Mi primera vez

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Paco Sánchez Múgica

Periodista, licenciado en Comunicación por la Universidad de Sevilla, máster de Urbanismo en el IPE. Antes en Grupo Joly (2004-2012), Desde 2014 soy socio fundador y director de lavozdelsur.es. Miembro de número de la Cátedra de Flamencología; colaboro en Guía Repsol; y coordino la comunicación de la Asociación de Festivales Flamencos. Socio de la Federación Española de Periodistas (FAPE).

LA ROTONDA. Yo confieso. 15 años después he ido por primera vez a la ópera. En directo. Al Villamarta. A pocos metros de mi casa. 

Yo confieso. Quince años después he ido por primera vez a la ópera. En directo. Al Villamarta. A pocos metros de mi casa. Tan cercano unas veces, tan ajeno otras. He tenido oportunidades pero siempre he acabado buscando excusas: que si salía tarde del trabajo, que si ya hacía reseñas de cine, críticas de flamenco y de teatro en el periódico, y ya iba bien servido de cultura. En los últimos quince años, unas veces porque estuve fuera estudiando, y otras porque, o no podía, me negaba, o permanecía indiferente, el caso es que hasta ahora no me había estrenado en la ópera. Y no sería por la insistencia en estos años de los responsables del Teatro, Isamay Benavente y Paco López, desvividos por hacer del espacio de la plaza Romero Martínez, con sus errores y con sus aciertos, una institución pública digna de una gran ciudad como Jerez.

Porque hubo un tiempo no demasiado lejano en el que Jerez aspiraba a ser una gran ciudad. Un tiempo en el que recordaba aquellos años en los que fue capital de provincia y acumulaba gracias al floreciente negocio del vino el 20% de las exportaciones españolas. Esa época se desvaneció y ahora navega a su suerte, casi siempre mala. Dividida, envenenada, desapegada, con un bajón de autoestima tan brutal que llevará años volver a creer en algo o alguien.

Me he desvirgado, líricamente hablando, gracias a Pagliacci y Cavalleria Rusticana, una doble ópera producida por el Teatro Villamarta y por la que el Gran Teatro de Palma de Mallorca ha pagado para que se estrenase en su prestigioso programa lírico anual. Visto semejante espectáculo, esta fantasía tan vibrante hecha aquí, en casa, confieso que anoche volví a creer. Pensé que este trabajo en el que participan unos 150 empleados es parte del futuro de esta ciudad. Eso que llaman industria cultural. Eso que consideran atraer turismo de calidad y que proporciona riqueza y empleo estable. Pensaba en un futuro próspero, repleto de trabajo, buena educación, conciencia crítica y cultura. Todo lo que fuese propio de una ciudad moderna y avanzada como la que cualquiera desearía habitar.

Quienes critican que Jerez pueda tener ópera, por los costes o por los gastos de dinero público, son los mismos que probablemente no quieren que esta ciudad avance. Es curioso que siempre pongan el foco en los gastos en Cultura pero nunca censuren el dispendio en propaganda, en sobresueldos o en otros menesteres tan suntuosos como estériles. Quienes critican que Jerez gaste en producir óperas —como también se quejaran de la inversión anual en el Festival de Jerez— se olvidan de que estas son financiadas con taquilla, patrocinio y subvenciones públicas finalistas. Subvenciones, por cierto, recortadas salvajamente en los últimos años tanto por el Gobierno central como el autonómico. Pero a ellos eso parece que les da lo mismo. Parecen sentirse muy cómodos con ese proceso de aldeización que ha sufrido esta tierra en los últimos tiempos.

Tiempos de un retroceso social, económico y cultural del que todos somos culpables por acción u omisión. Esos son seguramente los mismos a los que solo les mueven sus intereses más espurios y cerriles. Los que deben creer que todos son como ellos. Esos que quieren, parece, que todo cambie para que nada cambie. Esos gatopardistas que dicen no entender ni de izquierda ni de derecha sino solo de lo que le dicta su ombligo y su cuenta corriente. Sin embargo, pese a ellos, anoche hubo ópera en Jerez. En el Villamarta. A dos pasos de casa. Y yo, que iba por primera vez, caí otra vez en la cuenta de que solo la lírica y la poesía podrán salvarnos. Será que las primeras veces, para bien o para mal, nunca se olvidan.

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