Hay noticias que no llegan con estrépito, que no rompen el ritmo del día ni interrumpen el flujo distraído de la actualidad. Noticias pequeñas, casi domésticas, que se deslizan por debajo del radar informativo y, sin embargo, contienen una carga simbólica enorme. La librería Platero, en La Barca, se pone a la venta por jubilación. Así, dicho sin subrayados ni dramatismos. Y, sin embargo, basta detenerse un momento para comprender que no es una noticia cualquiera.
La Barca es una población de apenas cuatro mil habitantes. Un lugar donde todos se conocen, donde las persianas que se levantan cada mañana forman parte del paisaje emocional del pueblo. Mantener una librería abierta durante treinta años en un enclave así no es solo un negocio: es un acto de resistencia cotidiana. Un gesto sostenido en el tiempo. Una forma de fe.
Durante tres décadas, Platero ha sido más que un comercio. Ha sido un refugio. Un punto de encuentro. Un espacio donde los libros no se vendían como mercancía indiferente, sino como lo que son: mapas para la imaginación, puertas abiertas cuando todo alrededor parece cerrarse. Esos consuelos para el dolor, como dijo Emily Dickinson. Y no es casual que esa frase resuene con fuerza cuando pensamos en librerías pequeñas, sostenidas más por vocación que por cálculo.
La historia de esta librería tiene algo de esas biografías discretas que rara vez se escriben, pero que sostienen el tejido cultural de un territorio. Pepa entró como librera y acabó quedándose con el negocio. No por ambición empresarial, sino por amor. Amor a los libros, a la conversación pausada, al gesto de recomendar una lectura pensando en la persona que tienes delante. Amor al oficio, que es algo muy distinto a vender productos.
En Jerez conocemos bien ese mismo gesto. El Laberinto, Alavera. Librerías donde quien empezó trabajando entre estanterías terminó asumiendo el relevo del negocio, no como una operación mercantil, sino como una decisión vital. Todas comparten un mismo pulso: el momento en que una librería deja de ser solo un lugar de trabajo y se convierte en una forma de estar en el mundo.
Que Platero haya sobrevivido treinta años en una población pequeña es, sin exagerar, un acto heroico. Porque no hablamos solo de crisis económicas o de cambios de hábitos. Hablamos de la lenta erosión de la atención, del desplazamiento de la lectura por el consumo rápido, del espejismo de que todo puede resolverse con un clic. Hablamos de la tentación constante de rendirse.
Y, sin embargo, Pepa no se rindió. Supo adaptarse. Entendió que los tiempos nuevos no se combaten con nostalgia, sino con inteligencia. Mientras otros cerraban filas contra lo digital, ella abrió una web, cuidada, funcional, hermosa. Demostró que una librería independiente puede habitar el presente sin perder el alma. Que vender online no está reñido con el trato humano. Que la modernidad no tiene por qué ser sinónimo de desarraigo. Y, sobre todo, que lo rural no se desentiende de lo digital, sino que puede dialogar con él desde la cercanía y la coherencia.
El nombre de la librería no es casual. Platero remite inevitablemente a Juan Ramón Jiménez, a esa sensibilidad que sabe ver lo extraordinario en lo pequeño, la poesía en lo cotidiano. Hay algo profundamente juanramoniano en sostener una librería durante treinta años en un pueblo de cuatro mil habitantes. Algo que tiene que ver con la delicadeza, con la perseverancia silenciosa, con la convicción de que la belleza también merece su espacio, aunque no haga ruido.
La jubilación es justa y necesaria. Nadie debería cuestionarla. Treinta años son una vida entera dedicada a un mismo lugar, a una misma tarea. Pero la venta de una librería como esta nos obliga a mirarnos como comunidad. A preguntarnos qué ocurre cuando desaparecen estos espacios. Qué perdemos cuando una librería baja la persiana. Porque no se pierde solo un comercio: se pierde una memoria colectiva, una red de afectos, una pedagogía informal que ha acompañado a generaciones enteras.
En pueblos pequeños, las librerías cumplen una función que va mucho más allá de la venta. Son puntos de acceso a mundos que, de otro modo, quedarían lejos. Son lugares donde un niño descubre su primer libro, donde alguien encuentra consuelo en un momento difícil, donde se aprende que leer no es un lujo, sino una forma de resistencia íntima.
Por eso esta noticia debería importarnos. Debería dolernos un poco. Debería hacernos pensar en la fragilidad de estos proyectos y en la responsabilidad colectiva que tenemos con ellos. No basta con lamentarse cuando cierran. Hay que estar antes. Comprar libros allí. Recomendar. Defender.
Acompañar.
Ojalá alguien recoja el testigo. Ojalá Platero encuentre continuidad en unas manos que entiendan que una librería no es solo una cuenta de resultados, sino un compromiso con el territorio y con la gente que lo habita. Ojalá dentro de unos años podamos seguir hablando de ella en presente.
Mientras tanto, queda el reconocimiento. El aplauso silencioso a una trayectoria que no ha buscado focos, pero que los merece. Treinta años manteniendo viva una librería en La Barca no es un dato menor. Es una lección. Y también un recordatorio: la cultura no se sostiene sola. La sostienen personas concretas, con nombres propios, que un día deciden apostar por los libros y no soltarles la mano.
Eso, en los tiempos que corren, es casi un acto de valentía. Y, sin duda, de amor.



