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Tan ensimismado he estado con nuestro devenir político que apenas podía mirar de reojo lo que ocurría en el mundo. Pero el mundo sigue girando. 

Tan ensimismado he estado con nuestro devenir político que apenas podía mirar de reojo lo que ocurría en el mundo. Pero el mundo sigue girando. Y a cada vuelta que da parece estremecerse más: Orlando, Estambul, Bagdad, Dallas, Niza, y de nuevo Turquía. La acumulación de tanta barbarie no deja otra cosa que un poso de pesimismo en el alma.

Me queda la impresión de que la civilización humana, la de todos, ha avanzado dejando atrás bolsas de barbarie que explotan cuando menos te lo esperas. El fanatismo, de cualquier tipo, alimenta los odios de unos contra otros. Aunque también es cierto que la comunidad internacional ha ido dejando por el camino varios conflictos que, como heridas abiertas, alimentan ese fanatismo. Palestina, desde hace decenios ya, es su principal exponente, a la que hay que unir Afganistán, Irak y, claro está, Siria.

Pero en la sociedad hiperconectada en la que vivimos no es necesario ser afgano o sirio para convertirse en fanático. También es posible la conversión residiendo en los barrios marginales de las grandes ciudades de Europa. Después, es la propia frustración personal la que no encuentra otra salida que la masacre indiscriminada.

Lo que busca el terror no es otra cosa que fracturar nuestra sociedad, inocular el virus de la desconfianza en sociedades multiculturales como la de Francia. En definitiva, enfrentar a unos ciudadanos con otros.

En el caso americano, también es la violencia policial la que, de manera consciente o inconsciente, crea una espiral de violencia que amenaza con ahondar la fractura racial y social del país en este año electoral.

El golpe de estado y el contragolpe que está viviendo Turquía, con un saldo sobrecogedor en vidas humanas, nos recuerda que el fanatismo tiene colores muy distintos: religión, patriotismo, nacionalismo...

Hace ochenta años, nosotros también sufrimos el golpe del fanatismo y la Guerra Civil. Después el mundo entero sufrió el auge de los totalitarismos y la guerra. Al final de la Guerra Fría parecía que se abría una era de paz en la humanidad. ¡Qué poco duró!

Ante semejante panorama, me pregunto si cabe esperar alguna luz. Quizás si miramos en perspectiva la cosa se ve distinta. Según el filósofo idealista Immanuel Kant, autor del tratado La paz perpetua, la historia es un recorrido de la especie humana en su conjunto, algo caótico, pero que avanza hacia un ideal de justicia y armonía, lenta pero inexorablemente. Hoy, más que nunca antes, quiero creer en ello.

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