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A ver si un día de estos me pongo y, por fin, leo El Quijote. Nunca es tarde si la dicha es buena, dice el refrán.

Definitivamente: soy una inculta. Hasta ahora no había sido tan consciente, pero después de las últimas celebraciones del IV centenario de la muerte de Cervantes, he llegado a esa conclusión.

Que sí, que a estas alturas de mi vida tengo que reconocer que no he leído El Quijote. Y no sé si permanecer como hasta ahora en el más absoluto anonimato, como una impostora que se codea como la crème de la crème, todos ellos grandes entendidos en literatura clásica, lectores voraces y reincidentes de ese gran libro leído por todos los españolitos y españolitas que se precian de personas cultas.     

En las redes, unos y otras recuerdan cómo llegaron a aficionarse a la lectura y no precisamente por los libros que estuvieron obligados a leer en el bachillerato. Que si La Celestina, que si Poema del Mío Cid, que si El Lazarillo de Tormes… y cómo no: El Quijote. Naturalmente, hay una queja generalizada sobre la adecuación de esa literatura a la edad y las motivaciones de niños y adolescentes; algunos incluso confiesan haber tomado tirria a la lectura. Así que, en este caso, se cumple aquello de “Es peor el remedio que la enfermedad”. Tampoco creo que sea tan traumático como para dejar de leer para siempre. Seguro que la mayoría de esos que se quejan tanto, hoy son grandes lectores. Como mínimo, seguro que leen porque, en el fondo, no dejan de ser unos privilegiados. ¡Cuántas personas de la España cutre de los años cuarenta y cincuenta no hubieran querido al menos poder acceder a la Enseñanza Media!

Una servidora, por poner un ejemplo, es de esas niñas sin suerte. Como tantas y tantas personas que, por vivir en una atrasada e incomunicada zona rural, en los años cincuenta, sólo podíamos cursar la Enseñanza Primaria. Y por si fuera poco, no había cerca ni una sola librería, y menos una biblioteca. ¿Se imaginan ustedes cómo puede acceder a la lectura una criatura que vive en ese desierto cultural? Eso es lo que me propongo contar aquí, si me permiten.           

No es fácil recordar cuál fue el primer libro de literatura que cayó en mis manos. Pero no, no se asusten. Durante mi escolaridad me estudié de memoria las tres Enciclopedias de Álvarez: primero, segundo y tercero. ¡Ah!, y un montón de tebeos de esos con muchachas pobres, bonitas y bondadosas, que encontraban a un príncipe que las sabía valorar. Ese fue el contacto que tuve hasta los doce o trece años con la lectura. ¡Ay de mí! O sea, que leer, lo que se dice leer, leí desde pequeña.

No saben lo contenta que me puse cuando llegó a mis manos el último libro de Luis Landero El balcón en invierno, donde el escritor confiesa que hasta que emigró a Madrid, con 18 años, no había leído ni un solo libro. Como en mi caso, su vida había transcurrido en un mundo en el que un libro era una absoluta y lujosa rareza. ¡Ay, Dios mío! Pensé. Ya no soy tan rara. Y si Landero ha podido superar con creces esa circunstancia, si él es capaz de contarlo… Él, que a pesar de todo, se ha convertido en profesor de Literatura, y hasta ha escrito un buen número de novelas, ¿tengo que preocuparme?, ¿tengo que disimular y ocultar que no he leído El Quijote?

Total, que este año de tanto festejo y oropeles, que me abruman y hasta me acomplejan, me ha dado por hacer memoria y me he puesto a repasar mis primeras lecturas. Un ejercicio que ha resultado esclarecedor y muy tierno, porque he vuelto a mi adolescencia. Y, sorprendentemente, he rememorado algunos de aquellos títulos que en nada se parecen a los que los profesores de Bachillerato exigían a sus alumnos.

Es evidente que cada etapa de la vida tiene su libro, pero como verán, el contexto en el que cada cual se desenvuelve, condiciona en gran manera la relación que tendremos con esos maravillosos objetos. Por eso, al visitar una biblioteca privada puedes hacerte una idea de la historia personal de su propietaria o propietario.

El diario de Ana María, así se llamaba el primer libro que cayó en mis manos. Tenía yo doce años. Que sí, que no era un libro que se estudiara en la historia de la literatura. Lo sé. Que mi vida como lectora no se puede decir que haya sido ejemplar, pero qué le voy a hacer. La búsqueda en Google me informa de que se editó en 1963 y lo escribió un sacerdote francés, que se dedicaba a la educación con jóvenes: Michel Quoist. No vayan a pensar, pero en aquellos años oscuros, leer el diario de una adolescente que plasma sus dudas,  conflictos y preocupaciones sobre su incipiente sexualidad, eso era toda una revolución. Y además, sirvió para que, durante semanas, las amigas cuchicheáramos entre secretitos al oído y sonrisas maliciosas. ¡Qué ternura! Con la misma vocación didáctica, José Luis Martín Vigil publicó La vida sale al encuentro. Esta novela, relataba los cambios y los conflictos de esa edad tan delicada y, como en el caso anterior, fue la revolución, como el propio autor, sacerdote jesuita, que poco más tarde escribió Los curas comunistas, o Una chabola en Bilbao. Martín Vigil fue expulsado de la Iglesia biempensante, por salirse del redil.  

Como ven, ni clásicos, ni nada. Una servidora era una joven trabajadora que se levantaba a las 5:30 de la mañana para ir a la oficina, y en el tiempo libre se empapaba de libros que le hablaban de muchachitas como ella, que se enamoraban, que sufrían desengaños, que se enfrentaban a la sexualidad con más miedo que vergüenza… y que estaban en un proceso de cambio, como el propio país. Y ¡cómo no!, acabé aterrizando en la novela rosa, ¡qué fuerte! Pueden imaginarse que aquellos amores ya eran otra cosa. La gran Corín Tellado me hacía pasar tardes maravillosas. Por cierto, que esa obra tan denostada por los intelectuales de la época, se estudia hoy en todas las universidades del mundo. Mira por dónde.

Este transitar mío por la literatura popular de los años sesenta, seguro que fue un tiempo de preparación para lo que vino más tarde. Tiempo que no considero perdido, aunque alguien pueda pensar, y no lo voy a negar, que se trataba de una lectura de poca calidad. 

Parecerá una tontería, pero el Círculo de Lectores fue un hallazgo, una forma asequible de comprar libros, para quien aún no tenía el hábito de ir a la librería o a la biblioteca. Por ese camino llegaron los autores españoles del momento: Camilo José Cela, Miguel Delibes, Francisco Umbral, incluso autoras que me han dejado huella: Ana Maria Matute, Carmen Laforet, Carmen Kurt o Mercedes Salisachs. Buenos días tristeza, de Francoise Sagan, y Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé las miro desde ahora como la cúspide de mis lecturas de veinteañera. ¡Menudos novelones!  

De esta manera, y como quien no quiere la cosa, me fui haciendo lectora; pero confieso que yo “voy a mi bola”. Ni mi paso por la Universidad ha conseguido convertirme en una erudita apasionada de la “cultureta”, ni defensora de ningún genio de la literatura. No me dejo llevar por la moda, las últimas recomendaciones de las grandes editoriales, los best seller, o el último Premio Nobel. Sigo mi instinto y, de forma autodidacta, he conocido algunos clásicos del siglo XIX y XX, pero no me obsesiono. Si un libro no consigue atraparme en las primeras veinte páginas, se queda en los estantes de la librería.

Hay que ver lo que ha dado de sí meterme con los eruditos y presuntos amantes de El Quijote y demás libros “sagrados” de la literatura universal. A veces, una cosa tan trivial como recordar nuestras primeras lecturas, puede ayudar a reflexionar sobre cuestiones muy profundas que aquí no me dará tiempo de desarrollar.

No, no creo que estemos determinados por los primeros pasos que damos en la vida. Para eso existe eso que llaman libre albedrío, lo que cada cual es capaz de hacer con lo que le ha caído en suerte o en desgracia, naciendo en un lugar, un tiempo o una familia determinada. No es fácil, lo sé, pero hay que tener la voluntad de ser; de coger las riendas de nuestra vida y, como dijo el sabio profesor José Luis Aranguren: “Llegar a ser lo que se puede ser con lo que somos”. Que menuda frase la de nuestro filósofo.

Si nos referimos a la lectura tampoco creo que sea determinante para crear buenos lectores haber leído con catorce años La Celestina o El Lazarillo de Tormes. Claro que tampoco viene mal conocer a los clásicos, aunque sea en plena madurez. Qué voy a decir yo, que este año, gracias a algunos estudiosos que saben transmitir con pasión y creatividad, he descubierto finalmente a ese autor que nadie me mandó leer y que, según dicen, es el genio de los genios: Miguel de Cervantes. A ver si un día de estos me pongo y, por fin, leo El Quijote. Nunca es tarde si la dicha es buena, dice el refrán. 

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