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No todos los niños que son víctimas del acoso dejan notas. Algunos se marchitan en silencio. Otros, sobreviven. No es un problema nuevo. Siempre ha existido. Seguramente, la maldad tiene una explicación, una razón detrás. Un diagnóstico y un tratamiento. Sí. O quizás no. Y forma parte de nuestra naturaleza. Da miedo. Desconozco, como docente, si hay métodos efectivos de verdad, para evitar, para solucionar, para erradicar, ciertas actitudes que se dan, prácticamente a diario, en las aulas. Es difícil. A veces nos pasa por delante, y no lo percibimos. Pero está en nosotros también, que no se nos escape, jamás. Ahí va un pequeño cuento.

Ahora dentro de mí llevo

mi alta soledad delgada.

Manuel Altolaguirre

¡Gorda, gorda, gorda! La gorda está enamorada de un chico que no llega a metro cincuenta. Tan guapo, y tan mala persona. Su amiga, la delgada y pequeña, perfecta, y despiadada, ya se lo ha arrebatado. La gorda los sigue invitando a su cumpleaños. A ver si así la quieren. ¡Gorda, gorda, gorda! Pronto será la excusión a Madrid y a la gorda le han puesto lentillas. Y está feliz, a pesar de todo. Son lentillas de esas tan rígidas, como trozos de cristal. Le irritan los ojos. No le importa. Quiere ser guapa. Y no comerá nada. Seguro que pronto, lo notan. Y la quieren. No hay nada rico para comer. Nada está rico. No hay nada. Nada. ¡Gorda, gorda, gorda! Y ahí están. Son cuatro o cinco, o mil. Sentados en un escalón, cerca de casa. Y la gorda camina rápido, para que no la vean. Pero la ven. Y siempre le gritan que sí que la ven, porque ella es ¡gorda, gorda, gorda! Y  menos mal que está mamá a la vuelta de la esquina. Menos mal que puede estar en casa, y preparar la excursión, a la que irá también esa amiga que nunca la defiende. No habla. Es invisible. Se hace la invisible. Una vez la vio, a pesar de no querer mirar, sentada en el mismo escalón que el resto. Su voz no se escuchaba, pero dolía igual. El dolor traspasa toda la grasa de la gorda, y le llega al corazón. ¡Gorda, gorda, gorda! Además, cobarde. Un día una corriente eléctrica, la rabia, le recorrió el pulso, y se apoderó de sus manos. La locura. Los golpes. Ahora es gorda, y es mala, y en su clase no hay refugio. La gorda está castigada. La profesora, la recluye en un despacho durante el recreo. Y en el patio, oye las mismas voces. ¡Gorda, gorda, gorda! Antes del colegio, la gorda era feliz. No sabía nada del odio. No esperaba que el mundo fuera hostil, ni que hiciera falta llorar tanto, esconderse. ¿Qué tenía que hacer para no ser gorda? Se culpa de su hambre, y rompe para siempre, sus espejos interiores. La gorda ha crecido, y ya no es gorda. Su grasa y su dolor se han estirado como plastilina. Se han repartido las lágrimas en su organismo: extremidades, dedos, ojos, boca. La gorda, tiene heridas por dentro irreparables que se abren y sangran de vez en cuando. Y sigue, a veces, caminando rápido, para que no la vean, por si hay escalones crueles llenos de gritos, esta vez, lejos de casa. La gorda, en el hambre, muchas veces extraña a su madre. Quisiera que estuviese siempre a la vuelta de la esquina. Y tiene miedo. Aún no entiende que el mundo sea tan hostil. Ni que haya amigos mudos que no la defiendan. Ahora controla las corrientes eléctricas, la rabia. Y escribe. La gorda ahora es madre. Ya sabe del amor y la dulzura. Debe mantener lo construido a salvo, proteger su mundo, su hogar, un refugio. La gorda, soy yo.

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