'Guía de la buena esposa' en el franquismo.
'Guía de la buena esposa' en el franquismo.

No, no es que vaya a hablar de ese precioso pueblo extremeño tan rico en patrimonio e historia como el Jerez gaditano: es una manera irónica de referirme al nuestro.

Cuando llegué aquí, hace más de treinta años, no existían apenas cafeterías donde una mujer pudiera estar un rato de charla con las amigas (o amigos). Lo que había eran tabancos exclusivos para hombres, y ver entrar a una fémina no acompañada se convertía en un espectáculo inaudito que dejaba a todos con la boca abierta. Las cosas han cambiado, evidentemente, pero todavía muchos se quedan mirando si ven a una mujer sola tomando una cerveza en un bar.

Recuerdo que otra cosa muy típica en las reuniones familiares era que siempre se formaban dos grupos: por un lado los hombres, hablando de fútbol (o de mujeres, claro), y por otra sus parejas, hablando de partos, trapitos o recetas de cocina. Como a mí estos últimos temas, no es que no los toque, pero terminan aburriéndome, en un  momento dado me “agregué” al grupo de los hombres, a ver si hablaban de algo más interesante, e inmediatamente me dijeron : “¿Tú qué haces aquí? !Vete con las mujeres!”. No entiendo tanta segregación, y menos que ésta se diera, y se siga dando, incluso en los centros escolares, -he trabajado en más de uno-, a la hora del café, o en círculos políticos o intelectuales.

Se me dirá que esto no ocurre sólo en Jerez, y es cierto, pero aquí es algo especialmente acusado. Y es que Jerez fue en la Edad Media una ciudad de nobles, de “caballeros”, y más tarde de alta burguesía, a la cual siempre han intentado imitar las clases medias, dentro de las pocas clases medias que había. Una consecuencia es que las mujeres no han contado en general sino como “esposas de” o, mejor, “señoras de” y su papel en el mundo, afianzado durante los cuarenta años de franquismo que todavía pesan sobre nuestros huesos, como diría Miguel Hernández, consistía mayoritariamente, en el caso de las casadas, en cuidar del marido, admirarlo mucho y darle la coba todo el tiempo, tener hijos, atender a la casa, actuar como buena anfitriona, no salir sino con el cónyuge y estar siempre “arreglada” es decir, ser lo que se viene llamando “mujer florero”. Y no hemos cambiado tanto.

Es curioso que incluso dentro del mundo del flamenco, una de las más genuinas señas jerezanas de identidad, existe una cierta “especialización”. Hay cantaores y cantaoras, bailaores y bailaoras, pero sólo hay guitarristas varones. Cuando me jubilé me apunté a una conocida academia donde enseñan a tocar la guitarra, porque en mi juventud había hecho algunos pinitos en Sevilla con este instrumento y me apetecía retomar el aprendizaje. Sólo fui algunos días a la academia, porque, aparte de la escandalosa informalidad del profesor, todos los alumnos eran niños, adolescentes o señores de diferentes edades, excepto una chica y yo. Me sentía como pez fuera del agua.

Hace algunos años se me ocurrió acudir a un grupo que se reunía en teoría para practicar francés en un conocido espacio del centro. El que dirigía el grupo se espantó de que hubiese ido sola y por lástima me colocó a lado de las parejas de los organizadores, todas ellas bastante pijas. Resultó que los hombres estaban viendo un partido de fútbol en una pantalla gigante instalada en medio de la plaza y sus “parientas” se dedicaron todo el tiempo a hablar, en español, de asuntos triviales. Lógicamente no volví más.

En otra ocasión, y no hace mucho, estando en los alrededores de la Plaza del Arenal repartiendo folletos de una conocida ONG a la que entonces pertenecía, una joven compañera me comentó que se le había acercado un señor diciéndole de muy malas maneras: “Tú donde tienes que estar es en la cocina”, comentario que naturalmente, a estas alturas del siglo XXI, la dejó de piedra.

Sigue estando muy interiorizado eso de San Pablo (Colosenses, 3:18; Corintios:1, 14)) de que la mujer debe estar sometida al marido, no debe hablar en las iglesias, o sea, lo que hoy serían las asambleas, y debe callar cuando habla el esposo, -y si no ha entendido algo que le pregunte luego en casa-. Por eso películas como Ágora de Alejandro Amenábar, que muestra a Hipatia, astrónoma, matemática, científica en definitiva, torturada y salvajemente asesinada en el crepúsculo del paganismo por cristianos fanáticos que no admitían que una mujer pudiera saber y pudiera enseñar, ha sido tan poco conocida y tan poco difundida. No interesa por muchas y obvias razones.

Y por eso me parece un anacronismo cómo todavía ahora y en nuestra ciudad en las conferencias o mesas redondas, casi siempre los ponentes o componentes son varones y en el coloquio posterior la mayoría de los que preguntan también lo son. Tanto es así, que, en el diálogo que siguió a una de esas charlas se me ocurrió hacer un comentario y una pregunta relacionados con el tema de la misma. El conferenciante estuvo un buen rato callado sin dignarse responderme a pesar del silencio y el desconcierto, ya incómodo, del resto del público, hasta que otro asistente tomó la palabra, y entonces sí se le respondió. Me sentí humillada.

Es diferente si el tema de la charla, conferencia, película o lo que sea versa sobre asuntos considerados femeninos, mujeres que han destacado por alguna razón, etc. Entonces son los hombres los que suelen quedarse un poco al margen, como si la cosa no fuera con ellos. Y no hablo sólo de varones más o menos conservadores, sino de los que se consideran de izquierdas. A muchos de estos últimos los he observado colarse un poco como por obligación en las concentraciones feministas, limitándose muchas veces a mirar desde un rincón, o ni siquiera los he observado, porque no han aparecido. Hay honrosas excepciones, pero me temo que son minoritarias. Señores, caballeros: los derechos de las mujeres son también derechos humanos y ser misógino les perjudica también a Vds. en muchos sentidos.

Hoy la izquierda no puede definirse como a finales del XIX o principios del XX, sólo como comunista, anarquista, federalista o socialista: se ha hecho plural, y necesariamente tiene que abarcar también el pacifismo, el ecologismo, el animalismo, el feminismo, -dado que el patriarcado es consustancial al capitalismo-, la memoria histórica o la defensa de los inmigrantes. La sensibilidad de los tiempos y las circunstancias han cambiado.

Habría que esperar que las nuevas generaciones contemplaran las relaciones hombre-mujer de forma más igualitaria y no como si perteneciéramos a especies diferentes. En muchos casos es así, pero cuando uno ve comportamientos como el de La Manada o como el del agresor de 15 0 16 años que atacó despiadadamente a una chica de 28 hace unos días en el barrio de Santiago cuando ella iba, todavía de noche, a su puesto de trabajo, no se puede ser muy optimista.

Las últimas hornadas de chavales han aprendido el sexo a través del porno en Internet, la ESO no les ha prestado el más mínimo barniz cultural o cívico y se están llenando de odio -se han convertido en eso que ahora se ha dado en llamar haters-. El odio que la ultraderecha lleva tiempo sembrando contra los avances que pretendíamos ganados en muchos terrenos.

Por decirlo en corto: las mujeres son para estos chicos objetos de diversión, sin más.

Me resulta algo especialmente sangrante cuando tanto se luchó durante la llamada transición y en las décadas posteriores para cambiar esas obsoletas estructuras de poder que condenaban a la parte femenina de nuestro país al silencio y a la sumisión. Me resulta sangrante que cambien cosas en la superficie para que en el fondo nada cambie.

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