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A las seis de cada día, Juan se levanta de la cama. Lo hace despacio, con esfuerzo y sigilo. Su empeño es no despertar a Carmen, y por eso, no enciende la luz hasta llegar al saloncito. Allí encuentra el mono de trabajo y el jersey que ha dejado la noche antes colocado en la silla más cercana al radiador. Van para siete años ya trabajando en la obra de lunes a sábado. Él se encarga sobre todo de cargar los materiales. Dejó pronto el instituto, seducido por unos ingresos que le permitirían comprar primero una moto y luego un coche de segunda mano. Las condiciones en la subcontrata ya no son las de entonces, ni tampoco lo son las necesidades de Juan, que ahora tiene dos niños. Juan casi nunca sonríe.

Un lunes cualquiera —de esos que en ciertas vidas se parecen demasiado al domingo, y al martes, y al jueves—, Alicia escoge un pañuelo que le alegre el rostro. Lo enreda en su cuello y se coloca la chaqueta para salir a la calle. Se ha puesto corrector de ojeras y se ha pintado un poco los labios. La semana pasada volvió a coger cita por Internet para acudir a la oficina del paro. La siente ya como suya. Alicia estudió un ciclo de administrativa y trabajaba en una empresa de seguros que cerró hace dos años. La compañía había sido comprada por otra que decidió su final cuando llegó la crisis. 57 personas fueron despedidas. Alicia cobró una prestación que se acabó y ahora sonríe muy poco.

Algunas calles hacia el norte, Ana y Carlos se sienten inquietos. Ella es psicóloga y él regenta una tienda de deportes. Las cuotas de autónomos que ambos pagan, las facturas y sobre todo la hipoteca leonina no los dejan sonreír. Llevan cuatro años casados y les encantan los niños. Siempre pensaron que pasados los treinta y pico, tendrían la estabilidad económica suficiente para aumentar la familia… pero no es así. Apenas alcanzan a pagar mensualmente la deuda con el banco y ya nunca se toman vacaciones. Cada vez que Ana cree que su primer bebé está en camino, la acechan pensamientos encontrados de alegría e imprudencia. Ana y Carlos no pueden comprender lo que ocurre, sienten que el tiempo va en su contra. Son como niños a los que sus padres niegan sin razón aparente aquello que más desean, pero son ellos los padres sin niño que deben censurarse a sí mismos. Los vecinos de Ana y Carlos no los oyen reír.

Después de una ardua búsqueda, Javi al fin ha dado con la papelería más económica. Ha podido imprimir por un precio módico un centenar de copias del flamante currículum. Es graduado en Historia, tiene un Máster en Cooperación Internacional y uno de los mejores expedientes de su promoción. Estudió en la universidad pública con una beca. Esta mañana se ha puesto calzado cómodo y ha encarado el camino con la mochila repleta de ejemplares normalizados de su trayectoria vital. Casi siempre rellena los formularios online de portales de búsqueda de empleo y empresas varias, pero hoy le apetecía volver a sentir el sol en la cara. Además, él es de esos que sigue confiando en el trato personal y el contacto visual. Al final de otro día de reparto, Javi se siente un poco perdido. Y no solo porque el GPS del móvil lleve un rato buscando red, sino sobre todo porque él desde pequeño hizo todo lo que debía. Y ahora no hay salida bajo el sol. A veces, Javi sonríe. Otras veces, no.

A sus casi ochenta años, Amalia sigue sintiendo la misma ilusión de niña por las fiestas navideñas. La comparte con su nieta, de veintitantos, a la que pusieron por ella su mismo nombre. Este año, no podrán salir juntas a contemplar las luces de la ciudad porque su nieta lleva varios meses viviendo en Alemania. Se marchó un buen día sin querer hacerlo, en busca de un trabajo acorde a su formación que aquí no podía tener. Fuga de cerebros, lo llaman en la tele, pero para Amalia es más bien el rapto de la Navidad. Es cuando más la echa de menos. Ninguna de las Amalias sonríe por ahora.

Estos días de bullicio electoral, en los que los medios de comunicación se ilustran con sondeos de mayoría inmovilista, cabe preguntarse por las sonrisas. Son demasiados los hogares que no sonríen, demasiados proyectos de vida incompletos, demasiados sueños truncados en forma de negativas de papel o de evasivas, demasiados pañuelos que batallan por alegrar el rostro y ocultar ojeras, demasiadas Navidades sin luz. Pese a que la publicidad de cafés o de turrones normalice la ausencia de quienes soportan el exilio laboral, la sonrisa de Amalia no puede relegarse a una visita inesperada —por mucho que la azucare el mazapán y la magnifique el cava—. En un país enmudecido, el silencio es hijo de la impotencia, de la apatía y la desilusión. Cuando el sabor a sal de las lágrimas es asiduo inquilino del paladar, llega el momento de virar. ¿Seremos capaces de afrontar el futuro desde la acción? Bajo el imperio del sentido común —por desgracia, el más infrecuente de los sentidos— ¿Quién elegiría el mutismo en lugar de la sonrisa? 

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