Libertad, igualdad y fraternidad

El uso de la IA apenas requiere de habilidad técnica; sin embargo, sí conlleva un alto grado de responsabilidad ética y moral que se adquiere ante todo en la educación familiar

Un usuario de ChatGPT, en plena conversación.
20 de marzo de 2026 a las 09:35h

Con una navaja puedo pelar una naranja y comérmela tan ricamente o puedo clavarla fríamente en el estómago de cualquier viandante, porque sí, porque pasaba por allí y me aburría o porque quería robarle la cartera. Alguien dirá que por qué se nos permite manejar un arma tan peligrosa por las calles de la ciudad, pero en realidad la navaja no sabe de peligros ni de dementes aburridos, el problema estaría de todas todas en mi alma criminal. Que como decía Gila, no hay que temerles a las balas, sino a la velocidad.

Bromas aparte, cierto es que no son juguetes infantiles, y nadie en su sano juicio las dejaría al alcance de los niños ni de Hannibal Lecter. Pero, pese a esta salvedad, no podemos hacer desaparecer todos los cuchillos del mundo: es un instrumento útil que, usado con cabeza y responsabilidad, nos permite pelar una naranja y compartirla con quien nos sentamos a la mesa.

Algo así ocurre con la llamada inteligencia artificial (IA) y los humanos. Más que en la IA, el problema está en esos tipejos con mente criminal. No deberíamos olvidar el buen uso que hacemos de ella, por ejemplo, en el campo médico. Cierto que a otros, como a esos estudiantes vagos o inseguros, no les mueven ideales nobles, pero tampoco sus acciones son criminales, tal vez inmorales, contraproducentes… de esto ya hemos hablado en otra ocasión. Y quedaría tratar el asunto de la suplantación, aunque lo dejaré para otro momento, que la IA da mucho de qué hablar.

Volviendo a las prácticas criminales, por desgracia, también sufrimos a esos miles de despreciables ciudadanos que manipulan imágenes reales para generar material pornográfico. Una piensa, entonces, en hombres maduros y pervertidos, pero para horror mío la Fiscalía de Menores almeriense está tras la pista de un grupo de 18 escolares aspirantes a monstruos, según parece, implicados en delitos de este calibre.

Estos perversos individuos se han valido de imágenes de compañeros y compañeras a las que una fácil (intuitiva, según la jerga digital) aplicación de la IA desnuda primero y, después, genera imágenes en movimiento de contenido sexual. Un producto que difunden en las redes para “sacar pasta” o para chantajear, ¡Tremendo! Me pregunto quién salvará del infierno a estos infames menores de edad. Y lo más desgarrador, ¿quién restituye la inocencia a las víctimas de esos depravados?

No son crímenes de nuevo cuño. En el mundo analógico también se hunden reputaciones (bulos que se ganan la credibilidad a base de historias falsas llenas de detalle y morbo) y se extorsiona con fotografías tomadas sin conocimiento ni consentimiento de las víctimas. Posiblemente el nuevo invento produzca mayor indefensión, pues la víctima no hace nada: la IA genera vidas no vividas, pero tan creíbles o más que las palabras bien engarzadas de aquel extorsionador analógico. Todavía más aterrador es el hecho de que la nueva arma inteligente está al alcance de niños, de niñas y de Hannibal Lecter.

Como recordó Benjamín Parker (el tío Ben) a su sobrino Spiderman, que por aquel entonces estaba un poco subidito con sus poderes recién descubiertos, "un gran poder conlleva una gran responsabilidad". Un certero consejo que el tío Ben debió de tomar de aquella historia de Damocles y la espada. No debemos olvidar ni dejar de enseñar que el poder y la responsabilidad van unidas.

El uso de la IA apenas requiere de habilidad técnica; sin embargo, sí conlleva un alto grado de responsabilidad ética y moral que se adquiere ante todo en la educación familiar y, en segundo lugar, en la social (que es lo que vemos a nuestro alrededor, en las redes sociales, en la escuela, en los escaparates, etc.). ¿Que de qué hablo? De los mundos de Yupi, porque para cuando nuestra sociedad sea un lugar maravilloso, la IA habrá acabado con todos nosotros, tanto con los desalmados que alimentaron esa máquina sin capacidad ética como con los ingenuos que no se defendieron de los desalmados.

Por todo esto, no me cabe duda de que, cuando los ciudadanos no somos capaces de actuar con responsabilidad ética, debe actuar la ley. Para algo tenemos unas instituciones: un parlamento donde legislar, un gobierno para ejecutar lo legislado y unos tribunales que velen por el complimiento de la ley. ¿A qué están esperando para responder a la realidad?

No es admisible aquella evasiva de que todo cambia a la velocidad de la luz. La IA se ha instalado entre nosotros y no va a marcharse. Como tampoco lo harán los casinos on line o los alquileres turísticos. En uno y otros casos, los delitos no son nuevos, solo los soportes. La ley debe equiparar la casuística, sea analógica o digital, sin dejarse embaucar por las formas ni acomodarse en normas y palabrería obsoletas de la era anterior.

Los ciudadanos merecemos sentirnos arropados por la sociedad a la que pertenecemos a través de las instituciones de nuestro sistema democrático. Y, ¿por qué no permitirnos un espacio para la esperanza y la utopía creyendo que es posible construir una sociedad que cree en la igualdad, la libertad y la fraternidad? Un país que cree en la justicia, legisla y vela por el cumplimiento de las leyes en aras de la convivencia.