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Cuando el tal Antonio -de aristocrático apellido romano y ojos de piedra- nos recibió en su mansión de la Via Appia, con una calculada y fría sonrisa etrusca, supe al instante que me haría pasar una de las noches más largas de mi vida. No tuve que esperar hasta que ya no quedara nadie en pie y el frío del Agosto italiano empezara a calar nuestros huesos. La razón de tanta barata cortesía era que el dichoso Antonio se beneficiaba en su piso de San Lorenzo a mi novia o quería hacerlo... que en aquella circunstancia de absoluta desventaja venía a ser casi lo mismo.

Lo intuí cuando ella, con su provechoso traje azul azafata, fue recibida por el gigoló de pelo imperial y camiseta anacrónica de cien euros. Yo, con una camisa demasiada agitanada para la ocasión y mi hermana, con un agotamiento acumulado de veinte horas de seguiriya, fuimos agasajados, en cambio, como dos gatos romanos del Trastevere sin dueño ni beneficio, con un "ciao" que sonaba a adiós y un apretón de manos que me supo a mordisco de perro.

Nada más entrar nos topamos con una piscina repleta de jóvenes con nuestra edad que no paraban de chillar su borrachera al resto de los inmortales que, taciturnos, despertaban su apetito a base de mónacos y martinis rojos; a un lado habían montado un ridículo buffet de patatas fritas y charcuterías heladas que se evaporó en la primera media hora de la fiesta. Al fondo de la escena, oculta tras una hilera de pinos perfectamente alineados, se levantaba sobre el silencio la mansión donde digo yo que fornicarían durante aquella noche de verano los animales y harían el amor los que pensaban estar enamorados.

Cuando se acabó la comida comenzó el desfile de personajes: unos que si no sabían dónde estaba Jerez, otros que si les encantaba España -las fiestas de Ibiza y Salou- aunque la gran mayoría se presentaban antes nosotros con un barriobajero pero tan amarquesado “ole, flamingo” que parecían recién preñados de Versalles por una máquina del tiempo. Sólo una pareja se acercó y se refugió con nosotros en la poca oscuridad que habían provisto en el jardín.

Cuando cayó la noche y lo más entretenido era un concierto de Sting a treinta kilómetros de allí, corrió la voz entre los muertos vivientes de que Antonio, para agitar su orgía romana, iba a llamar a filas a aquellos que supieran hacer algo decente... y en éstas mi hermana y yo mirándonos de reojo a sabiendas que todos sabían que el cornudo -o en puertas de serlo- se ganaba la vida con la guitarra.

No fui tan imbécil cómo para llevarme la sonanta y pasar a convertirme, en una misma noche, de toro a monito de feria, de españolito del sur a triste andaluz de pandereta mora y aguardiente, aunque la verdad es que tampoco fui tan estúpido cómo para perderme aquella cita de “dolce vita”, escorbuto y cocaína que pocas veces se presenta.

Porque yo lo sabía... y aquel que todo lo sabe poco le duele. Sabía de sobra que ella me engañaba a su forma con aquel italiano de Erasmus tardío y nariz partida. Lo adiviné, semanas antes de ir a Roma, en un vacío telefónico de sábado noche. Lo sabía pero no me importaba porque sentía -como meses más tarde me dijo ella- que nunca íbamos a ser el uno para el otro sino que acabaríamos reduciendo nuestra historia -como así sucedió finalmente- a una extraña noche de verano sin taxis, de jóvenes sin escrúpulos y moscones sin alas.

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