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Como en la manera que matamos a un cerdo en un pueblo de España, de forma pública, barroca y ofreciendo viandas a los vecinos, así nos veremos ansiosos en un futuro, que no se me antoja ya tan utópico, con las manos llenas de sangre. Como la ultraderecha siga teniendo este auge en Europa o en EE.UU, tendremos que proclamar a boca abierta con temor que no somos homosexuales. Y expongo lo de la matanza del gorrino, en una comparativa que parece no tener relación, todavía, pero me explicaré: La Inquisición, tras relajar y expulsar a los judíos y hacer que por la fuerza abrazaran la cruz los antiguos pobladores de Al Ándalus, que profesaban la religión del profeta Mahoma, imprimió el miedo al ciudadano, que no dudó en manifestar que era cristiano comiendo el animal de estas formas para demostrar su cristiandad y hacer así visible ante la santa purga y sus vecinos que él sí comía jalufo, así no era denunciado, sus buenas costumbres a la hora de rezar quedaban contrastadas ante la muchedumbre. Fíjense que detrás de todo esto está el dime de que presumes y te diré de que careces o un teatro innecesario para luego en casa rezar hacía la Meca en la intimidad. La represión solo crea fanáticos de la venganza o la mentira. Crea sociedades ficticias.

Los autobuses del pene y de la vulva de la Iglesia católica, nos son más que un reflejo directo, un daño inequívoco de los que marcan la equis en la casilla de la declaración de la renta. Porque no crean que estos autobuses se fletan solos, sus canales de televisión se emiten solos, sus tertulianos del medievo se pagan solos y la misa que da la televisión pública en la cadena de todos sale por esporas. Marcar la casilla  a favor de la iglesia es colaborar directamente con que a un niño en una escuela se le haga daño y se le humille porque se normaliza y subvenciona la maldad, aunque el que la marque esté en contra de todo esto, al hacerlo se convierte en cómplice al instante porque el mensaje se divulga. Si dejamos que esto prospere con gobiernos que alivien fiscalmente a estos retrógrados, nos veremos como en las matanzas porcinas anteriores, las de la reconquista, no para decir que al comer cerdo amamos a cristo sino para que nadie dude de nuestra manera de entender el sexo y la moral, es decir, la represión si se instala. Nos hará decir barrabasadas en un bar en contra de nuestro “peligroso” vecino el maricón. Otra clase de exposición menos sangrienta y con menos morcillas y chicharrones pero que no deja de ser la eterna justificación ante el poder fáctico que impone su moralidad y te castiga con la exclusión social.

Porque la palabra cala y como decía el autor del maravilloso Los cuatro acuerdos, Miguel Ruiz, un libro de sabiduría Tolteca: Hay que ser impecable con las palabras. Con la palabra y el discurso se mueven montañas, se engendran revoluciones o se crea el mal más absoluto. No podemos indignarnos al ver el autobús en el telediario y luego taparnos los oídos, los ojos y la boca como aquellos monos japoneses que no querían ver el mal, ni escucharlo y mucho menos decirlo. El mal existe. Y este autobús es eso. El mal personificado. De ustedes depende no omitirlo.

Las milongas de la caridad y del papel que la iglesia ejerce con ella no pueden legitimarse si impunemente humillan a una persona por sentir. Nada más que por ser y existir. Dicen que hay que revisar la historia contextualizando pero es que siempre es lo mismo. Miedo, pecado, crimen y apoyar a criminales para mantener privilegios y dominar la conducta de los pueblos con artimañas y chantajes sobre la conciencia. No tengamos que vernos jamás en demostrar a nadie como hemos de sentir, por más milenaria que sea su organización o más promesas que nos hagan para cuando vayamos al cielo. Tener que matar a un cerdo en el siglo XV a la vista del alguacil o humillar públicamente a un niño por salvar nuestro status en la comunidad dependerá solo y exclusivamente de como se gestiona nuestro dinero, de quien lo administre y de la educación del ser humano en pro del ser humano.

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