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“Dos tercios de los jerezanos no va nunca a las bibliotecas municipales”, lo que no suena tan bien y significa volver al punto de partida.

De las cuatro o cinco veces que me han hecho una encuesta por la calle ha habido un par de ocasiones que me han creado cierta desazón. Una vez fue en Madrid, en la calle Montera, un día que estaba haciendo pellas y me entraron de Dianética (los de la Cienciología, para entendernos), reunión de la que hubo que despedirse ya sin ningún atisbo de educación por ninguna de las dos partes; la otra, aunque fue mucho después, no recuerdo dónde fue, pero de lo que me acuerdo perfectamente es de que la pregunta era si yo, el interesado, frecuentaba las bibliotecas públicas. La verdad es que la respuesta debió haber sido no, hacía y hace mil años que no voy a una biblioteca pública, que las dejé de frecuentar cuando acabé la facultad, pero le pregunté a la chavala si mejor podía responder eso de NS/NC, no porque me hiciera ilusión esa categoría —vale, que también— sino porque teniendo ya por entonces varios cientos de libros en casa tampoco quería añadir mi granito de arena al inevitable enfoque que se da a esos titulares tipo “el 70 por ciento de los españoles no pisa nunca una biblioteca”, aun siendo la verdad, verdad todo, los dos datos.

Me ha venido todo esto a la cabeza después de leer el dato de que la red de bibliotecas municipales contó con 4.300 usuarios más durante el año pasado, alcanzando los 72.500. Claro, todo lo que sea que aumente el número de lectores se percibe como un buen dato pero, teniendo en cuenta la población de Jerez, igual de cierto podría ser el titular “Dos tercios de los jerezanos no va nunca a las bibliotecas municipales”, lo que no suena tan bien y significa volver al punto de partida, un número sin matices.

Y eso por no hablar de alguno de los flecos que ofrecen este tipo de temas en los que se entremezcla la cultura, las percepciones personales y el servicio público. Por ejemplo, para mi amigo Fernando Taboada, conocido dialéctico de la ciudad, “leer está sobrevalorado”, lo que no impide que él sea un ávido lector, claro. A otro nivel mundial, el eminente crítico Harold Bloom saltó a las páginas generalistas al afirmar hace unos años que “mejor no leer nada que leer Harry Potter”. No vamos a seguir explayándonos, son dos opiniones muy a tener en cuenta. Yo, en mi modestia, me reservo la mía, pero no va muy desencaminada de lo expuesto. A la opinión de estas dos autoridades hay que sumar otras cuestiones —por ejemplo, la habitual escasez de fondos de las bibliotecas públicas— que tal vez deberían llevarnos a establecer distintas categorías en esos dos tercios de la población que prefieren mantenerse alejados de las bibliotecas porque está claro que es muy fácil caer en sobreentendidos.

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