Una pasada cumbre de la Unión Africana. FOTO: PORUNSAHARALIBRE.ORG
Una pasada cumbre de la Unión Africana. FOTO: PORUNSAHARALIBRE.ORG

Desde su acceso a la independencia, Marruecos incorporó el islam como recurso ideológico destinado, en primer lugar, a legitimar al propio monarca como Amir al-Muminin (Comendador de los Creyentes) que autoproclama ser descendiente del profeta; así como ganar aliados en la esfera internacional, gracias a las relaciones con países que comparten la misma fe y/o tienen vínculos históricos con ella. Para dicha misión se fundó en Fez el Instituto Permanente de Diplomacia Interreligiosa.

Es decir, recurrir al islam (diplomacia espiritual) como forma de encaje en el sistema internacional. Ejemplo de ello, es su hincapié en intensificar la presencia en organismos como la Organización de la Conferencia Islámica, o el Comité al-Quds (Jerusalem) —creado en 1979 para "defender" la descolonización de Palestina— cuya presidencia, paradójicamente (por sus relaciones con el Estado sionista), fue otorgada a Hasán II y posteriormente su sucesor, Mohamed VI.

En lo relativo a la política exterior marroquí en África Subsahariana, el elemento del islam —junto con las drogas— se convierte en la vía principal que permite la penetración en países que, a priori, no comparten la misma agenda: el caso de Nigeria. En este sentido, el islam sufí, ampliamente presente en África Subsahariana, así como en Marruecos, que alberga considerables mausoleos de santos y centros de taricas (cofradías sufíes), como es el caso de al-Tiyaniyya, es el medio empleado, como poder blando, por la diplomacia marroquí para tejer alianzas y salvaguardar los intereses, especialmente, en lo relativo a la cuestión del Sáhara Occidental.

Así se observa que los años que preceden el ingreso de Marruecos en la Unión Africana fueron marcados por una actividad exterior marroquí hacia África, con una considerable carga religiosa, en un intento de generalizar el prototipo de relación que une Marruecos con Senegal, Costa de Marfil y Gabón. Por lo cual, se fundaron una serie de instituciones encargadas de canalizar el mencionado poder blando. Es el caso del Instituto Mohamed VI de Formación de Imames, destinado a la formación del clero de países subsaharianos, y la Fundación de Ulemas Africanos, con sede en Fez. Ambas instituciones fundadas en el 2015.

Simultáneamente, las ayudas que destinó Marruecos a los países africanos fueron exclusivamente ligadas al campo religioso. Es el caso de la construcción de la mezquita de Dar es-Salam, Tanzania; la mezquita de Dakar, Senegal; y numerosas reformas de sedes de cofradía y madrasas coránicas; y la firma de un acuerdo con Mali para formar a 500 imames, que se inscribió en el marco de una vista de Mohamed VI a Bamako.

El ejemplo más reciente del islam como poder blando es el rol que jugó Tarica al-Tiyaniyya en el acercamiento que tuvo Marruecos con Nigeria, país que se conoce por su palpable apoyo a la autodeterminación del pueblo saharaui y sus estrechos lazos con la República Árabe Saharaui Democrática (RASD). Marruecos aprovechó el hecho de tener en su territorio el centro de dicha tarica, que fue apelada por el presidente nigeriano, Muhamadu Bujari, a desempeñar un rol para desactivar el fanatismo de Boko Haram. Así, la preparación de la visita de Mohamed VI a Nigeria en 2016 fue una obra de la cofradía sufí, al-Tiyaniyya y su clero en ambos países. No obstante, dicha sintonía no influyó en las excelentes relaciones Nigeria-RASD.

Otro factor que fomentó el auge de la diplomacia espiritual fue el fundamentalismo wahabí que azotó a gran parte del Sahel, cuyo combate requirió una importante dosis ideológica, que se apoyó en la promoción del islam sufí y pacifista. Marruecos se presentó como el portador de dicho islam, pese a los constatados nexos de sus servicios secretos con nutridos grupos terroristas que operan en el Sahel y que fueron responsables del secuestro de ciudadanos europeos solidarios con el pueblo saharaui, entre otros. A eso se suma que gran parte de los terroristas que llevaron a cabo atentados en suelo europeo, así como los combatientes en Siria, tienen sus raíces en el propio Marruecos. Aún así, la política exterior marroquí mantiene la coartada de cooperar en el plano religiosa para combatir el terrorismo.

En suma, Marruecos, quien carece de poder económico y militar que le permite mejorar su posicionamiento en África, optó por la penetración mediante el islam sufí y, precisamente, el uso de las cofradías y su influencia, tanto sobre los segmentos populares como las élites políticas y económicas africanas. A la diplomacia espiritual habrá que agregar el sinfín de actividades ilícitas entre las que se destaca: el narcotráfico –llevado por instituciones públicas, el caso del Royal Air Maroc— que hizo del continente una de las principales vías de producción, transporte y venta de estupefacientes, con ello, crimen organizado y lavado de capitales.

En fin, si el objetivo subyacente es frenar el avance de la RASD en el continente africano, Marruecos cosechó un fracaso estrepitoso. La reciente Cumbre de la Unión Africana, celebrada el pasado julio en Nouakshott, Mauritania, lo atestigua: una de sus principales novedades fue la creación del Mecanismo Africano para Resolver el Conflicto del Sahara Occidental, que convirtió la UA, pese a la oposición de Marruecos, en un socio imprescindible en el plan de arreglo pacífico. A mi juicio, los reveses que sufrió Marruecos en la mencionada Cumbre, se deducen de la propia composición de la delegación marroquí, que fue presidida por el ministro de exteriores, Bourita, así como por el protocolo, la recepción y las declaraciones de prensa que dejaron en evidencia que después de dos años de admisión en la organización continental, Marruecos no consiguió ni neutralizar la implicación de la UA en el conflicto, ni mucho menos expulsar a la RASD.

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