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París, 25 de junio de 1984. Muere un hombre. Filósofo, historiador, psicólogo, teórico social… un hombre inefable, Michel Foucault. Unos cuantos años antes, en 1977, había publicado en la revista Les Cahiers du chemin un pasaje sugerente: La vida de los hombres infames. Luego ese inspirador título serviría de paraguas a un libro que recoge numerosos textos suyos encontrados en la Biblioteca Nacional y los archivos de la Bastilla, entre ellos, ese artículo homónimo. Por estas curiosidades de la vida, ese escrito que menciono era un prólogo. El prólogo para un libro de historia, a caballo entre la ficción y el ensayo, que Foucault nunca llegaría a escribir.

Estamos más bien ante una antología de vidas —escribió entonces el francés— de existencias contadas en pocas líneas o en pocas páginas, de desgracias y aventuras infinitas recogidas en un puñado de palabras… Foucault pretendía con aquella historia de historias nunca relatadas dar forma a un discurso conjunto que expresase un mínimo de sentido histórico a partir de lo micro. Para él, el hombre infame es el hombre invisible, sin reputación, el hombre corriente a quien los focos del poder sacan por un instante de su lúgubre anonimato. En esta lucha contra aquello que lo oprime, el hombre infame alcanzaría así por vez primera la gloria en sus páginas. Los lectores nunca pudimos formar parte de la minúscula historia de esas vidas, de su infortunio, de su rabia o de su incierta locura. Ese controvertido efecto mezcla de belleza y de espanto no pudo llegarnos. La muerte fue antes. El francés aspiraba a crear una pieza de la dramaturgia de lo real, que constituyera, según sus propias palabras, “un instrumento de la venganza, el arma del rencor, un episodio de una batalla, el gesto de la desesperanza o de la envidia, una súplica o una orden”. Con letras y sin disparos.

Un hombre que murió en París quiso escribir de vidas animadas por la violencia, la energía y el exceso en la maldad, la villanía, la bajeza, la obstinación y la desventura, cualidades todas que los nutrían a ojos de su entorno, y en contraste mismo con su mediocridad, de una especie de grandeza escalofriante o deplorable. Pero esos infames eran grises y ordinarios, ajenos a las virtudes que se consideran dignas de ser narradas. Y por eso, Foucault quiso contarlos. Precisamente por eso.

La infamia es algo curioso. Si bien el triunfo de una buena legislación se produce cuando la opinión pública es lo suficientemente fuerte para castigar por sí misma los delitos, lo tenido por infame es también lo que carece de crédito y de estimación. “Feliz el pueblo en el que el sentimiento del honor puede ser la única ley, pues no tiene prácticamente necesidad de legislación. Tal es el código penal de la infamia”. Esto también lo escribió Foucault. Lo infame se desprecia o no se aprecia. Infames por acción o infames por omisión. Aquellas historias oscuras, aquellas vidas en la sombra culminan sin remisión en aquellos muertos de segunda. Aquellos para los que no hay placa, ni tricolores, ni homenajes, aquellos que perecen en territorio inenarrable. En un desierto yermo de palabras y de nombres. En el vacío de las obras nunca escritas.

El criminal atenta ante todo contra la sociedad. Se constituye, al romper el pacto social, en su enemigo interior, y por ende, la necesidad de un castigo ha de partir solo del interés de la sociedad o de la necesidad de protegerla. Jamás puede emerger de la venganza… siempre que se pretenda huir de la infamia. Todos estos pensamientos, al igual que los del hombre que murió en París, no son siquiera el esbozo de un género, como tampoco lo eran los suyos —indescriptiblemente más valiosos—. Son fruto del caos, el ruido, la pena, el efecto del poder sobre las vidas y las muertes, del discurso que aspira a verbalizar una situación infame. En Deir al Zur, en París, en Raqqa, en la negra infamia cotidiana. 

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