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Perdonen que los llame caballeros pero es que aún no los conozco del todo. Hace cuarenta años que nos dejó, pero Groucho Marx —autor, como ya puede deducir el lector, de estas palabras— sigue siendo un referente cómico indiscutible y el padre de algunos de los gags más ingeniosos jamás creados. Hilarante, mordaz, ácido incluso. ¿Quién no ha llorado de risa pasando con él «Una noche en la ópera» o «Un día en las carreras»? Los genios como Marx —entienda el lector en la medida que desee la extensión del apellido— aún siguen muy vivos a pesar de que haga ya casi cuatro décadas que esa última sorna inaugurara su epitafio con el mítico “Perdonen que no me levante”. Abordó el humor, la crítica social, la política, la denuncia, el amor… y todo desde un estilo personalísimo y un sarcasmo magnético. Cuesta trabajo imaginar a un Groucho contemporáneo lanzando sus gruñidos en medio del panorama actual. Quizás, en medio de un desierto cibernético. Resulta complicado pensar que nuestra época sea capaz de estimular el nacimiento de un verdadero espíritu genuino, de un artista que transgreda lo establecido y viva de crear a partir de la diferencia, de una concepción intransferible de la realidad. El cocinero de la «Sopa de ganso» lo logró, pero bien es cierto que se engendró en el XIX. El propio sistema educativo contemporáneo estimula la mediocridad, la alienación, la falsa ilusión de la consecución del mismo objetivo por parte de cualquier hijo de vecino. Se potencia la competitividad pero en cuanto a los saberes técnicos y a la versatilidad idiomática, esto es, sobre lo mismo. Una vez y otra, y otra más, sobre lo mismo. Difícil es pues que nazca un Groucho. Más difícil si cabe.

¿Se ha puesto fin al genio? Lo interrogo por resistirme a afirmarlo y por temor a la respuesta. ¿Hemos cercenado la creatividad? ¿Y la libertad? ¿Estamos ante el triunfo silencioso y contundente del tan cacareado pensamiento único? Existen profesiones en las que uno siente que no está haciendo bien su labor hasta que no recibe un rapapolvo por parte de las altas instancias. Le pasa al informador, al periodista, al docente. En oficios que deben sustentarse en la crítica al orden establecido, en la disidencia intelectual, en el escepticismo sistémico, el pasar desapercibido nunca es deontólogicamente una buena señal. El periodista interpretado por Jeff Daniels en la serie americana The Newsroom (HBO, 2012) es definido en los primeros minutos del capítulo piloto como “popular porque no molesta a nadie”. Desde el punto de vista de la nómina, esto suele ser rentable; sin embargo, queda muy lejos del fin deseable.

El que comunica, el que tiene la suerte de ganarse la vida transmitiendo conocimiento, está obligado a la dinámica de la interrogación incesante. Se lo debe a una especie que ha alumbrado a Groucho Marx, a Bernini, a Dalí, a Hemingway, a Newton, a Darwin, a Freud, al otro Marx, a Picasso, a Buster Keaton. Se lo debe a sí mismo pero esto es lo más difícil de asumir. Cuando el disidente pretende colocar el visor sobre otro horizonte posible, a menudo topa con la feroz cortina de acero de la corriente mayoritaria. Va en el sueldo, aunque a veces duela. No es extraño que pueda tenerse la sensación frecuente de viajar a lomos de Rocinante cabalgando a toda prisa, lanza en ristre, contra los molinos de viento de la vieja Castilla. Darse de bruces contra las aspas es una posibilidad. Ser tildado de loco, una certeza. A fin de cuentas, llega el momento de plantearse si, como dijo Groucho, es posible cambiar los principios por otros si los actuales no gustan. Si la respuesta es negativa, no queda otra que preparar la armadura, limpiar los pinceles o afinar la voz y rellenar la tinta. No hay más salida que asumir la disidencia y vivir en ella sin dejar de vivir el mundo. Si la respuesta es afirmativa, Groucho y yo le damos la enhorabuena.

 

 

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