La joven indiferencia

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Paco Sánchez Múgica

Periodista, licenciado en Comunicación por la Universidad de Sevilla, máster de Urbanismo en el IPE. Antes en Grupo Joly (2004-2012), Desde 2014 soy socio fundador y director de lavozdelsur.es. Miembro de número de la Cátedra de Flamencología; colaboro en Guía Repsol; y coordino la comunicación de la Asociación de Festivales Flamencos. Socio de la Federación Española de Periodistas (FAPE).

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Ignoro si merezco que me salven. No sé si merecemos ser salvados. Las niñas ya no quieren ser princesas, que entonaba Sabina; ahora somos fuertes, independientes, solventes y preparadísimas. No esperamos en la torre a que llegue el príncipe y mate al dragón, o al menos, no lo llamamos así. Tenemos la espada bajo nuestra propia cama y unos cuantos títulos agolpados en un par de carpetas. Probablemente porque la torre está hipotecada, el dragón es la cola del paro o los diez tramos de escalera sin ascensor, y el príncipe anda como loco buscando ingresos desprovisto de sangre azul. Ellos y ellas alquilan su torre. Ellos y ellas van pagando a tres años el corcel. Hemos cambiado mucho en lo que queremos, en lo que hacemos e incluso en lo que expresamos que somos, pero seguimos teniendo la aspiración unánime de la sonrisa diaria. En el mundo actual, la serenidad es un lujo quizá demasiado costoso. Por eso nos refugiamos en el pasado e intentamos atraparlo como sea: en los mercadillos con historia, en el cine en blanco y negro, en el tacto de un periódico, en las librerías de viejo, en el casco antiguo de la ciudad de siempre, en el olor a domingo de los churros de la esquina… en los clásicos, siempre en los clásicos.

El síndrome de que cualquier otro tiempo fue mejor responde a la misma impotencia vital que la idea de la diversión como ese duende huidizo que siempre está ubicado en otro sitio. No podemos evitarlo. Tenemos la sensación de que los sesenta fueron únicos; los setenta, irrepetibles; los ochenta, trascendentes… y hasta aquí puedo leer, porque yo vi la luz en los años de la movida, de Naranjito y el 23F, de la caída del muro y las chaquetas con coderas. Hemos cambiado y cada cual estima, según su franja, que siempre a peor. Una de las muchas satisfacciones de dedicarse a la enseñanza es poder mezclarse con gente más joven, colocarse a su lado, observarlos y callar. La perspectiva que dan los años propios se acrecienta con la posibilidad de analizar la evolución en las generaciones que han venido después. Como en tantas situaciones de la vida, somos nuestro referente. Comparas a los alumnos contigo mismo y a su promoción con la tuya, comparas y atisbas un declive. Percibes la pasividad que no tuviste, la indiferencia que no sentiste, el pasotismo que no conociste. Porque, a veces, una de las muchas frustraciones de dedicarse a la enseñanza es poder mezclarse con gente más joven, colocarse a su lado, observarlos y callar.

Cuando educas es porque crees en lo que haces, sientes pasión e intentas motivar, entretener y formar. Educas porque lo amas. Si logras influir en una sola persona de tu audiencia, si logras que algo de tu discurso llegue y genere un cambio —por mínimo que este sea—, la función se completa. Se cuadra el círculo. El problema aflora cuando no te resistes a las pequeñas mutaciones, cuando traspasas la mesa y aspiras a la masa. Cuando te das tanto, esperas algo de calidez, esperas discrepancia, esperas acción, esperas implicación, esperas… esperas. Mientras esperas, desesperas pero al menos sigues confiando. Esa confianza te ayuda a levantarte en tu torre cada mañana y bajar al mundo aunque, como diría Mafalda, no sea un buen día para ello. Confías en aportar algo, en responder a alguien, en no encontrar un semblante apático al otro lado de la tarima. Pones alma e intelecto en cada lección, sueñas y hablas.

Cuando tu profesión es un derecho fundamental y te entregas a ella es porque se tiene un compromiso con la sociedad. De alguna manera, los maestros y los periodistas tenemos mucho en común, ambos albergamos una especie de propósito de salvar el mundo. Lo compartimos con superhéroes y estadounidenses. Este objetivo —que se multiplica, por razones obvias, en el caso de los profesores de periodismo— implica un elemento crucial en la ecuación: toda salvación precisa de un salvado. Pero ¿nos merecemos ser salvados? ¿Qué clase de mundo queremos salvar? En las historias del celuloide, el bueno siempre debe liberar la tierra, rescatar a la chica y evitar incluso que el malo muera —es preferible que vaya a la cárcel— pero nunca se plantea si somos dignos de ser salvados. Quizá sea mejor que no se lo plantee, quizá sea mejor que prosiga su labor con ciego convencimiento o con acrítica ignorancia —el resultado es el mismo—. Demasiados infantes y demasiadas princesas están dejando en manos de otros el ser rescatados y yo me pregunto si son dignos de tal atrevimiento. Aunque ya no haya ni torres ni dragones, la inhóspita vida real golpea tan pronto como la burbuja de sobreprotección en la que nutrimos a inútiles potenciales se desvanece. La calle invita a seguir un curso acelerado de supervivencia, a pasar por las cosas y no de ellas, a leer, a luchar y a implicarse. No sé si aprenderemos a rescatarnos. No sé si merecemos que nos salven.

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