No persigamos esa vida eterna que nos venden los bancos con sus planes de pensiones. Tampoco esa frágil existencia que se da una pequeña alegría, cada tres semanas, con uno de esos viajes del Imserso a la catedral de Toledo.

Eso de sentir cómo uno, de la noche a la mañana se hace viejo, debe ser de lo peor que hay. A mí, desde luego, no me sucederá. Será porque desde siempre he sido de pañuelo en el pantalón y de aguja en alcohol, de sarampiones e insulina desfasada y al final, a fuerza de costumbre y días aciagos, la muerte se te antoja menos muerte. Más aún cuando, sobrepasado por el gusto que tengo a la Historia, imaginé en más de una ocasión que moriría en una trinchera llena de ratas y excrementos combatiendo a finales del siglo XX contra alemanes o rusos por unos estúpidos ideales americanos que hoy, ni de lejos, defendería aunque por entonces, en mi ignorancia, llegué a pensar que hubiera sido una de las maneras más poéticas de morir.

Pero pasaron los años y ciertamente sé que no habría nada de gloria en caer en un oscuro campo de batalla. ¿Quién quiere la gloria cuando realmente -al menos yo- lo que se desea es la vida?

Pero cuidado, no persigamos esa vida eterna que nos venden los bancos con sus planes de pensiones. Tampoco esa frágil existencia que se da una pequeña alegría, cada tres semanas, con uno de esos viajes del Imserso a la catedral de Toledo o al monasterio de Piedra después de parar a orinar cuatro veces en el camino.

Nos bombardean con tanto fin del mundo que nos agarramos a un clavo ardiendo y hacemos bueno lo impensable. Y lo impensable hasta hace unos años -como detestable lo será siempre- es llegar a los setenta años de vida viendo cómo tienes que seguir alimentando a tus hijos o a tus propios nietos bajo tu propio techo porque tu país de mierda es incapaz de sacar adelante sus generaciones.

No. No le temo a la muerte -ya lo dije desde un principio- y más si después de partirme el lomo trabajando contemplo horrorizado cómo los políticos (que no viven en nuestro mundo) vacían el fondo de pensiones que tú y yo estamos e iremos llenando con nuestro trabajo para nada; para luego tener que vivir hacinados como animales o con la inquietud de las mismas bestias que se tienen que contentar con comer y dormir. Y yo no quiero contentarme sólo con comer y dormir, quiero vivir.

Vivir como sucede en otros países más inteligentes y menos ladrones donde las personas logran jubilarse varios años antes y no como aquí, que vamos saliendo con el bastón bajo el brazo. Vivir es poder convertir un cuarto en tu pequeña librería y no en el dormitorio donde tendrá que quedarse el hijo de tu hijo. Vivir es pagarte la entrada de un teatro sin temer la cuesta de cada fin de mes.

No dudo de que un día -pronto y sin ninguna clase de miramientos- nuestros gobernantes empezarán a hacer como algunos países ensayaron tras la Segunda Guerra Mundial: pagar una parte de la jubilación en alcohol. O sea, un salario muy justo para sustentar el tinglado y la otra parte en vodka o vino -como ya se hacía en Jerez- para que el trabajador duerma la mona, no dé mucho ruido y se muera creyéndose el rey del mambo. De hecho así nos va en nuestra tierra, que parece que tenemos alcohol de quemar en vez de sangre.

Pero si no les alcanza será peor aún: nos condenarán a ti, a mí y a nuestros hijos a otra de esas guerras mundiales donde nos aniquilaremos como bichos -unos a otros, autómatas y viscerales- para pasar página y empezar una nueva hoja en blanco.

Otra nueva generación mejorada de Ovejas y Super-Hombres. De Nosotros y Ellos. De Vencidos y eternos Vencedores.

 

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