La trinchera de mi ventana

Juntos venceremos al virus y saldremos de nuevo a la calle, a abrazar a nuestra familia y amigas.

Una calle del centro de Jerez, prácticamente vacía en plena cuarentena. FOTO: MANU GARCÍA
Una calle del centro de Jerez, prácticamente vacía en plena cuarentena. FOTO: MANU GARCÍA

Hace una semana me despedía de mi sobrina pequeña sin darle un beso por el temor latente a un virus que nos amenazaba con robarnos mucho más que eso —nuestra cotidianeidad—, y sin saber que ya no podría hacerlo más en un largo tiempo.

Hace casi dos semanas disfrutaba de una cerveza rodeada de amigas a las que, en esa ocasión, sí les decía adiós con un largo abrazo. De los nuestros, de los de achuchar y reconfortar el corazón. Un abrazo eterno y cariñoso que entonces no sabía que sería el último. El coronavirus era “una cosa” de China e Italia y un poquito de Canarias, en la Península estábamos “a salvo”. Eso nos decíamos para evadirnos de lo que se nos venía.

Hace apenas cinco días mis correos de trabajo finalizaban con el recurrente formalismo de “un saludo” o “gracias”. Ahora, mando ánimos y abrazos a todo el que escribo, ya sea mi jefa o la responsable de prensa de un chef gaditano. Porque ahora la vida es distinta.

Hemos pasado de abrazos y besos, a temerosos saludos al aire —y desde dos metros mínimo de distancia— cuando decides poner un pie en la calle. Ahora, todo lo que vemos cuando salimos es amenazante. El coronavirus está ahí fuera, esperando cazarnos en un despiste y contagiarnos. Por eso salimos a la calle lo justo y necesario, ataviadas como si Jerez fuera Chernobyl. Guantes, pañuelos de seda, mascarillas —quien tuvo la suerte de hacerse con una— y gel desinfectante. El outfit ideal para una cuarentena.

Pasan los días y el confinamiento se hace cada vez más duro. El no ver a tu familia, a tus amigas y sentir ese contacto humano que tanto añoramos ahora. A quienes esta cuarentena nos ha pillado solas en casa, cualquier excusa es buena para asomarse a la trinchera que es nuestra ventana y mantener fugaces conversaciones con las vecinas por el patinillo. Sintiendo, eso sí, algo de culpabilidad por ese momento de socialización en tiempos de coronavirus. Pensando que estás rompiendo alguna norma de movilidad aunque esos breves minutos los estés gastando a través de una ventana.

La vida nos ha cambiado tanto en estos días que ahora conocemos más a nuestras vecinas. A las 20:00 horas tenemos ya una cita diaria en nuestras comunidades. Esperando esos aplausos para el personal sanitario, los camioneros, las cajeras de supermercados, quienes tienen pequeños comercios… para quienes, en definitiva, trabajan para que el resto no notemos tanto que vivimos encerradas en nuestra propia trinchera infinita.

Pero es curioso que con el aislamiento, nuestra actividad social ha aumentado. ¿Quién lo habría predicho? Aplaudimos, hacemos caceroladas, disfrutamos de conciertos y museos desde el sofá y mantenemos videollamadas casi a diario porque chatear se nos queda pequeño. Pero ni todo eso ni el amplio catálogo de Netflix es capaz de satisfacer nuestras necesidades. Queremos más. Necesitamos más.

Queremos recuperar las conversaciones cara a cara y no a través de una pantalla. Soñamos con tomarnos una cerveza al sol o pasear de nuevo por la orilla del mar. Añoramos los abrazos reconfortantes que solo unas pocas elegidas sabían darnos. Echamos de menos las pequeñas cosas, esas que creíamos tontas y desechables y que ahora nos resultan imprescindibles.

No sé cuándo recuperaremos nuestras vidas, nuestras rutinas. Todo indica que no será tras estos 15 largos días de confinamiento. Y no lo será porque aún hay personas —insolidarios sociales— que creen vivir en un eterno domingo y salen a la calle a reírse del enorme esfuerzo que hacemos el resto. ¡Que te quedes en tu casa!

A ellos, les deseo todas las multas del mundo. Al resto, paciencia para sobrellevar este aislamiento. Juntos venceremos al virus y saldremos de nuevo a la calle, a abrazar a nuestra familia y amigas. Recuperaremos la normalidad y valoraremos nuestra vida ya de otra manera. Espero.

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