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"El problema surge de los otros hermanos, de las otras comunidades autónomas, que actuaron con más lealtad obedeciendo las normas y que, posiblemente, no estén dispuestos a que se agasaje y homenajee a este pariente díscolo".

Tal vez mi afición a escribir cuentos cortos se despertó durante mi infancia, cuando leía entusiasmado los relatos de un libro de historia sagrada llena de ilustraciones y con textos adaptados a mi edad en el colegio. Dos eran mis narraciones preferidas. La primera correspondía a la interpretación que hace José, hijo de Jacob, de los sueños del faraón sobre la visión de las siete vacas gordas y las siete vacas flacas, que representaban siete años de riquezas y abundancia y siete de escasez y pobreza. Esta descripción me ha servido para comprender el carácter cíclico  y cambiante de la economía, que se podría extrapolar incluso al pasado reciente de España. Así, tras el boom inmobiliario de bienestar, opulencia y despilfarro, este país sufrió una de sus crisis económicas más graves.  Además, me ha permitido pensar que no se puede vivir al día y dilapidarlo todo en un momento de euforia  y concluir, también, que hay que preservar algo de cara al futuro, pues el mañana siempre es incierto, a pesar de las tentaciones del carpe diem.

Mi segunda historieta preferida era la parábola del hijo pródigo. Me impactó pensar que un descendiente se podía llevar parte de la herencia de sus padres, el fruto del esfuerzo y trabajo de la familia de muchos años, y en poco tiempo, por su mala administración, gastarlo todo y acabar en la penuria, comiendo los restos con que alimentaban a los cerdos. Pero lo que peor encajaba es que cuando volvía el vástago a su casa, humillado y con el rabo entre las piernas, el padre lo recibiese con una gran fiesta y celebrase un banquete de recepción en su honor. Yo comprendía el resquemor de sus hermanos, que no podían entender que el padre lo tratase mejor que a ellos, cuando éstos siempre habían sido obedientes y fieles a él.

Algo parecido me inspira la situación de Cataluña. El papel de padre generoso lo interpreta España, los hermanos envidiosos son las otras autonomías y, por supuesto, el hijo pródigo, la figura estelar o “estelada”, en este caso,  lo representa la comunidad catalana. La actual Generalitat en su ensoñación pretendía egoístamente llevarse parte del patrimonio de esta gran nación, fortuna que se había forjado durante siglos gracias al esfuerzo y tesón de todos los que formaron, en el pasado, y forman, ahora, parte del Estado. Con sólo el amago de declarar la independencia,  han empezado vertiginosamente a derrochar esta gran riqueza. Las empresas huyen despavoridas y en desbandaba de allí y están consiguiendo que el futuro laboral en su territorio sea muy negro. Difícilmente podrán vivir con las migajas de las compañías de menos valor que han prometido momentáneamente permanecer en su región, sin que estalle un conflicto social de grandes dimensiones. Su panorama económico es desalentador. Han gastado gran parte de la fortuna de su progenitor y ya hasta algunos políticos catalanes que eran abiertamente independentistas abogan, aunque en privado, por volver a la casa común, en donde disfrutaban de grandes viandas y privilegios. Ellos se consideraban, hasta ahora, superiores y autosuficientes, como si fueran los preferidos del clan.  

El problema surge de los otros hermanos, de las otras comunidades autónomas, que actuaron con más lealtad obedeciendo las normas y que, posiblemente, no estén  dispuestos a que se agasaje y homenajee a este pariente díscolo. Quizás el final no sea tan bonito como en la parábola. No creo que, después de lo que ha pasado, las otras autonomías accedan a  retrotraerse al estado primigenio, como si nada hubiese ocurrido. Seguramente se volverá a hablar de café para todos, pero, esta vez, con toda probabilidad se asegurará que la cantidad a servir para cada uno sea la misma o muy similar. Esa podría ser la reforma constitucional que se avecina, si lo decidiesen y se les preguntase abiertamente a todos los españoles, ante los retos de los desafíos separatistas. Estoy convencido de que la mayoría sostendría que no se debería contentar y premiar a los desleales, en detrimento del resto. El principal objetivo, si se acomete una reforma de ese calado, tendría que ser: que todos los ciudadanos sean libres e iguales ante la ley. Deberíamos aprovechar el cambio legislativo para abolir las prebendas, como algo vergonzoso del pasado, contrarias a la modernidad. De ese modo, será posible construir un futuro mejor y más justo para todos que dure muchos años.  

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