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Cuando la fe o la ilusión en un proyecto nos hace rendirle tiempo, todo nuestro tiempo, durante años… ¿Es un fracaso tener la sangre fría de concluirlo? Eso de “no des un paso atrás ni para coger impulso”, o ese “más vale malo conocido que bueno por conocer”, ¿hasta dónde son un buen consejo, y hasta dónde son palabrería sin fundamento? No nos permitimos el lujo de equivocarnos nunca, no consentimos dudar de nada en absoluto, y mucho menos de aquello que nos ha llevado tiempo. El tiempo invertido es irrecuperable, es la vida… Si nos equivocamos al emplearlo, ¿tenemos que aceptar cualquier resultado? Nos dicen que tomemos las riendas de nuestra vida, pero cuando una decisión funciona sólo al principio, ¿es un fracaso cancelar el plan a medio camino e ir a por otra cosa? ¿Y si la primera opción es un acierto, pero dejar escapar algo mejor es un error? Nos aterra poner a examen nuestro propio criterio, nuestras convicciones… Me refiero, sobre todo, a dudar en el ámbito profesional y el personal, que son los más eminentes.

Les pondré un ejemplo que he conocido en el último año. Si no comparten mis dudas, al menos compartirán mi asombro.

El año pasado participé en una grabación en Londres, en los Pinewood Studios. Éramos un pequeño grupo de actores españoles; no había mucho movimiento, y nada de agobios. Me llevaron a maquillaje, donde una sola muchacha, rubísima y británica a más no poder, trabajaba con tranquilidad. Tenía un inmenso -inacabable- arsenal de colores, pinceles, postizos, cremas y lacas… Aquello era un mundo paralelo. Me invitó a sentarme frente al espejo y, entonces, me pregunté a mí misma qué habría tenido que hacer aquella chica, siendo tan joven como era, para tener un puesto de maquilladora en unos estudios tan míticos. Mi pregunta fue “¿Llevas mucho dedicándote a esto?”. Me dio una amplia respuesta, de lo más inspiradora: “No mucho, apenas un par de años. Estudié una carrera para dedicarme al marketing y estuve trabajado en departamentos de publicidad durante varios años. Me iba muy bien. Pero esto me gusta más. Ya sé que no tiene nada que ver…” Me sonrió, casi dando a entender eso de ya sé que estoy loca por dedicar diez años de mi vida a una formación y a una profesión que he dejado, a pesar de que me iba de lujo. No se arrepentía de sus años de publicista, aunque la inversión de su tiempo le hubiese aportado sólo experiencia y no la carrera de su vida. Todo suma. “Creo que si sabes que hay algo que puede gustarte más, tienes que ir a por ello”, me dijo. En otras palabras, esa muchacha creía en la valentía del apostador. Apuestas, pensé, el pasatiempo preferido de los ingleses…

Uno tiene que tener miedo de arrepentirse, no de equivocarse. Equivocarse es vivir, pero arrepentirse es despreciar lo vivido. Y lo vivido, sólo por serlo, es valioso.

Miedo de arrepentirse por haber pedido permiso, en lugar de perdón. De arrepentirse por la inmensa inversión de tiempo que una vez se hizo y ya para siempre te esclavizó. De arrepentirse por no apostar según el corazón, sino siempre del lado de la cabeza. De arrepentirse por callar cuando había palabras intentando huir de los labios. De arrepentirse por pensar demasiado en el qué dirán. De arrepentirse por no confiar. De arrepentirse por ceder al miedo de los que te rodean y creen saber mejor que tú qué quieres hacer con tu vida. De arrepentirse por no dar el paso y cambiar el departamento de publicidad por la sala de maquillaje.

Debe de ser nuestra educación judeocristiana, el concepto de lo que está bien y lo que está mal, que confunde la ambición con la vanidad. Con la soberbia. Y la soberbia es un grave pecado, ¿no es eso lo que dicen? No juegues con tu destino; ni que fueras dios. Es eso o simplemente el miedo a que nuestros sueños nos lleven al fracaso. Arrepentirse, sin embargo, es el peor de los fracasos. Más aún arrepentirse del paso que jamás se dio, de la apuesta que nunca se hizo, porque, como dice la canción, sólo se vive una vez… Nuestra inversión temporal no debería ser terca; deberíamos poder equivocarnos y cambiar el rumbo del timón cuantas veces quisiéramos. Al final de la travesía es a uno mismo al que habrá que dar parte de la aventura y a nadie más. El qué dirán no importa, importa qué pensarás tú y sólo tú.

Piénsenlo. Y que sean muy valientes -que lo esencial para ello es el miedo, y eso ya lo tienen-.

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