El lamentable “debate” de la carne

Hay una realidad objetiva: en España se consume mucha carne. Mucha más de la que recomienda cualquier organismo sanitario

La 'dieta mediterránea' de Juan Ignacio Zoido (Twitter).
La 'dieta mediterránea' de Juan Ignacio Zoido (Twitter).

He decidido ubicar la palabra “debate” entre comillas en el título de esta columna. Porque precisamente de ello quiero escribir: del lamentable estado del debate público en nuestro país. Podrían ponerse miles de ejemplos, pero estos días ha tocado el consumo de carne.

Hay una realidad objetiva: en España se consume mucha carne. Mucha más de la que recomienda cualquier organismo sanitario (incluidas las consejerías de sanidad de cualquier signo político). Y mucha más de la que las investigaciones sobre cambio climático recomiendan para frenar el calentamiento global, un fenómeno que, por cierto, nos afectará a nosotros mucho más que a los suecos y a los finlandeses. En este debate, no obstante, entran en juego muchas perspectivas, todas ellas legítimas: vegetarianos y veganos argumentan contra el consumo animal; los empresarios y trabajadores del sector argumentan a su favor; etc. ¿Podría tener lugar un debate saludable que, por ejemplo, propusiera una ganadería más ecológica y saludable, donde importara más la calidad que la cantidad? ¿Podría analizarse calmadamente cómo compatibilizar aspectos económicos, de salud pública y de medio ambiente? Mi perspectiva es que, en un país con un estado saludable del debate público, debería ser posible. Pero me temo que, pese a que soy habitualmente crítico con la visión peyorativa y estereotipada que tenemos respecto a nuestro propio país, el debate público es hoy sencillamente imposible. Y digo más: es patético.

Si uno analiza el texto del vídeo difundido por el ministro Alberto Garzón, observará que no se trata de una visión tajante contra el consumo de carne. Basta comprobar textos emitidos por consejerías de salud o sanidad de cualquier signo político para percatarse de que son cuestiones fuera del debate hasta hace unos días. Yo mismo, un individuo al que las nieves del tiempo van plateando progresivamente su sien, estudié en el colegio aquello de la pirámide alimenticia, que decía qué alimentos había que consumir todos los días y cuáles con menos frecuencia. Y, sin embargo, a partir del vídeo llega el circo. Pero no uno divertido, sino uno grotesco y lamentable, susceptible de generar esa sensación tan desagradable que llaman vergüenza ajena.

Sin duda, una parte del problema está en el hecho de que el propio ministro protagonice y locute el vídeo. En un escenario completamente polarizado, eso basta para que el PSOE intente desmarcarse para definir un perfil propio y para que la derecha intente caricaturizar la iniciativa reivindicando la libertad de consumo. Si se pretendía realmente concienciar a este respecto, podría haberse evitado personalizar este mensaje en el propio ministro, bien a través de un mensaje institucional, bien a través de una figura que generara mayor consenso. Dicho esto, lo peor viene después. Y así tenemos a Pedro Sánchez con una de esas citas que parecen haber salido de una parodia, más que de la realidad: “Donde me pongan un chuletón al punto... Eso es imbatible”. Eso no es debatir, claro.

Porque nadie ha puesto en cuestión el atractivo gastronómico del chuletón; solo se ha recomendado que comamos un poquito menos de carne por una cuestión de salud —la nuestra y la del planeta—. Y, a partir de ahí, ataca en tromba la derecha en Twitter. La red social del pajarito se ha convertido estos días en una galería visual de los platos más penosos nunca vistos. Incluso hay autoridades públicas que han reivindicado la libertad y la dieta mediterránea con los platos de fritanga más tristes y resecos que han visto estos ojos, con los menús del exministro Juan Ignacio Zoido como ejemplos más pintorescos.

¿Es tan difícil, de verdad, afrontar un debate como este en España? Debatir no implica estar de acuerdo. Es más, según la RAE, debatir es discutir un tema con opiniones diferentes. Se trataría de buscar reducir el consumo de carne para ubicarnos más cerca de lo que recomiendan las autoridades sanitarias, así como conseguir que la ganadería sea más sostenible y, de hecho, más rentable. Es difícil, por supuesto, porque hay sensibilidades e intereses muy diferentes. Pero también está nuestra salud en juego. Así que debe ser factible, precisamente porque es necesario.

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