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La vida de los capítulos más sementales. Esos por cuyas venas se liberan los templos de la inteligencia. Páginas de mar.

Éste es el verdadero título de nuestra vida. En efecto. Considerando lo menos obsceno. Agarrándonos a los libros como si fueran la única liana que nos sostiene y libera de la propia muerte. La vida de los capítulos más sementales. Esos por cuyas venas se liberan los templos de la inteligencia. Páginas de mar. Acantilados de párrafos por cuyas rompientes cabalgó en alguna que otra vida el verso perdido de no sé quién y el soneto de no sé cuántos. Letras que nos sacuden de la miseria diaria o de la claridad noctámbula.

Por eso nacimos de noche. A intervalos. De un par de senderos. En tres latidos y cuatro cadenas y dos mil aretes. Vencidos en alguna isla. Tomados de la mano por el aparatoso negocio del exilio. Ese que se lleva la esperanza. Ese que corrige el azar y santifica las bayonetas. Ese que ya no está. Pero ese que nos atraganta. Ese que viene ahora es francamente peor. Ese es abominable. Ese no tiene libros. Ese carece de rigor. Ese es como una aguja silenciosa que penetra en nuestras débiles carnes y nos mata poco a poco con la más inimaginable de las torturas. Ese que nos asesina a intervalos. Nos pervierte. Nos resta libertad. Nos ahoga. Nos resfría. Nos quita la más leve de las esperanzas en torno al verdadero valor del viento. Ese que nos agita. Ese que deviene en pájaro sin alas.

Ese que vino durante el día. Cuando tenemos los ojos plenamente abiertos. Ese que nos aguarda con una beca de miles de kilómetros fuera de la órbita de nuestras bocas. Ese que se pudre en su propia vergüenza como si no hubiera posibilidad de escribir de algo y de sacarse todas las ropas que cubren la fosa del alma. Fosa que no está quieta. Fosa que no de ataúd sino de densidad perpetua. La fosa más amplia y que menos se conoce. La nuestra. Esa de dentro. Esa que converge con lo que late y se abandona con lo que muere. La fosa donde arde lo que somos y lo que escondemos. Fosa que no es nasal pero nos huele como yo te huelo a ti o tú me hueles a mí o ellos son incapaces de olernos o lo que es un síntoma de mayor ignorancia, fosa sin sentido del olfato. 

Quizás por ello es que navegamos es lo oscuro. A salvo de las intermitencias. Alejados de las calles. Devorados por la insistencia. Santificados por la patria de las orejas. Bien callados afuera y en pura algarabía dentro de nuestra coraza de perjurio y libre albedrío. Como el undécimo mandamiento. Libres de culpa. Responsables de nuestra propia escalera. Que nacimos allá. Bien lejos. No solo de noche. Sino en cualquier siglo. En cualquier tiempo sin teléfono. Bien longevos que no de viejos. Sino longevos de todo lo que hemos hecho y nadie sabe.

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