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El pasado día 8 de febrero, comenzaba la acampada y huelga de hambre de un grupo de mujeres en la Puerta del Sol como forma de protesta ante la situación de riesgo que viven cada día las mujeres por el mero hecho de pertenecer a su género.

El pasado día 8 de febrero, hace ya casi tres semanas, comenzaba la acampada y huelga de hambre de un grupo de mujeres en la Puerta del Sol de Madrid como forma de protesta ante la situación de riesgo que viven cada día las mujeres por el mero hecho de pertenecer a su género, y reivindicando la reforma de la Ley de Violencia de Género para endurecer la lucha contra la violencia machista.

Durante la tarde del miércoles 22, Sol se llenaba de mujeres (y hombres dispuestos a escuchar) en forma de apoyo a las manifestantes, de las cuales una de ellas ha tenido que ser hospitalizada por un problema pulmonar tras unas dos semanas de huelga.

Cientos de personas rodeaban el escenario donde las mujeres rendían homenaje a las caídas durante lo poco que llevamos de año debido a la lacra de la violencia de género, a la que muchas de ellas proponen llamar “terrorismo machista”, en referencia a la consideración especial que se ofrece en España a las víctimas de terrorismo, pero que no se aplica a estas mujeres asesinadas por su condición de mujer.

Durante la concentración, distintas manifestantes se turnaban para hablar a la multitud y compartir sus experiencias, sus reivindicaciones, e incluso canciones, para posteriormente ser aplaudidas y vitoreadas por un público que no paraba de repetir consignas como “la revolución será feminista o no será” o “patriarcado y capital, alianza criminal”.

Uno de los momentos más emotivos llegaba con el turno de una chica de diecinueve años que se expuso ante la audiencia para compartir su propia historia de maltrato machista a manos de su expareja. “Cuando intenté denunciarlo, la justicia me dijo que, sin marcas, sería una denuncia falsa”, contó la joven, visiblemente emocionada ante el apoyo de la multitud. Especialmente significativos estos testimonios en un país en el que, de 130.000 denuncias por violencia de género realizadas durante el año 2015, tan solo dos fueron confirmadas como denuncias falsas, pero pese a ello, sigue utilizándose a menudo como argumento contra la Ley de Violencia de Género.

“21 mujeres asesinadas entre las que constan una menor de un año y una adolescente de dieciocho. En 52 días España ha permitido el asesinato de esas mujeres. Miles de mujeres mueren el silencio de sus hogares, miles de mujeres no encuentran salida en esta pantomima, en este desastre organizado, que lo que nos está haciendo es asesinarnos, torturarnos e inducirnos al suicidio”, rezaba el discurso de una de las mujeres que tomó la palabra. “Queremos y exigimos al gobierno un gabinete de crisis que ponga medidas inmediatas para frenar esta masacre que baña las calles de sangre de mujeres y menores”.

La crítica a los estamentos políticos fue, por supuesto, clave de los discursos. Una de las mujeres señalaba jocosamente que “la comunidad de Madrid nos ha hecho mucho caso: mirad, Cristina Cifuentes hasta nos ha puesto un cartel aquí delante para apoyarnos”, haciendo referencia al cartel que recientemente habían colocado en apoyo al Real Madrid, justo ante los ojos de las incrédulas manifestantes.

La concentración se alargaba durante unas horas entre discursos, experiencias, cánticos, gritos de apoyo y repetición de consignas. Una jornada marcada por la sonoridad y la comprensión entre compañeras de lucha, apenas interrumpida ni molestada, salvo por el caso aislado de un hombre que, durante uno de los discursos, lanzaba un grito de “¡los hombres también existimos!”, recibiendo a cambio las miradas incrédulas y acusadoras de las personas allí presentes, pero sin llegar a tener el incidente mayor trascendencia.

Lo cierto es que, a día de hoy, y tras casi tres semanas de acampada, recogida de firmas, huelga de hambre y concentraciones, ningún organismo político se ha pronunciado al respecto, y los medios de comunicación apenas han prestado atención a la protesta (apareciendo la huelga por primera vez en televisión cuando esta ya avanzaba hacia las dos semanas de duración). Ni siquiera Manuela Carmena, alcaldesa sobre la que las expectativas sociales estaban realmente altas, ha pasado aunque sea  para conversar con unas mujeres que se arriesgan a perder la vida para intentar evitar que decenas de sus compañeras sean violadas, torturadas y asesinadas día tras día de forma absolutamente impune. Los órganos políticos, mientras tanto, guardan absoluto silencio mientras de lejos escuchan el rumor de cientos y cientos de mujeres gritando al unísono: “ni una menos”. 

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