Ilustración: MIGUEL PARRA.
Ilustración: MIGUEL PARRA.

Sabemos con certeza que las palabras son mucho más que palabras, pues se hacen carne.

Sabemos con certeza que las palabras son mucho más que palabras, pues se hacen carne y con ellas creamos y justificamos este mundo que vivimos. Del mismo modo, la voz no es sólo un simple sonido hecho por la boca humana. Es también palabra y capacidad para decir, es rumor y punto de vista, es informe, discurso, grito, oración y llamada.

Y como el lenguaje tiene tanto poder, muchos se afanan en controlarlo. Los académicos (pero no sólo ellos) dictan lo que se puede y no se puede decir, con la pretensión de regular lo que puede ser y lo que no puede ser. Pero afortunadamente la lengua, como la tierra, es de quien la aprende, la habla, la cultiva y la habita. En tanto que pertenencia a la vez propia y universal, cada cual tiene derecho a usarla como mejor le conviene, valorando los beneficios y los peligros de tan poderosa herramienta.

Viene esta reflexión a colación de la palabra “portavoza” que ha circulado mucho estos días en el espacio mediático y en las conversaciones de café, haciendo resucitar, una vez más, la viejísima querella entre lengua y habla, entre norma y uso.

Las palabras importan, así que es normal que cualquier novedad en este ámbito provoque reacciones. Pues cualquier cambio en el lenguaje, por mínimo que sea, afecta a la realidad. Basta sustituir, por ejemplo, en una frase el verbo “contratar” por el verbo “despedir” para que aparezcan diferencias que van más allá de lo puramente semántico. O cambiar “gastó su pensión” por “le gastaron su pensión” para comprender que el problema ahí no es sólo sintáctico. Igualmente, la diferencia entre “acosar” y “ser acosada” es mucho más que gramatical. En este último caso se trata de una cuestión de voz, y no me refiero a la voz pasiva, sino a esa voz que grita y se escandaliza y se mofa cuando una mujer se atreve a inventar nuevos nombres para crear nuevas realidades.

Un portavoz es la persona que habla en nombre de un grupo, mientras que una portavoza, además de hacer lo mismo que un portavoz, denuncia la existencia de silencios impuestos. Me parece una palabra saludable.

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