Hace no tanto tiempo, los hombres —y más en la trastienda, las mujeres— de ciencia eran reverenciados. De alguna manera, el hallazgo los encontraba a ellos y no al revés. Estaban invadidos por un espíritu de descubrimiento, por una búsqueda incesante que se apoderaba de cada una de sus acciones y daba sentido a sus días. Solo los alejaba de la senda probada la muerte, pero no la hambruna. Estaban comprometidos con el saber, estudiaban, se documentaban y deseaban contribuir al mundo que les había tocado poblar. Sentían que lo debían. Sabían que ese era su camino, el camino que los había llamado.

Dedicaban su tiempo a pensar. A pensar y a escribir. El padre Sócrates, sin ir más lejos, nunca publicó ni uno solo de sus planteamientos, pero los parió y su genialidad inspiró a los grandes racionalistas. Fue esa una contribución inestimable. Inmanuel Kant jamás salió de su poblado. Disertó tanto y con tal brillantez sobre la acción y el juicio que se olvidó de vivirlos. Einstein tenía una relación tormentosa con su esposa y la hacía pasar por un sinfín de calamidades mientras alumbraba para nuestro gozo la relatividad. Madame Curie falleció tras la reiterada exposición a los rayos sanadores cuyos efectos documentaba. Quiso la paradoja que cayera vencida por la misma revelación que alargaría después la vida de tantos. Hombres y mujeres imperfectos pero de honor que no eligieron la verdad, la ontología, la física o la medicina, sino que un día se sintieron escogidos por ellas del mismo modo en que el mármol eligió a Miguel Ángel y la melodía a Mozart.

Ahora la historia es otra y no solo porque los poderes menosprecien el talento real. El homo ‘ciencius’ no se enfrenta tuberculoso a un aciago mañana en un sótano húmedo. No gasta en probetas el escaso peculio del garbanzo. No frecuenta cafés de gremio elevado ni diserta hasta la madrugada empapando en coñac las teorías del fracaso de la modernidad. No vive su intelectualidad envuelto en el traje de paño raído y embebido en la lectura de El sol o del petulante Journal des savants. El devoto personaje empirista se ha profesionalizado. Para investigar en el siglo XXI es preciso amarrar la senda a la docencia universitaria. En esas instancias es donde se halla hoy el producto científico; entendido como eso mismo: un producto. En nuestros días es posible acceder a mapeos planetarios que miden las ramas del saber más inquiridas y las zonas en las que más se tratan.

¿Queda tiempo, en la creciente espiral de prostitución temática, para que los que cobran por pensar puedan hacerlo en algo que verdaderamente importe?

De este modo, un neófito podrá elegir su campo de entre aquellos que se hallen más desatendidos en su región de origen. Por ejemplo, un investigador en ciencias sociales podrá “decidir” indagar sobre la cantidad de veces que aparece la palabra “huerta” en las revistas científicas que se manejan en las universidades de la comunidad murciana. La elección de tan excitante propósito vital puede derivarse de la muy científica motivación de que nadie lo haya hecho antes o, incluso, de que nadie haya empleado para tal fin la base de datos W3c, en lugar de la habitual y trasnochada W3b. Eso lo cambia todo y hasta puede que motive un I+D.

Los científicos actuales se encuentran sometidos a la tiranía de las empresas transnacionales. La todopoderosa agencia Thompson-Reuters controla y establece los estándares de “calidad” por los que se rige la producción científica del mundo entero. En sus rankings se decreta qué aportaciones valen más, dónde hay que batallar por publicarlas y, si me apuran, cuánto hay que pagar por conseguirlo. Vivir para ver. Y en este mundo indexado de la apariencia, con sus palabras clave, sus citas de renombre y sus gráficos de tarta, cabe preguntarse el porqué de lo que hacemos. ¿Queda tiempo, en la creciente espiral de prostitución temática, para que los que cobran por pensar puedan hacerlo en algo que verdaderamente importe? Ojalá. Por el momento, no queda otra que entrar en el juego o retornar al sótano sin potaje.

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