Hay una clase de miedo muy poco épico que solo entiende quien trabaja con libros al aire libre: mirar el cielo cada cinco minutos.
No hablo del miedo solemne, ni del literario, ni siquiera de ese que tan bien explotan las novelas. Hablo del miedo humilde y práctico de quien tiene previsto montar un stand en plena calle con cajas de libros y una previsión meteorológica que anuncia agua con una convicción casi ofensiva.
Este sábado 25 se celebra Literatura y Vino en calle Larga, una de esas jornadas que, al menos una vez al año, permiten sacar las librerías a la calle y recordar que los libros también pueden habitar el espacio público, mezclarse con el paseo, con la conversación casual, con ese lector que no entra nunca en una librería pero sí se detiene ante una mesa si la encuentra en mitad de su camino.
Tiene algo hermoso ese gesto. Y también algo temerario. Porque lo organizamos en abril.
Abril, ese mes al que se le atribuye un aura amable de primavera, flores y Día del Libro, pero que aquí sigue respondiendo a un refrán bastante más preciso: aguas mil. Ya ayer chispeó.
Y basta un chispeo cuando tienes libros expuestos para que el entusiasmo empiece a mirar de reojo al cielo. Porque aquí no hablamos de una carpa bien protegida ni de un montaje a cubierto. Los stands están sin techumbre. A la intemperie. Con papel, que tiene la mala costumbre de no llevarse bien con la lluvia.
Hay algo profundamente absurdo en ver a gente que ama los libros pendiente del radar meteorológico como si fueran agricultores mirando una tormenta. Pero así estamos. Pendientes del parte. Calculando nubes. Confiando en que esas previsiones contundentes, que últimamente se anuncian con una seguridad casi bíblica, fallen por una vez.
Porque quien no ha pasado horas montando una mesa de libros quizá no perciba lo vulnerable que es ese pequeño ecosistema. No se trata solo de vender. Se trata de mover cajas, ordenar títulos, proteger ejemplares, improvisar si cambia el tiempo, salvar portadas si empieza a caer agua. Y, sobre todo, sostener la ilusión aunque el cielo no acompañe.
Aun así, nos gusta salir. Nos gusta porque ocurre una sola vez al año y porque tiene algo de fiesta civilizada: libros en la calle Larga, una copa de vino, conversaciones improvisadas, lectores que aparecen por sorpresa. Hay un punto casi antiguo en esa idea de sacar la cultura fuera de sus recintos habituales. Y merece la pena. Incluso con el riesgo.
Lo irónico es que este año, además, coincide con el MotoGP, de modo que la ciudad estará llena. Una marea de visitantes que quizá venga pensando en motores y termine, quién sabe, deteniéndose ante un libro. No sería la peor combinación que ha dado Jerez: literatura, vino y motos. De hecho, tiene algo muy nuestro.
Confieso que me aferro un poco a esa posibilidad. A que, si el tiempo concede una tregua, aunque sea entre nube y nube, la afluencia de gente juegue a favor. Que quienes están estos días en la ciudad se acerquen a curiosear. Que entren por azar. Que descubran.
A veces la cultura también depende de esas casualidades. De que alguien pase. De que alguien se pare. De que alguien compre un libro porque empezó buscando otra cosa. Pero antes hay que superar el examen del cielo.
Y esa es ahora mismo la preocupación silenciosa de quienes estaremos allí el sábado. No la falta de público. No las ventas. No si la programación funcionará. La lluvia. Que parece un problema menor hasta que se trabaja con papel.
Supongo que hay algo casi simbólico en que el Día del Libro, que tanto celebramos, venga siempre acompañado de esta pequeña incertidumbre atmosférica. Como si la realidad se empeñara en recordarnos que los libros, por mucho prestigio cultural que les atribuyamos, siguen siendo objetos frágiles. Como nosotros.
Y quizá por eso tienen tanto mérito estos empeños. Porque se hacen pese a todo. Pese al pronóstico. Pese al riesgo de acabar tapando novelas con plásticos improvisados. Pese a ese chispeo que ayer ya nos puso a todos a hacer cálculos.
Solo queda esperar que abril, por una vez, desobedezca a abril. Que el sábado el clima sea benévolo. Que calle Larga se llene. Que incluso los visitantes del MotoGP se acerquen a vernos. Y que los libros, por un día al menos, le ganen la partida a las nubes.
