La tragedia de pintarse el ombligo de colores

Francisco Romero

Francisco Romero

Licenciado en Periodismo por la Universidad de Sevilla. Antes de terminar la carrera, empecé mi trayectoria, primero como becario y luego en plantilla, en Diario de Jerez. Con 25 años participé en la fundación de un periódico, El Independiente de Cádiz, que a pesar de su corta trayectoria obtuvo el Premio Andalucía de Periodismo en 2014 por la gran calidad de su suplemento dominical. Desde 2014 escribo en lavozdelsur.es, un periódico digital andaluz del que formé parte de su fundación, y con el que obtuve en 2019 una mención especial del Premio Cádiz de Periodismo.

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Por suerte o por desgracia vivimos en un país donde nos gusta mirarnos el ombligo. Es nuestra forma de ser y de sobrellevar nuestros problemas de autoestima... supongo. En lo económico, seguimos vendiendo marca España –de turismo, fiesta y siesta– aunque eso fuese exactamente lo que nos metió en el hoyo. En lo social, los guiris no tienen ni idea de nada y los inmigrantes son poco menos que heraldos de ruina y desgracia. En lo cultural todo lo que no sea Velázquez, Cervantes, Picasso –o algo que nos hayan dicho que es bueno y español– nos cuesta mucho de digerir. En lo futbolístico, incluso nos pintamos los ombligos de colores.

Lo político no es ajeno a este fenómeno. Tenemos miedo de enfrentarnos al mundo exterior y lo que vende periódicos es lo endógeno, lo que toca directamente estos ombligos nuestros, que se haya abierto una grieta en la calle por donde se escapen los demonios del inframundo, da igual. El enfrentarnos al propio error, a la banalidad de nuestro sufrimiento o al ridículo por la propia ignorancia, nos da un miedo atroz. Radicalizamos nuestras ideas políticas hasta el punto de identificarnos con un partido como si fuera un equipo de futbol, huimos hasta llamarnos a nosotros mismo "apolítico", o incluso a considerarnos de centro... dios no lo quiera. El miedo nos empuja a actuar por instinto de supervivencia y la agresión en lugar del raciocinio y el diálogo. Al final, sin darse cuenta, uno acaba con una lanza en la mano, con los colores de la tribu pintados en la barriga y votando al que nos parece mejor yerno (porque nueras no hay), al que más prójimos empala, o en caso de duda dejándonos guiar por esa ciencia cuasi-chamánica del micro lenguaje corporal para decidir de qué color nos vamos a pintar al final.

Sin embargo, si los astros no me engañan, lo que se dirime el próximo 20 de diciembre no es quien es el más "guapito" de la tribu, sino a quien le vamos a encargar el "marrón" de dirigir este país. Y digo marrón porque nunca he entendido como un asunto tan solemne y de tanta responsabilidad como dirigir y garantizar la mejor vida posible a tantas personas se pueda celebrar como una victoria deportiva. Yo recuerdo mis días no tan lejanos como camarero, intenten dar de comer a 30 personas a la vez, sabrán de lo que les hablo.

Dicho esto, si usted se encuentra en esta trágica tesitura y con el afán de que afronte las elecciones de una vez por todas de manera seria, le pido que salgan de la espesa selva, levante la cabeza y, negro sobre blanco, tenga varios aspectos en cuenta:

Sea consciente del mundo donde viven, que no va a vivir solos en él y que hay que saber contextualizar las preferencias propias y ajenas. Además, sería bueno saber qué modelo de país se quiere, qué pilares lo deben sostener, y del precio que se está dispuesto a pagar para que se erijan. Esto puede ocasionar alguna discusión con el cuñado de turno en estas fechas tan señaladas, pero vale la pena tener las cosas claras.

Interésese, infórmese, compare programas, propuesta y conozca a las personas encargadas de llevarlos adelante. No tenga miedo a exponer sus ideas a agentes externos. Reconocer que uno se equivocó en algún momento es hasta sano y eso de ser un hooligan político fue una terrible idea de peores otros tiempos. Preguntas útiles para hacerse serían ¿Se ofrece algún programa que sea afín con mi forma de pensar? ¿Qué se parece más a lo que yo quiero?
También es necesario ser crítico, enfrentarnos al propio error, valorar en cada opción la credibilidad que se le adjudica. Al final esto se trata de depositar confianza,  algunos ya han demostrado no ser de confianza y otros aún no se sabe si son dignos de ella. Otras buenas preguntas: ¿Fue este partido responsable con sus propias propuestas? ¿Y con las preferencias de los ciudadanos? ¿Estoy dispuesto a asumir el riesgo?

Y por último, sea valiente. Ninguna opción le previene del fracaso más estrepitoso, ni del éxito. Lo que sí es seguro es que usted tendrá que seguir trabajando y que la política española seguirá necesitando de su esfuerzo para seguir mejorando.

Sea cual sea el resultado de estas elecciones, este país seguirá manteniendo un perfil político elitista, en el que usted (aunque gane) no será superior o inferior a nadie, sus derechos deberían seguir siendo protegidos y no donde no tendrá la obligación de seguir odiando a nadie, ni del 51% ni del 49%. De hecho, dadas las circunstancias, la opción que usted elija no podrá formar gobierno por sí sola y tendrá que hacer frente a un escenario de diálogo con alguien que posiblemente no le haga mucha gracia. Esperemos que al tener hablar entre ellos se acostumbren y den pasos hacia una nueva época donde el dialogo útil y las políticas basadas en evidencias jueguen un papel protagonista. Además, junto con usted, los ciudadanos de este país deberemos seguir promoviendo la acción de la sociedad civil como complemento de la ley y los jueces como garantes de la responsabilidad de los futuros gobierno para con todos nosotros. No se olvide, lo importante es que sigamos bien y que los colores no nos confundan más.

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