Samuel, el joven víctima de un supuesto asesinato homófobo.
Samuel, el joven víctima de un supuesto asesinato homófobo.

Se intuye la mano del letrado si se trata de disminuir cargos y de en lo posible, desviar la atención. Si nos descuidamos, si se descuidan, Señorías, ya no se juzgará un asesinato, sino si los (presuntos) asesinos conocían, o no, la tendencia sexual del (presuntamente) asesinado. Que será presunto, pero está claro que no murió de gripe.

No hemos aprendido. No hemos aprendido nada. Mientras sea posible la existencia de descerebrados capaces de matar, entre seis, a patadas a una criatura es que la sociedad no ha avanzado. No ha avanzado porque ha retrocedido. Si encima puede haber quien le golpee tan salvajemente para castigar su tendencia sexual, es que la brutalidad más brutal, tendenciosa y acomplejada sigue en el espíritu de unos «machitos» cuya virilidad real sería necesario considerar. Sea odio o no lo sea, considerar a un ser humano digno de morir a patadas y considerarse a sí mismos capaces de propinarlas, de infligir un castigo por su tendencia —¿quiénes son ellos para castigar a nadie?—, no es propio de seres humanos. Es de bestias inmundas. Y quizá, no debería descartarse, de alguna desviación mental o de sexualidad discutible oculta bajo la suela de sus botas. Eso es lo que debería considerarse, aparte el morbo de si el primitivismo de sus extremidades inferiores estaba movido por la angostura del odio.

No hemos aprendido. No estamos en el siglo XXI. Los descerebrados no están en el siglo XXI. Ni los presuntos ni quienes les buscan justificaciones. Al contrario, se está creando, re-creando, manteniendo una sociedad inhóspita, salvaje, de gente capaz de creer que la ley está en la punta de sus botas. En sus santos (…) como gritaba el energúmeno callejero que pretendía imponer normas porque a él le salía de tan húmedo lugar.

Si los jóvenes de ahora tienen un concepto tan reducido de la función social, si se creen ajenos a todo compromiso pero con todos los derechos que se les puedan ocurrir, si todavía puede anidar en su limitada masa gris el odio o siquiera la repulsa a aquello que la sociedad rechazaba inducida por una religión limitadora de la libertad individual, aquello por lo que los godos enterraban vivas a las personas y la Inquisición los colocaba sobre la hoguera, aquello que hace sólo cuarenta años recibía los peores calificativos imaginables, si una parte de la juventud actual es capaz de anidar ese concepto, habrá que mirar atrás: a sus educadores. A sus progenitores, a sus maestros. A quienes les han facilitado, les han servido la formación alienante y el concepto de pretendida superioridad machista y en cambio no han sabido, o no han querido erradicarles la convicción del derecho a la violencia, en especial si es en grupo. En especial, porque el grupo sirve de parapeto, de escudo y de incentivo.

Una sociedad que mantiene esos «principios» brutalmente reaccionarios es una sociedad caduca, desfasada, una sociedad que requiere una catarsis, ó auto fagocitarse. Del mismo modo, un asesinato con ensañamiento no debe, no puede, no se le debe permitir ser nublado o minimizado por un posible y casi seguro agravante. Haya o no delito de odio, haya o no comisión del (presunto) delito por rechazo a la tendencia sexual del asesinado, hay un asesinato que acompañado de agravantes puede ser más graves, pero que la posible y más que presunta ausencia de esos mismos agravantes de ninguna manera pueden, no ya justificarlo, sino ni siquiera atenuarlo.

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