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¿Nos excita el subidón de adrenalina que supone hacer algo cuando está a punto de cumplirse el plazo?

Parece que los españoles lo llevamos en los genes. Esto de hacer las cosas a última hora, deprisa y corriendo, es un defecto que todos somos capaces de detectar, no solo cuando nos miramos en el espejo sino en el vecino de al lado. ¿Nos gusta el riesgo? ¿Nos excita el subidón de adrenalina que supone hacer algo cuando está a punto de cumplirse el plazo?

Sé que muchos estarán pensando que me refiero al “Caso De Gea” (que también “tiene cárcel”), pero el motivo es más solemne e inquietante, y no es más que la reforma exprés que el PP acaba de sacarse de la manga para nuestra Carta Magna.

Y tiene narices que, después de 4 años sin dar un palo al agua (más bien quitándolos de las manos de los ciudadanos), ahora la “amenaza independentista” les impulse a devanarse los sesos, buscando el resquicio, la trampa, la vuelta de tuerca capaz de soliviantar el ánimo catalanista y tener la fiesta en paz.

Porque se puede compartir (o no) el fondo de la cuestión… No es el motivo de esta tribuna de opinión. Pero en lo que sí están mayoritariamente de acuerdo el resto de fuerzas políticas y la ciudadanía en general es en que así no se hacen las cosas.

Un nombre, un individuo, una persona no puede motivar la reforma constitucional que tantos años se ha resistido bajo el pretexto del consenso que ahora se saltan a lo Sergei Bubka, con pértiga y a lo loco.

Una carta magna ni puede ni debe ser un arma arrojadiza, donde los deberes son inexcusables pero los derechos son inasumibles por el Estado. El supuesto punto común, el terreno compartido, el lugar donde todos los españoles (independentistas y unionistas) dialogaban y se ponían de acuerdo, era precisamente éste. 

La Constitución Española de 1978 se parió con dolor. Con el de los represaliados de un bando, y los derrocados del otro; con el de la Andalucía rural, y la Euskadi industrial; con el de monárquicos y republicanos; con la izquierda, con la derecha, con el centro, con los de arriba y con los de abajo.

Ahora resulta que no. Que mejor tiramos el consenso por la borda. Y quien hace cuatro años tuvo la posibilidad de legislar, no lo hace hasta que le faltan apenas unos meses para (quién sabe) abandonar la poltrona. Sobra mucho miedo y falta legitimidad, señores del Gobierno. Porque a estas alturas del partido, no pueden seguir amparándose en una mayoría que (a la vista de los últimos resultados electorales) ahora mismo es una farsa, un espejismo… un quilombo.

Seguimos dando pasitos para atrás en nuestra democracia.

Ya queda menos para llevar el burro, el botijo, y la cesta de mimbre con la gallina dentro.

España… país de pandereta.

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