No tenía intención de volver al mismo cauce. Me prometí que no lo haría. Que no convertiría el río en costumbre ni en muleta, que la literatura —y todo lo que la rodea: sus luces, sus trampas, sus ceremonias— volvería a ocupar este espacio. Dudé. Dudé entre escribir sobre polémicas ajenas, sobre mesas redondas con sillas vacías, sobre aniversarios culturales que celebran más la foto que la palabra. Dudé incluso en escribir sobre mí, porque hoy cumplo cuarenta y cinco años y hay una tentación íntima —casi obscena— en mirarse demasiado. Pero el río no entiende de propósitos editoriales. El río se impone.
Escribo esto de madrugada, en la casa de mi madre, con ese silencio espeso que solo existe cuando una vuelve a la habitación donde fue adolescente y descubre que el tiempo ha pasado para todas menos para las paredes. He llegado aquí no por elección, sino por mandato. Y hay una diferencia enorme entre marcharse porque una quiere y marcharse porque se lo ordenan.
Durante días nos dijeron que todo estaba bajo control. Que los desagües de los embalses de Bornos y Arcos seguirían su curso, que el Guadalete estaba contenido, que los sacos de arena que cortaban la calle eran una medida preventiva, casi simbólica. A mediodía aquello parecía una romería absurda: gente mirando el agua como quien mira una atracción, móviles en alto para hacerse selfies, comentarios ligeros, esa extraña alegría que produce el peligro cuando aún no es propio.
A las trece horas llegó la notificación de Protección Civil: no acercarse a la zona inundada. A las dieciséis y media, la Guardia Civil llamó a la puerta. Dos días fuera. Por precaución. El caño de agua era constante, insistente, y el campo de cultivo había sido elegido por el río como camino. La cota alcanzaría los 6,80 metros. “Tu casa está en una altura considerable”, me dijo el agente, “no creemos que llegue, pero estás obligada a salir”.
Obligada. Esa palabra.
Hay experiencias que una cree ajenas por pura superstición. Inundaciones, evacuaciones, desalojos: cosas que les pasan a otros, a gente que sale en las noticias, a imágenes borrosas vistas desde el sofá. Vivimos instalados en un limbo de inocencia donde el desastre siempre ocurre en tercera persona. Hasta que un día ocurre en primera. Y entonces ya no hay distancia.
No he necesitado rescate
No he visto mi casa anegada. No he necesitado rescate. No he tenido que abandonar nada esencial. Y, sin embargo, el cuerpo no entiende de estadísticas ni de comparaciones. La sensación de cerrar una puerta sin saber qué habrá detrás cuando regreses pesa más de lo que una imagina.
Lo primero que hice fue subir los libros. Siempre los libros. Luego los aparatos electrónicos. Después me acordé del frigorífico americano que compré hace apenas dos semanas —el capricho doméstico de mis 45— y sentí una punzada ridícula de apego material. Todo eso son problemas del primer mundo, lo sé. Pero cuando es tu mundo, aunque sea pequeño, aunque sea privilegiado, duele igual.
Salimos mi marido, los perros y yo. No necesitábamos nada más. Y en ese gesto mínimo —irse con lo imprescindible— hay una lección que una aprende tarde: casi nunca necesitamos tanto como creemos, pero necesitamos creer que lo que dejamos seguirá ahí.
Hoy cumplo años. Y los cumpleaños, cuando una ya ha cruzado cierta frontera invisible, dejan de ser celebración para convertirse en balance. No voy a soplar velas aunque sí pediré un deseo. Pasaré el día mirando el móvil, esperando noticias, calculando mentalmente alturas, recordando otras crecidas, otras imágenes de archivo. Pensando, inevitablemente, en la infancia.
De niña veía estas escenas en la televisión. El río desbordado, la gente con el agua por las rodillas, los titulares urgentes. Nunca pensé que algún día estaría dentro de ese encuadre. Quizá por eso esta experiencia tiene algo de irreal, como si aún no me perteneciera del todo.
Hay una vulnerabilidad extraña en cumplir años mientras todo lo demás es inestable. Una se da cuenta de que el tiempo personal —ese que medimos en aniversarios— no tiene nada que ver con el tiempo real, el que decide un río, una borrasca, una orden administrativa. Cumplir cuarenta y cinco el día que te obligan a desalojar no es simbólico, es revelador. Te recuerda que no controlas nada.
No sé qué me encontraré cuando vuelva
Que la seguridad es un acuerdo frágil. Que la casa, el trabajo, los planes, todo puede quedar en suspenso por una llamada a media tarde.
No sé qué me encontraré cuando vuelva. Quizá nada. Quizá barro. Quizá solo humedad y silencio. Pero esa incertidumbre, ese no saber, ya forma parte de mí. Es un regalo extraño para un cumpleaños, pero también una enseñanza.
El Guadalete no es cruel. Nunca lo ha sido. Es constante. Hace lo que siempre ha hecho. Somos nosotros quienes olvidamos. Quienes construimos donde no debemos. Quienes pensamos que la naturaleza es decorado y no estructura.
Hoy no escribiré de literatura ni de ferias ni de polémicas culturales. Hoy escribo desde este paréntesis forzado, desde la casa materna, desde la madrugada de un cumpleaños sin tarta. Escribo porque no sé hacer otra cosa cuando todo se detiene. Porque escribir es mi manera de ordenar el miedo, de poner palabras donde solo hay espera.
Cumplir años, al final, es esto: asumir que nada está garantizado, pero seguir mirando. Seguir contando. Seguir estando. Aunque el río vuelva a reclamar su sitio. Aunque tengas que salir con lo puesto. Aunque el día que sumas una vela más lo pases preguntándote qué habrá al otro lado de tu propia puerta.


