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La política obliga a tomar decisiones que no siempre son entendidas por todos, pero este es el precio que hay que pagar por jugar al juego democrático.

Durante la pasada legislatura (esa que ha durado solo seis meses), mantuve varias conversaciones en las que mis interlocutores sostenían que el PSOE había errado con la estrategia de pactar con Ciudadanos en vez de hacerlo con el resto de fuerzas de la izquierda. Yo argumentaba que la suma de la izquierda no independentista no alcanzaba la mayoría absoluta, incluso sumaba menos que el PP y Ciudadanos juntos, y que la única manera de lograr la investidura sería haciendo concesiones a ERC y Convergencia que no eran asumibles por un partido como el PSOE. Sin embargo, un voto afirmativo de Podemos al pacto PSOE-Ciudadanos podía haber puesto en marcha un gobierno alternativo al del Partido Popular. No fue así, como todos saben, y hubo que volver a votar.

Aunque con algunas variaciones en escaños, en la actual legislatura, como en la anterior, la formación de gobierno en España vuelve a presentarse como un problema retorcido o endiablado (lavozdelsur.es 22/12/2015). Esta vez, no obstante, ni se plantea un pacto de izquierdas, ya que suma todavía menos escaños que en la legislatura pasada, ni se plantea ya sumar a este los partidos independentistas. Lejos de esto, parece haberse asumido que quien tiene que formar gobierno es el Partido Popular, y es este quien tiene que tomar la iniciativa.

La clave de la formación de gobierno reside en saber qué partido o partidos van a apoyar al PP. Y aquí es donde parece haber alguna diferencia respecto de la legislatura anterior. Y digo parece, porque yo creo que realmente no la hay. La mayoría de dirigentes socialistas y algunos comentaristas piensan que, dado que aritméticamente es posible, el Partido Popular debería buscar los apoyos para la investidura entre partidos afines ideológicamente. Esta alternativa incluye, por supuesto, a Ciudadanos, a Coalición Canaria, al PNV y a Convergencia. La suma de estas fuerzas con el PP supera la mayoría absoluta. El problema es que hay fuerzas que pueden resultar incompatibles, como Ciudadanos y el PNV o Convergencia. El PNV está planteando cambios en la política penitenciaria sobre los presos de ETA que son muy difíciles de asumir, no ya por Ciudadanos, sino por el propio PP. Pero el escollo más complicado de resolver no es ese. Un apoyo de Convergencia sería a cambio de una contrapartida que no puede ser otra que la convocatoria de un referéndum en Cataluña. O eso, o un aumento considerable de la financiación que recibe esta Comunidad Autónoma, demanda que dio origen, como recordarán, al órdago soberanista. Ambas exigencias son inasumibles para el Partido Popular.

Por eso Rajoy está esperando al Comité Federal del PSOE de este sábado. Y aunque los dirigentes socialistas digan en público que ni por activa ni por pasiva apoyarán una investidura de Rajoy, saben que no les queda otra. La alternativa son unas terceras elecciones que nadie quiere, y menos debería querer la izquierda.

Pero, por desgracia para el PSOE, la aritmética no entiende de años de oposición al PP y de planteamientos políticos divergentes con los populares. Quizás el coste para los socialistas de apoyar al Partido Popular sea alto. Es seguro que muchos de sus votantes no lo entenderían. Pero es muy probable que forzar unas terceras elecciones sea menos comprensible. La política obliga a tomar decisiones que no siempre son entendidas por todos, pero este es el precio que hay que pagar por jugar al juego democrático.

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