Eclipse solar.
Eclipse solar.

Por término medio, solo una vez cada 200 ó 300 años tiene lugar un eclipse total de Sol en el mismo punto terrestre. Afortunadamente hay otros sucesos extraordinarios que acontecen con mayor frecuencia; tanta que a los pobres mortales nos es posible contemplarlos en varias ocasiones a lo largo de una vida. A veces, pero solo a veces, una carcajada se hace eternidad, una calle se hace poesía y el lamento brota en el silencio como si necesitara escapar de los labios que lo lanzan y anidar en un alma que lo espera. Los que hemos nacido por el sur sabemos bien que esa maravilla ocurre a la altura de febrero —bien es cierto que estos calores aberrantes nos alejan de esa estampa invernal, pero procuraremos hacerla presente en estas líneas, y de paso, refrescar al sufrido lector—. Agazapado en el mes más corto pero empapando todo a su paso: se canta, se ríe y se estremece hasta la piedra ostionera, esa que nació de la mar. Sencillamente, carnaval.

Desde la tiniebla medieval, este fenómeno lúdico ha bebido de la redención, como lo hace la sombra de la luz o la melancolía de la dicha. Precede a la penitencia y se entiende, por esto mismo, como celebración. Así nos lo enseñó la alegoría del célebre Arcipreste de Hita que protagonizaban don Carnal y doña Cuaresma. Allá por 1330, este noble de nombre mundano nos descubría la batalla entre el exceso y la prudencia a través del singular enfrentamiento de un ejército de bueyes, cerdos y cabras, con otro de vegetales y legumbres. Doña Cuaresma acababa aprovechando la resaca de las tropas de don Carnal —tras una recurrente noche de juerga, fastos y comilona— para apresarlo y doblegar a sus soldados mientras dormían, seduciéndolos previsiblemente con una nana de esas que amansan a las fieras… de corral. Tras su victoria, se instauraban cuarenta días de ayuno y cavilaciones varias. Y así habría de suceder cada año.

Dentro del orden pasional del tiempo que marca el cristianismo, los momentos de alegría y de tristeza se alternan cronológicamente, cediéndose el testigo los períodos de prohibiciones y de permisividad. Como la vida misma, como el discurrir de lo profano —y no solo de lo divino—, nos desplazamos entre la diversión y la devoción. En una tierra especialmente bañada por el sol y las pasiones de todo corte, don Carnal se ha ataviado con unos ropajes ajenos, ha ocultado su mirada bajo un antifaz y ha revestido de colores todo cuanto posee. Y canta. Su mundo es música por unos días. Canta y convierte en melodía aquello que le hace reír, que despierta su indignación, su furia, su deseo… aquello que le hace vivir, aquello que atormenta su tiempo y quebranta sus noches por la calle de la mar. Quizás esa magia solo pueda brotar de calles que dan a la mar, impregnadas de sal, alegría y arrojo a partes iguales.

Tal vez se trate sencillamente de una historia de amor, de una tierra en el mar y de su revolución. Quizás estos nuevos soldados de don Carnal sean poetas marineros que una vez al año abandonan sus quehaceres para disfrazar sus esperanzas. Arrogantes, imprescindibles y desgarradoramente sinceros. Las huestes llegan hasta el ruedo de un templo rojizo atracando sus buques de letras cerquita de los balcones —aquellos que por dentro guardan las vidas y por fuera las macetas de colores—. Con el aliento de la calle aún sobre la espalda, despliegan la ventolera de coplas que han traído como botín. Filibusteros y aguerridos, son piratas de un endiablado compás, templarios en una singular cruzada, brujos y simples mortales. Se rearman con descaro en la trinchera del dolor y lanzan desde ella sus misiles de vapor, un vapor que hace viajar el desgarro de la garganta. Vibrante, siempre vibrante.

A veces, suceden cosas extraordinarias. A veces, son los soldados de Carnal quienes logran adormecer a los de Cuaresma mediante una nana de pasiones. Hay ocasiones en que el vello se eleva y la niña de los ojos se inunda de una lágrima serena y hermosa  —cómo temblaba mi cuerpo cuando escuché mi primer tanguillo…—. Hay veces en que no es posible mirar más que escuchando —al igual que ante un eclipse solar—, pues es dibujando a tientas cuando se traza el compás auténtico. Vuelvan las tropas de valientes cada año por febrero, vuelvan aunque el mensajero se atavíe de cobarde. 

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