Una profesora dando una clase de Inglés. FOTO: MANU GARCÍA.
Una profesora dando una clase de Inglés. FOTO: MANU GARCÍA.

La docencia es uno de los trabajos más maravillosos, gratificantes y terroríficos, por ese orden. Aunque el orden lleva queriendo invertirse desde hace años por una serie de circunstancias, la mayoría de ellas impuestas por quienes no creen en los mecanismos mágicos y secretos de la tiza, que como la Nimbus 2000 de Harry Potter, requiere de fe y destreza para volar, para que despegue el conocimiento y trascienda el entusiasmo las paredes del aula.

Los docentes también tomamos el pulso a la sociedad, pues estamos mucho más dentro de ella que nadie. Además, cualquiera no puede ser profesor, que no. Aunque haya muchos cualquiera manejando. A ser docente no le enseña nadie, oiga. Ni tampoco va a salvarle nadie. Tome conciencia de ello si quiere el trabajo que tiene más vacaciones (¡ja!) y menos vocaciones. Muchas desaparecen enterradas bajo toneladas de papeles, estándares, burocracia absurda y nula consideración. El hartazgo absoluto mata la fantasía. Son cortantes las aristas de un sistema rancio que parecía ser la bomba de la modernidad cuando quitamos las tarimas, por poner un ejemplo.

Recogemos los frutos de un extraño esnobismo libertador que arrasa con todo, también con los valores. No se rasguen las vestiduras, pero la tarima, bien entendida, no tiene nada que ver con un púlpito, otorga un toque de autoridad psicológica y el docente adquiere la perspectiva que da una atalaya avistando tiburones. No defiendo el desarrollo de un trabajo docente desde el autoritarismo, ni que los profesionales seamos ogros. La letra con sangre no entra, claro que no. Pero tampoco es cuestión de que los que sangremos seamos los maestros. ¿Verdad que no? Y sangramos más de lo debido cuando no se tiene en cuenta nuestra dignidad, o cuando nos enfrentamos a actitudes despóticas, tiranas e incluso agresivas, no solo por parte de algunas cándidas criaturas de la secundaria, sino por parte de sus progenitores. He ahí el problema las más de las veces. Vivimos aguas revueltas. Y a pesar de todo, no tememos naufragar, porque aún estamos a tiempo de llegar a tierra firme si hay unos objetivos concretos para que la comunidad educativa, la educación, en definitiva, recupere el lugar que ya perdió.

El flower power tampoco funciona, a la vista está, y es que a los que siempre han (hemos) predicado libertad y alegría, no se nos ha entendido bien. Un libertinaje solapado corroe los cimientos de los centros educativos, y son el germen de la sociedad, su reflejo. Sí, generalizaré. Porque saltan las alarmas cuando lo que no es habitual es el respeto, la admiración, el cariño también por aquel que se deja la piel a la altura de los pupitres. Es frecuente que, lejos de valorar esa cercanía, ocurra todo lo contrario. Y qué quieren que les diga, me aferro a esos casos cada vez más raros en que no me tutean indiscriminadamente. Por un momento me aúpan a una tarima imaginaria que me dignifica un poco y me protege. Así que le cojo el gusto, sí: llámeme de usted.

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