La ley del más fuerte

Sin reglas internacionales de convivencia volvemos a la ley de la jungla, al Lejano Oeste, al sálvese quien pueda

El presidente de EEUU, Donald Trump, en la Casa Blanca.
21 de marzo de 2026 a las 18:19h

Siempre hubo guerras y siempre habrá guerras. Todas las guerras obedecen a la ambición humana y a la locura colectiva. Las guerras solo traen miseria para todos los bandos. Nadie gana. Al final, Todos lloran a sus muertos, con nombre y apellidos, con rostro y familia, con ilusiones rotas…

En las guerras siempre se impone la ley del más fuerte. Siempre fue así. Roma impuso su civilización por el Mediterráneo a base de siglos de conquistas por sus legiones y el sometimiento sin piedad de los pueblos conquistados. España impuso su dominio sobre Europa en el siglo XVI a base de sus “Tercios”, hechos a base de mercenarios de muchos territorios pagados con el metal que venía de América. La Alemania fascista y bélica de Hitler impuso su dominio militar en Europa a base del desarrollo tecnológico de su armamento. La segunda Guerra Mundial no acabó hasta el lanzamiento de dos bombas atómicas sobre Japón, que mostraron las nefastas consecuencias de la destrucción radiactiva.

Son solo ejemplos de cómo detrás de cada guerra hay una ideología de dominio y un trasfondo de control económico de territorios, riquezas y zonas de consumo, lo que los analistas llaman “geopolítica”. Las guerras actuales son guerras de destrucción y reconstrucción, con los beneficios que luego producen las reconstrucciones de guerra por los mismos que destruyen.

Tras la carnicería de las dos guerras mundiales, la Guerra Civil española, las guerras de emancipación colonial, las guerras de la Guerra Fría (Corea, Vietnam y la invasión rusa de Afganistán, etc.), en donde se llevaron a cabo todos los crímenes de guerra inimaginables, (fusilamientos masivos, bombardeos indiscriminados sobre población civil, represiones brutales, uso de la tortura o la violación como arma de guerra, genocidios étnicos o destrucción de ideologías, etc.) llevó al mundo civilizado a ir autoimponiéndose paulatinamente una legislación internacional.

En 1949 se creó la Convención de Ginebra para crear unos necesarios derechos ante la barbarie bélica, definiendo lo que son los crímenes de guerra o protegiendo a los prisioneros. La Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 sentó las bases en que debería basarse la convivencia de los pueblos, protegiendo la básica dignidad humana. En 1998, tras los crímenes genocidas de la Guerra de la antigua Yugoslavia (1991-1994) se creó el Tribunal Penal Internacional de La Haya para perseguir los Crímenes de Guerra y los crímenes contra la Humanidad, que nunca prescriben.

La Carta de las Naciones Unidas de 1945, que dio lugar a la creación de la ONU, se creó para evitar las guerras y solucionar los conflictos internacionales de forma pacífica. La ineficacia de la ONU en la historia reciente con el “derecho a veto” de los países que forman permanentemente el Consejo de Seguridad, todos poseedores de bombas atómicas, ha hecho de la ONU un organismo ineficaz respecto a su función original.

Recientemente hemos asistido a numerosos conflictos bélicos en donde la ruptura sistemática de la legalidad internacional pone en evidencia la fragilidad de la convivencia mundial y la imposición de la ley del más fuerte. La Rusia de Putin ha invadido Ucrania y ha cometido claros crímenes de guerra contra la población civil. A pesar de que el Tribunal Internacional de la Haya ha iniciado un proceso contra Putin por el desarraigo de miles de menores ucranianos que han sido trasladados forzosamente a Rusia para formarse como “rusos”, Putin sigue siendo reconocido por numerosos países, incluido los EEUU de Trump.

El execrable ataque del grupo terrorista Hamas a Israel del 23 de octubre de 2023 de ningún modo puede justificar el genocidio de Gaza que hemos presenciado en directo con la muerte de miles de civiles y la destrucción de toda la franja, mientras se decía de forma surrealista que se iba a convertir la zona en un resort turístico. Netanyahu también ha sido imputado  por el tribunal de La Haya y muchos mandatarios mundiales siguen tratando con él, un genocida.

Recientemente, EEUU ha detenido a Maduro, que ha conducido el socialismo de Chaves a una dictadura represiva. Aún así, no es justificable una intervención militar de este calibre, al margen de las normas internacionales, conllevando el secuestro de un presidente para ser juzgado por un tribunal de otro país, no por dictador sino por supuesto narcotráfico. En la operación se empleó un arma de nueva generación que crea ondas de ultrasonidos que dejan paralizado al oponente. Así se abatió como conejos a 212 militares que formaban la protección de Maduro. Un arma que deja graves secuelas físicas y no autorizada por la Convención de Ginebra, que incluso la desconoce, hecho que nadie critica. Por supuesto, detrás de toda esta operación, como reconoció el propio Trump, se encuentra el control del petróleo de Venezuela y no el restablecimiento de las libertades en Venezuela, que para Trump es algo secundario. 

Desde hace tres semanas, Trump y Netanyahu, saltándose todas las normas internacionales, han atacado preventivamente a Irán, asesinado a sus líderes y originando un nuevo conflicto bélico en donde se quiere implicar a la OTAN. También Israel ha aprovechado para acabar con Hezbolá en Líbano, utilizando las mismas técnicas genocidas que se empleó en Gaza. El indefendible estado de los Ayatolláh basado en conceptos ultra religiosos alejados de los derechos humanos elementales no justifica tampoco acciones militares fuera del derecho internacional. Unas acciones bélicas que han provocado la desestabilización en Oriente medio y la subida del petróleo y el gas en todo el mundo, augurando una casi segura nueva crisis económica mundial. Ya tenemos la experiencia de la intervención militar bajo acusaciones falsas en Irak o las intervenciones en Afganistán, a cuya población finalmente se abandonó dejándola en manos de los Talibanes.

Muy criticada ha sido la presidenta de la UE, Ursula Von Der Leyen al pronunciarse sobre los últimos acontecimientos, indicando que Europa debe aceptar que el mundo se rige por nuevas reglas, al margen del derecho internacional. Es decir, aceptar un mundo regido por los más fuertes, los que tienen armamentos sofisticados, que imponen el “matonismo” en base a sus intereses ideológicos nacionalistas o económicos.

Sin reglas internacionales de convivencia volvemos a la ley de la Jungla, al Lejano Oeste, al sálvese quien pueda. Ya nadie estará seguro. En el fondo, el asentimiento sin más del poder de los más fuertes, de los “amigos” con intereses económicos, es solo la primera consecuencia del nuevo fascismo político y social, en sus múltiples y variadas formas, que recorre el mundo de parte a parte. Sin leyes, sin normas, estamos a merced de los más fuertes, de sus intereses. Un nuevo mundo sin reglas aventura un mundo bélico y peor. Solo la defensa acérrima y el respeto a los Derechos Humanos y a las normas internacionales pueden ser la base de la convivencia mundial.