Profesionales de la limpieza en una UCI para pacientes con Covid-19 en el Hospital de Puerto Real, durante la crisis sanitaria. FOTO: SAS
Profesionales de la limpieza en una UCI para pacientes con Covid-19 en el Hospital de Puerto Real, durante la crisis sanitaria. FOTO: SAS

A todos nos preocupan la masiva difusión de bulos que la pandemia ha acelerado y multiplicado. Pero junto con ese arsenal de mentiras están  aflorando una serie de efectos singulares dentro del campo científico que pueden estar formando una nueva “cámara de ecos” mas perniciosa aún que la tan manida y estrafalaria postverdad. Tratare de describir cuatro líneas donde se está cerrando una episteme popular tan nociva como los bulos pues este tipo de informaciones no provienen de canales alternativos a la ciencia sino de la misma ciencia.

  1. El cruce entre dos canales de información absolutamente divergentes: por una lado el periodístico y por otro el científico. Los códigos que generan estos circuitos de comunicación son muy distintos y la interpretación periodística de la información científica  produce un sesgo de selección tendente a la espectacularización de los datos y los relatos. ¿Y qué es lo más espectacular? La información más extrema y grosera sobre los sucesos más atractivos para una atención pública previamente colonizada como “audiencia”. El objetivo periodístico es siempre capturar en el menor tiempo posible y con los menores esfuerzos cognitivos la atención de la mayor cantidad de individuos durante el mayor tiempo posible. El resultado es el alarmismo, la banalización o la obscenidad de la información científica sometida al tiraje de la mirada periodística.
  2. El fortalecimiento de vicios epistémicos que ya están en el sistema  de ciencia y tecnología actual como son la potenciación de estos tres tipos de pulsiones: (a) “la pulsión de novedad” (todos quieren ser los primeros, los descubridores, los que cambian la historia de las ciencias), (b) ”la pulsión de publicación” (¿investigas o publicas?), (c) “la pulsión heterodoxa” (las tesis más heréticas tienen un índice  de citas muy alto) y (d) “la pulsión de muerte” (las malas noticias tienen muy buena fama). La lectura periodística de la información  científica tiende a seleccionar los efectos perniciosos de este tipo de pulsiones, al prestar mucha más atención a las informaciones de este tipo, lo cual contribuye a su replicación.
  3. ¿Banalización o divulgación? De momento el boom de la divulgación científica no ha hecho a los medios y las redes más científicas sino a la ciencia más periodística. El hecho de que uno de los principales clientes de la revistas científicas sean los medios de comunicación que compran subscripciones y noticas ha provocado que cada día la orientación de las publicaciones esté más dirigida a atraer la mirada espectacular de los medios que al rigor y a la relevancia científica.
  4. Las modas científicas de las cuales las modas clínicas son un ejemplo notorio. Antes fue el SIDA, luego la anorexia ahora todo es COVID- 19. Las modas  conducen a ignorar enfermedades vulgares como la malaria, el sarampión  o  la gripe que el 2018 mató a más de  000 personas en el mundo. La misma tuberculosis es una de las primeras causas de muerte en ciudades como Barcelona o Sevilla en la actualidad y nadie habla de ella. La modas clínicas, que son   siempre modas mediáticas, tienen graves consecuencias en la adjudicación de fondos y recursos clínicos y de investigación y distorsionan las campañas de prevención y salud pública  haciéndolas oscilar entre el alarmismo y el olvido.
  5. El adanismo clínico consecuencia de la marginación y el desconocimiento de la historia de la medicina y de la ciencia en los curriculum universitarios. De pronto todo es nuevo y no se sabe nada de la nueva patología de moda. En esto días hemos visto cómo se resaltaban sintomatologías de la COVID-19 como “absolutamente inauditas”, cuando en realidad eran de sobra conocidas en otras infecciones respiratorias y en neumonías como la anosmia (pérdida súbita del olfato). La búsqueda de la novedad radical, “innovación”  la llama la neolengua de los cienciometras, conduce a una ignorancia deliberada del curso causal de los hechos con lo cual se erosiona la idea misma de causalidad en el imaginario colectivo de esta episteme popular. Si todo es nuevo y nunca antes visto la realidad se muestra mistificada como milagrosa  (esto es lo que significa literalmente “milagro” lo encausado).  ¿Qué cultura científica será posible sin el principio de causalidad?

El resultado es la banalización o el alarmismo: Exactamente lo contrario que nos debe aportar la cultura científica. Esta selección y mostración de la información  científica forma una episteme popular que coloca en pie de igualdad a la ciencia con los bulos y la superchería, igualmente sometida al espectáculo y el mercado de la imagen. La ciencia como “cámara de eco” especular no podrá nunca competir con el fetichismo de la mercancía. Mercancías que en la globalización financiera y digital ya no son cosas sino  imágenes del valor de las cosas por medio de signos meramente arbitrarios: el dinero fiduciario. La ciencia  tendrá  que taparse los oídos y amarrarse al  palo de la nave de los hechos y de la historia si quiere resistir los cantos de sirena de la mercantilización o se verá arrastrada a la insignificancia de un relato más en medio del frenopático.

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