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La estupidez es muy osada. Tanto o más que la ignorancia. Personalmente siempre he confiado mucho en ella, en la estupidez. Es capaz de producir tanto y tan deprisa que la envidio. Y no es que no la posea. Muy al contrario. De hecho, solo de ella pueden ser efecto las siguientes líneas. Únicamente a alguien muy estúpido se le ocurriría bramar contra el derecho legítimo de una mujer a elegir atuendo. O eso parece. Cuando las damas del siglo XXI deciden lucir palmito, toda crítica sobra. Faltaría más. Para eso son mujeres modernas, nacidas en democracia, tatuadas, sexualmente libres, que hacen de sus morritos su carta de presentación y que ensalzan la naturalidad de sus vidas posadas con jovial ‘ciberdesparpajo’. Así son ellas.

Las nuevas divas se despelotan. Tienen todo a favor. Incluso son muy dueñas de utilizar su cuerpo como reclamo durante semanas para mantener al receptor enganchado. Están legitimadas para tenernos en ascuas, sin saber qué prenda adornará sus tostados muslos, ignorando los centímetros de tela que, estratégicamente situados, evitarán que el pudor abandone del todo lo televisado. Enseñarán su ropa interior, la falta de ella, las estrellas de su firmamento reluciente o los cristales famosos que se fundirán con las sinuosas transparencias del monte de Venus. Y a todo ello tienen derecho.

Ellas deciden. Los nuevos iconos posmodernos pueden llevar poca ropa, especialmente si compensan la falta de tejido con el humor de teatrillo y la frescura de lo pautadamente espontáneo. Basta de recato, basta de impostura ¿por qué no desnudarnos en antena si lo deseamos? ¿Por qué no ganar con ello unos cuantos de cientos de miles de seguidores? ¿Por qué no mejorar con ello la cuenta de resultados de la empresa? Solo a una estúpida se le ocurriría situarse del lado de los opresores y poner coto al escote infinito y las transparencias, a los apretados bañadores de fiesta y las escasas lentejuelas sobre los pezones. A las bragas de fiesta. Ante el reaccionario que no entienda ese derecho, debemos erguirnos y mostrar firmeza para exigirlo. Al fin y al cabo, ellas lo hacen porque así lo desean: no hay ninguna estructura empresarial detrás que las use como elemento decorativo mientras sus pechos y su culo se mantengan turgentes. Tampoco es que ellas hayan asumido acríticamente —tras una educación patriarcal sustentada en la belleza, el cuidado y la pasividad— que deben ser pieza de atracción y deseo por encima de todo. Solo en el remoto caso de que algo de eso ocurra, podríamos plantear un discurso diferente. No obstante, habremos de encontrar para ello a alguien menos estúpido que yo.

Esta semana despedían a un columnista de prensa regional por justificar la violencia machista en las elecciones de pareja de ciertas mujeres, las cuales, movidas por un deseo sexual irrefrenable, se lanzarían en caída libre hacia el macho dominante y peligroso. Las damas que aprenden a ser objeto pueden rodearse en lo privado de hombres que las aprecien como algo más. Otras, por desgracia, no tienen esa suerte. Y las matan. Quizás la conexión entre el “derecho” televisado a las bragas de fiesta y el pensamiento que justifica el asesinato sea demasiado estúpido para sostenerlo aquí, pero la osadía de la estupidez sigue siendo legendaria.

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