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Pero volviendo a la imagen allí está ella, de rodillas en el suelo, rogando a la multitud que se ha congregado en torno a la fotografía.

Yo, un maletilla de nueve años de pantalón remendado y camisa parda, podía hacerme una idea de lo que estaba pasando pero ni yo ni nadie de los que estábamos allí, clavados en el cemento de la Alameda Vieja y delante de la cámara de mi padre, hubiéramos podido anticipar aquella situación.

Me detengo en el pequeño fantasma amarillo que asoma por el hombro de la desdichada -hoy me parece realmente fantasmagórico- y tampoco parece mostrar certeza alguna cuando los espíritus que vagan por el mundo, supuestamente, conocen cada uno de los rincones del Tiempo y del Espacio aunque apuesto que éste, por no saber, ni sabía los motivos que le habían llevado a recorrer las calles de Jerez en compañía de tanto bicho viviente.

Aunque pedir en tiempos de carnaval no es extraordinario. De hecho, si rascamos, estoy seguro de que más de uno lo lleva escrito en la sangre.

“Pacheco, Pacheco ayúdame un poquito. Mi padre no me ayuda porque lo tienes frito”. Así decía el estribillo de la chirigota de niños en la que participé como guitarrista siendo más Moreno que Santiago, siendo más animal por domar que niño por hacer.

Pero volviendo a la imagen allí está ella, de rodillas en el suelo, rogando a la multitud que se ha congregado en torno a la fotografía.

Había llegado de golpe como llegan las estaciones del año y los adioses. Sin un aquí estoy yo. Seguramente porque ya no podía estar en ningún sitio sin llamar la atención o llamar a la pena. Seguramente porque estar era su arraigado y heroico acto vital, desprovisto de honores, de cada día.

Al plantarse delante de nosotros sólo pude observar la mancha roja que dibujaba sobre el mediodía. Un borrón grana rezándole a la infinita y ruidosa muchedumbre.

Muchos aún continúan riendo sus gestos y otros todavía -condenados por su falta de empatía del momento- siguen silbando y haciendo aspavientos de que se quite de en medio. Mi padre ninguna de las dos cosas. Únicamente, como hombre de campo, acertó torpemente a pulsar el botón de su cámara para traerme a este presente la mueca de aquella mujer sin dientes y unos ojos profundos como días con demasiadas horas.

Esta noche pienso en aquella mujer que reclama comida o dignidad en tiempos de carnaval. Días en los que pedir no sirve de nada por culpa de tanto payaso sin escrúpulos y fantasmas con cadenas e insignias de plata.

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