'Botellona' masiva en Sevilla.
'Botellona' masiva en Sevilla.

Hoy me voy a arriesgar con algo complicado. No se me asusten; no voy a hacer vaticinios obvios y a dármelas de visionaria, como hace algún que otro político cántabro. Tampoco voy a defender que Pablo Casado tenga algún as en la manga aparte de pedir la dimisión de Sánchez una o dos veces por semana y pasearse como ese chaval especialito por el parlamento europeo. No se me ocurre decir que Unidas Podemos, a estas alturas, pueda casi nada ni demuestre algún tipo de unión. Ni tan siquiera les voy a decir que veo mucho futuro en Ciudadanos o en el referéndum de independencia. El riesgo va hoy en otra dirección. Voy a atreverme con un réquiem por nuestra juventud. Y digo que es un discurso de alto riesgo porque, en muchos sentidos, nuestros adolescentes pasan por horas bajas en cuanto a popularidad. 

Vivimos aún en pandemia. Una pandemia despiadada, cruel y feroz que ha arrebatado ya millones de vidas, de planes y de sueños. Y en medio de este escenario de desolación que, vacuna a vacuna, vamos dejando un poco más atrás emergen ellos y ellas: quienes con apenas dieciocho años o menos cometen la imprudencia de viajar a las Baleares de fin de curso y ponerse a bailar reguetón como locos en una plaza de toros más atestadita de gente que la del chiste de Gandía o el sketch del dúo Sacapuntas —lo sé, en las referencias viejunas ya se ve que no pertenezco a su grupo de edad; aunque yo siempre he sido de vetustos referentes, todo hay que decirlo—. Unos jóvenes que decidieron viajar para pasar de todo y dejar las mascarillas en la mesilla de noche de la habitación del hotel mallorquín. Y beber hasta caer redondos, o ver cómo lo hacían otros colegas. Esta, la versión oficial, seguramente no dista mucho de la realidad, al menos de la más mediática. Tampoco es fácil tener diecitantos, ni pasar más de un año sin vida social, ni divertirse como locos en la edad de los absolutos: cuando se quiere o se odia sin términos medios. No es fácil. Tampoco es fácil vivir en un país con más del cuarenta por ciento de paro juvenil, ni aferrarse a una carrera que probablemente no les reportará trabajo, ni ver factible dejar la casa de los padres antes de los treinta y cinco.

Yo hoy quiero hablar de lo que sí hacen, de lo que sí son. Son la generación de la mente abierta, la que destierra los tabúes sexuales, la que defiende los derechos de las personas transexuales, de las diferentes, de las diversas. La que está muy presente en la marea morada que cada ocho de marzo tiñe de feminismo las calles de nuestro planeta. La que habla de géneros no binarios, la que no se sorprende ante el beso de dos personas del mismo sexo, la que no tiene miedo de ponerse una falda o de pintarse las uñas con un pene entre las piernas, la que cada día nos enseña a los que no nos criamos así que mirar de otra manera es posible. Eso lo han hecho ellas y ellos. Perdónenme si no hablo también de “elles”, pero es que yo, por desgracia, no pertenezco a su generación. Una generación a la que, a pesar de que lo tiene crudo, de que le han robado el método para interpretar el mundo y de que cada día sabe menos y tuitea más, admiro. Admiro la libertad de sus ojos.  

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