La invasión de los enanos

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Paco Sánchez Múgica

Periodista, licenciado en Comunicación por la Universidad de Sevilla, máster de Urbanismo en el IPE. Antes en Grupo Joly (2004-2012), Desde 2014 soy socio fundador y director de lavozdelsur.es. Miembro de número de la Cátedra de Flamencología; colaboro en Guía Repsol; y coordino la comunicación de la Asociación de Festivales Flamencos. Socio de la Federación Española de Periodistas (FAPE).

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Se suele elegir en estos casos (los más abundantes) por la calle de en medio, la “avenida de los abuelos”, que serán quienes se encarguen de entretener al crío durante la jornada laboral de los padres. 

Aunque la semana invita a somero análisis sobre el Brexit o las elecciones generales, tiempo hay para debatir sobre lo uno y lo otro, máxime cuando ambas partituras apenas han iniciados sus primeros movimientos, y queda aún mucha cuerda que pulsar y mucha campana que tañir. Así que me tomo la libertad de tratar un tema que, no por repetirse de continuo verano tras verano, deja de tener importancia para la ciudadanía, y que no es otro que el efecto (a veces alegre, a veces devastador) del fin del cole.

Porque, no nos engañemos, todos adoramos a nuestros enanos. Pero también es cierto que, mientras hay actividad escolar y extraescolar, se agradece el desfogamiento de nuestros pequeños fuera del hogar, cosa que inexorablemente debemos padecer en nuestras carnes durante la época estival. Llama la atención que tengamos desarrollada una Ley de Conciliación Familiar cuyo fin es noble, pero que no termina de cumplir las funciones para las que fue ideada. Pongo un ejemplo ilustrativo. Según dicha Ley, si ambos padres trabajan, tienen derecho a coincidir en sus respectivas vacaciones en aras de esa conciliación familiar. Hasta aquí perfecto. Lo malo es que por norma general, disponemos tan solo de un mes de vacaciones, mientras que nuestros pequeños gremlins disfrutan de dos. ¿Qué hacemos con el otro? ¿Cómo lo repartimos?

Por desgracia se suele elegir en estos casos (los más abundantes) por la calle de en medio, la “avenida de los abuelos”, que serán quienes se encarguen de entretener al crío durante la jornada laboral de los padres y hasta que éstos puedan recogerlo. Al final, cargamos la conciliación familiar sobre las cansadas espaldas de los abuelos, que ya bregaron lo suyo con niños cuando les correspondió.

Está claro que las necesidades de nuestra sociedad han cambiado, pero no es menos cierto que las soluciones aportadas se han quedado exiguas, y es necesario una conciliación familiar en condiciones, sin apartar de este derecho también a los abnegados abuelos, que ya se ganaron su derecho a descansar como Dios manda en su momento. Es, quizás, un nuevo reto para nuestra sociedad actual. Ahondar en esos derechos que permiten trabajar y atender a tu familia sin menoscabo en la calidad de uno u otro terreno. Tanto tiempo mirando a los nórdicos para tomarlos como ejemplo en estos casos y al final quedarnos solo con IKEA o con Neutrógena. 

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