Ya nos lo advertía el poeta Rubén Darío: cuidado con los que solo saben ver zodiacos funestos. Sin embargo, en el mundo de las ideas, el pesimismo vende. Si quieres que te hagan caso, mejor anunciar catástrofes que cualquier mensaje lleno de matices. El filósofo italiano Diego Fusaro es uno de estos profetas de la calamidad. En su caso, la atribuye a la globalización. Coincide así con la derecha más cerrada aunque vaya de marxista. Si hemos de hacerle caso, el mundo estaría en manos de unos capitalistas despiadados que, con tal de hacer negocio, se dedican a eliminar las diferencias entre seres humanos. Se dedicarían, supuestamente, a fabricar un mundo de clientes estándar, intercambiables entre sí.
¿Qué tenemos que hacer entonces? Fusaro responde en Defender lo que somos (El Viejo Topo, 2024), un alegato en favor de un “marxismo soberanista e identitario”, como si Marx nunca hubiera conminado a unirse a los obreros de todo el mundo. Es la identidad, no el cosmopolitismo, lo que va a salvarnos de las garras del sistema.
Fusaro parece imaginar que el capitalismo es doctrinario. Pero resulta que es pragmático. Lo que hace no es aplastar la diversidad sino mercantilizarla, adaptándose con precisión a las necesidades o gustos del consumidor. Lo observamos, por ejemplo, en la cuestión lingüística. Los periódicos hacen más ediciones en distintos idiomas cuando se dirigen a unos lectores bilingües. Además, gracias al algoritmo, es posible realizar en Internet una publicidad personalizada. ¿Para qué entonces eliminar las diferencias si es posible ofrecer una gama de servicios tan amplia como para tener a todo el mundo contento?
Contra el globalismo supuestamente uniformista, el pensador italiano reclama el fortalecimiento de las identidades. Ellas nos salvarán del vacío. Pero identidades hay muchas y a menudo en conflicto entre sí: nacionales, religiosas, de clase… Fusaro se queja de que el capitalismo atenta contra los vínculos comunitarios, como si todos esos vínculos fueran positivos y deseables. La mafia, por ejemplo, se basa en una idea determinada de la familia. Es una versión tóxica pero no por ello menos comunitaria. Constituye una forma de identidad que entra a menudo en conflicto con otros grupos humanos como, sin ir más lejos, el Estado. ¿Recuerdan la famosa escena de la saga El Padrino en la que Michel Corleone recibe una gran bronca por alistarse? La patria, desde esta óptica, nunca podrá ser lo mismo que la familia. De ahí que hablar de identidades en abstracto sea tan simplificador. Nuestro filósofo no matiza, no jerarquiza, no entra en contradicciones que podrían ser dolorosas para su argumento.
Fusaro no parece percibir el potencial destructor de las identidades. Nos dice que seamos nosotros mismos y se olvida de advertirnos que nuestro yo nacional puede ir en contra de nuestro yo obrero. Sucedió en la Primera Guerra Mundial, cuando los partidos antiguamente internacionalistas votaron los créditos para el esfuerzo bélico. Lo vemos también en los modernos procesos secesionistas: la clase trabajadora queda dividida entre independentistas y unionistas. En este caso, como en otros, la pasión identitaria solo sirve para hacer el juego al capital.
Es un exceso demagógico contraponer lo identitario al hombre consumista. Sucede, más bien, lo contrario. La pasión identitaria se convierte en un estímulo para el consumo. Pensemos en los partidos de fútbol a los que la gente acude para animar a su selección: todos poseen un sentimiento nacional y no por eso dejan de comprar camisetas o banderas. Más que destruir las identidades, lo que hace el capitalismo es integrarlas astutamente en su lógica del beneficio.
En teoría, nuestro autor propugna una especie de vía media entre el nacionalismo excluyente y el cosmopolitismo. En la práctica, lo que hace es defender las fronteras, ese gran instrumento que impide que nos disolvamos frente al “invasor”. ¿A quién se refiere con este término desagradable y alarmista? Todo nos hace pensar en los inmigrantes que llegan a nuestros países desde el Tercer Mundo. No en vano, Fusaro ha declarado que la inmigración se utiliza para acabar con los derechos laborales. La izquierda, a su parecer, le hace el juego al capital al pronunciarse a favor de una acogida sin restricciones. El otro, de esta forma, se convierte en una amenaza. El discurso viene así a coincidir con lo que propone la extrema derecha.
Fusaro se mueve en un marco de ideas abstractas, con lo que muchas veces no capta la realidad palpitante de la historia. Si, como hemos dicho, la globalización se opone a las identidades, no se explica cómo es que, en la actualidad, tantos gobiernos neoliberales defienden programas nacionalistas. Pensemos, para empezar, en la Inglaterra de Margaret Thatcher o en Estados Unidos bajo Ronald Reagan. En Nacionalismos (Crítica, 2026), Eric Storm señala esta aparente paradoja de unos líderes que se dedican a vender menos estado apelando a las pulsiones patrióticas.
La vía de la diferencia, en suma, solo nos lleva a ir de la mano con la extrema derecha, con esos partidos radicales que exaltan pequeñas identidades mientras se postran a los pies del dios Mercado. No deberíamos, según Fusaro, renunciar a lo que somos. Aunque eso, a primera vista, parece de sentido común, hagamos una simple pregunta: ¿Y qué somos? En la vida real observamos personas de izquierdas, de derechas, religiosas, ateas… Suponer que todos compartimos, por nacer en un lugar determinado, ciertos rasgos comunes, es una forma de idealismo impropia de alguien que se reclama marxista. Su énfasis en los valores tradicionales se convierte en una forma inquietante de rojipardismo que debilita a la izquierda para el combate que le espera. Ahí está el meollo de la cuestión, la esencia misma del drama: si ofrecemos a los trabajadores una versión roja de Santiago Abascal o de Silvia Orriols, optarán por el original antes que por la copia. Si un libro como Defender lo que somos ha sido reseñado elogiosamente en un medio tradicionalista como El Debate, por algo será.




