Estaríamos legitimando que mañana se impidieran otros visionados por colisionar con otros valores. Y, así, con la mejor de las intenciones, estaríamos prendiendo la llama de una hoguera de las vanidades como la organizada por Girolamo Savonarola. Está en nuestras manos evitar que las buenas intenciones nos conduzcan a la distopía.

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