¿De verdad que el desplante de Trump a la premio Nobel de la paz, María Corina Machado, es una pataleta? No pude ser, no quiero creer que este invasor pelirrojo sea un niñato, porque de ser así, ¿qué más podría destrozar, invadir o robar en un futuro arrebato? ¿No será que juega a ser caprichoso, rencoroso, para así mover pieza en el tablero mundial saltándose acuerdos y leyes internacionales?
Por lo que sea, por la presión de mi mente racional o por terror, busco un motivo de mayor calado que una rabieta del día de Reyes. A mi cabeza le resulta más fácil suponer que a Trump no le salían las cuentas poniendo a Corina Machado al frente de ese país inundado de petróleo. Se me ha ocurrido pensar que, para ese fatídico 3 de enero, Trump ya tenía estudiado el lugar y sabía que Nicolás Maduro —otro bocazas, tal vez este sí sea un charlatán de manual— contaba con pocos y débiles apoyos, por lo que las mejores armas de combate las hallaría entre los que formaban el gobierno venezolano. Para qué complicar el terror en el hipermercado. La mente comercial de Trump busca mínima inversión y máxima ganancia. Pobre Corina, o patética Corina, humillándose ante el más villano de entre los villanos, calculador y sádico. ¡Lo qué estará disfrutando el frustrado aspirante a pacificador con el ofrecimiento ilegal de Corina!
Las zancadas que va dando Trump son tantas y en tantas direcciones que confunde, marea y desconcierta. Ha pasado una semana desde que invadiera Venezuela, secuestrando a Nicolás Maduro y la esposa de este; una semana durante la que nuestra ágil y cauta Unión Europea entretiene su tiempo con la lexicología, en un estéril debate sobre la palabra legítimo —¿es legítimo o ilegítimo un ataque a un país gobernado por un presidente que carece de legitimidad?—, la imprecisión entre secuestro o captura, dictador o narcoterrorista… seguro que este ingenuo juego les trae a la cabeza aquel divertimento de hace pocos meses: las discusiones entre guerra y genocidio que tanto ayudaron a Palestina; entre tradición o genocidio que tanto están ayudando a las mujeres afganas… Al final va a ser que la Unión Europea no es otra cosa que una Real Academia de la Lengua en Bruselas.
Un experto historiador recordaba el pasado sábado, al hilo del bombardeo de Trump sobre Caracas —país, por otra parte, que muchos europeos no saben localizar con precisión en el mapa—, la ocupación de Los Sudetes por parte de Hitler, allá por el año 1938. El resto de los países europeos, cautos, ambiguos y asustados, dejaron que aquel bocazas bravucón fuera dando zancadas e invadiendo Checoslovaquia y Polonia sin respetar acuerdos ni legitimidades. Para cuando quisieron reaccionar, que no fue sino porque Francia y Alemania sumaron dos más dos y les dio Hitler nos invade, ya fue demasiado tarde, «millones de muertos tarde», sentenciaba el mismo historiador, mencionando el número de soldados y civiles muertos durante la II Guerra Mundial.
No solo soy pacifista por razones humanitarias, que son motivos suficientes para serlo, sino también por cuestiones prácticas: "La guerra —como dijo Erich Hartmann— es un lugar donde jóvenes que no se conocen y no se odian se matan entre sí por la decisión de viejos que se conocen y se odian entre sí, pero no se matan". La guerra es devastación, muerte, pobreza que pagamos todos, menos aquellos pocos viejos que se conocen y se odian. «La mejor victoria es vencer sin combatir», decía otro hombre, estratega militar llamado Sun Tzu, que confiaba la victoria a la diplomacia y la prudencia.
Dos cualidades de las que carece Trump, como algunos otros viejos mandatarios que se conocen y se odian. Aunque no me engaño y, sin lugar a dudas, la raíz de este problema no está en la mala educación —por más grosero y vulgar que sea nuestro bravucón americano—. sino en asuntos tan viejos como el poder y la avaricia. Estamos ante actuaciones planificadas para su provecho personal y económico. Quién sabe si Trump se habrá dejado aconsejar por aquella cancioncilla de Celtas Cortos que decía: Haz turismo invadiendo un país, es barato, te pagan la estancia. Es una fórmula redonda: siembra el terror, monta guerras y tu mercancía armamentística “te la quitarán de las manos”. No son bocazas, son criminales.
Pero al igual que le ocurre a Nicolás Maduro, los europeos tenemos el enemigo entre los nuestros: esos que andan escudados tras la prudencia y en debates sobre la legitimidad de la no intervención. Esos que se niegan a ver lo que se nos está viniendo encima, enredados en los diccionarios, desmemoriados, como si no reconocieran las señales que anuncian la vuelta al caos del primer tercio del siglo pasado. Aún peor, cegados por los árboles que no les dejan ver el bosque.


