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¡Qué mundos! Seguro que mi buen amigo lector habrá tenido alguna vez la sensación de no reconocer el mundo que habita. 

¡Qué mundos! Seguro que mi buen amigo lector habrá tenido alguna vez la sensación de no reconocer el mundo que habita. A mí no me ocurre casi nunca. Apenas todos los días, un par de veces. Estaba yo una de estas noches de insomnio frente al televisor, sintonizando una de esas cadenas especializadas en la no especialización de los documentales de baja gama. Esos que, a la manera de un Rodríguez de la Fuente posmoderno y urbanita, tratan de retratar la jungla de asfalto cotidiano y las plantas más bajas de su irreverente subsuelo. Todo esto con la zamarra de un lenguaje coloquial y la verdad por temerosa bandera. Mucho juego de luces y atmósfera penetrante acompañan a una cámara que, colocada estratégicamente a la altura de la cadera, finge no grabar mientras se desatan los bajos instintos. Así es posible ilustrar estafas, acosos, pederastias, prostituciones, masoquismos y desviaciones varias. El espectador tiene la sensación de ubicarse frente a los mundos enfrentados de Orwell: marcianos contra terrícolas. O algo parecido.

Allá por 1898, Herbert George Wells publicó la primera narración que se conoce de una invasión alienígena en la Tierra. Lo hizo a través de la novela La guerra de los mundos, la cual Orson Welles adaptaría luego para el serial radiofónico homónimo que tanto revuelo causó entre la población americana de finales de los treinta. El producto adoptó la forma de un noticiario de carácter urgente, lo que provocó escenas de pánico entre los habitantes de Nueva York, convencidos de que lo que oían era real. Pues con la misma credulidad e incredulidad de los neoyorquinos nos hallamos a veces ante esas instantáneas de supuesto realismo descarnado que nos brinda la pequeña pantalla. La más próxima.

La noche de marras el tema era el sexo en la ciudad. O algo parecido. Más bien, la oferta de servicios sexuales en la vorágine de las grandes urbes. Lo que para asombro de los pobres terrícolas –desconozco si también para los marcianos− daba para una hora y pico de programa era una particular sordidez: la prostitución universitaria. Resulta que ahora, en estos nuestros mundos, los recintos de estudios superiores albergan a señoras y señores que en sus ratos libres venden sus cuerpos en lugar de sus apuntes. El prostíbulo invade la academia, como los marcianos de Orwell las calles de Nueva Jersey. ¡Qué mundos!

Algunas de ellas −en su mayoría, son ellas− justifican su nueva ocupación sexual en los elevados precios de las tasas universitarias. El propio reportaje vincula con soltura ambas circunstancias. Otras meretrices con estudios, señalan que les gusta la cama y que así pueden comprarse bolsos y teléfonos móviles. Dicen haberse acostumbrado a un alto nivel de vida. Hasta tal punto de sordidez llega el escaparate nocturno de mi pequeña ventana catódica que no puedo más que asistir impasible y boquiabierta al zafio vodevil completo. La madrugada pasa ya de las tres y media. Ante esa estampa, más cercana a los Disparates de Goya que al neorrealismo de Rossellini, me encuentro de nuevo en la encrucijada orwelliana. ¿Son esos mundos reales o asistí a un truco, a un juego de burda pirotecnia visual? Si es cierto que hay otros mundos pero están en este, ¿cómo es que ambos consiguen convivir sin que cunda el pánico de 1938? Debo reconocer que a la mañana siguiente, una duda razonable me asaltaba por los pasillos de la Facultad: ¿habrían venido marcianos a visitarnos? 

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