Inundaciones: por qué reconstruir no nos hace más resilientes

La seguridad hídrica exige cambiar el modelo: gobernanza del riesgo, inversión estructural y sistemas de agua urbana preparados para los escenarios extremos

Inundaciones en El Portal tras el paso del tren de borrascas en el Jerez rural.
05 de marzo de 2026 a las 18:28h

La seguridad hídrica no se decide en un punto del territorio, sino en la continuidad funcional que une cabeceras, llanuras de inundación y espacios litorales. El último tren de borrascas ha confirmado el carácter interdependiente del sistema: mientras en la Sierra de Cádiz se han registrado los fenómenos hidrometeorológicos de mayor intensidad y situaciones críticas para la seguridad de la población, los impactos territoriales, económicos y sobre los servicios de agua urbana se han extendido a lo largo de los tramos medios y bajos de la cuenca, desde la vega del Guadalete hasta el litoral y el Campo de Gibraltar. Esa continuidad funcional es también la escala real en la que debe pensarse la seguridad.

En ese sistema continuo se almacena el recurso que sostiene el modelo de desarrollo aguas abajo y se gestionan las crecidas que reducen el riesgo en las zonas más densamente pobladas, pero también se ponen a prueba infraestructuras, capacidades institucionales y equilibrios económicos muy diferentes según la escala territorial. El resultado es que la resiliencia del conjunto depende de la funcionalidad de cada una de sus partes.

Ríos desbordados, estaciones de bombeo fuera de servicio, colectores colapsados y municipios cuya normalidad ha dependido durante días de la capacidad de respuesta de los servicios públicos han evidenciado, una vez más, que los sistemas de agua urbana son una infraestructura crítica para la salud pública, la protección ambiental y la seguridad colectiva.

Y, sin embargo, nuestra respuesta sigue siendo en gran medida la del mito de Sísifo: tras cada episodio extremo reponemos lo dañado para devolverlo, con enorme esfuerzo económico y técnico, exactamente al mismo punto de vulnerabilidad.

El primer diagnóstico es claro: Andalucía cuenta con Planes de Gestión del Riesgo de Inundación en sus distintas demarcaciones hidrográficas, con programas de medidas que afectan a varias administraciones —desde la ordenación del territorio hasta la protección civil, el urbanismo, las infraestructuras o la gestión de cauces— y cuyo grado de ejecución sigue siendo parcial. No partimos de la ausencia de planificación; el problema es su prioridad política, su coordinación efectiva y su financiación estable.

Esta brecha no responde únicamente a limitaciones presupuestarias, sino a un desajuste entre la centralidad formal que la planificación otorga al riesgo y su posición real en los procesos de toma de decisiones. Mientras los planes hidrológicos y de gestión del riesgo de inundación configuran un marco técnico avanzado, su traslación efectiva al urbanismo, a la programación de infraestructuras y a la financiación de los servicios esenciales sigue siendo fragmentaria. El riesgo se reconoce en el plano documental, pero no actúa todavía como variable estructurante del modelo territorial ni de la política inversora. No es un déficit de planificación; es un déficit de prioridad política y de capacidad de ejecución.

A ello se suma una debilidad estructural en la cadena de implementación. La disciplina urbanística y el control de los usos en zonas inundables siguen presentando déficits relevantes en el ámbito local, mientras que las competencias autonómicas en materia de ordenación territorial y vigilancia requieren un ejercicio más sistemático y sostenido en el tiempo. En paralelo, los organismos de cuenca afrontan este escenario con plantillas muy ajustadas y una creciente carga técnica y administrativa que dificulta reforzar la función planificadora y el seguimiento efectivo de los programas de medidas.

El segundo aprendizaje tiene que ver con la cultura del riesgo. La gestión de la emergencia ha funcionado de forma razonablemente eficaz, pero sigue existiendo un déficit de comunicación y pedagogía social sobre qué significa vivir en un territorio expuesto a inundaciones, qué implica el riesgo y cómo debe afrontarse. La resiliencia no es únicamente una cuestión de infraestructuras: es también una cuestión de gobernanza, conocimiento compartido y corresponsabilidad institucional y ciudadana.

En este contexto, el enfoque de la protección civil ofrece una referencia especialmente útil. Fenómenos como los trenes de borrascas persistentes o las danas ya forman parte del escenario operativo con el que trabajan los planes de emergencia; el problema no es reconocerlos, sino que muchas infraestructuras y servicios esenciales fueron diseñados para unas condiciones que han dejado de ser las actuales. Lo que antes se consideraba extraordinario está ocurriendo con mayor frecuencia y reduce la capacidad de respuesta del sistema. Igual que la planificación de protección civil revisa de forma continua sus riesgos, medios y protocolos, resulta imprescindible actualizar los niveles de servicio, los criterios de inversión y el dimensionamiento de los sistemas de agua urbana para adaptarlos al nuevo contexto hidrológico. Sin esa adaptación, la reconstrucción seguirá reproduciendo la vulnerabilidad.

El tercer elemento nos sitúa en el gobierno del territorio. Una parte relevante de los impactos no responde únicamente a la intensidad de las precipitaciones, sino al incremento progresivo de nuestra vulnerabilidad: ocupación de zonas inundables, crecimiento de núcleos en áreas expuestas, suelos sellados, usos agrarios que presionan para evitar la inundabilidad natural de las llanuras e infraestructuras lineales que actúan como barreras transversales al flujo del agua. La inundabilidad no es solo un fenómeno natural; es también el resultado de decisiones territoriales acumuladas.

Un ejemplo muy ilustrativo se localiza en la vega del Guadalete, en Jerez de la Frontera, donde la fragmentación de la llanura de inundación por infraestructuras en terraplén genera grandes superficies encharcadas con tiempos de permanencia muy elevados al impedir el drenaje natural hacia el cauce.

La cuestión no es únicamente hidráulica. La ocupación y transformación de las llanuras responde a un modelo de toma de decisiones en el que los costes territoriales se externalizan hacia espacios con menor capacidad política, demográfica y financiera. Los territorios de cabecera almacenan el recurso, laminan las avenidas y soportan infraestructuras estratégicas que hacen posible el desarrollo de las zonas litorales, pero disponen de menor capacidad inversora para proteger sus propios sistemas de agua urbana.

En este contexto, la Asociación Española de Operadores Públicos de Abastecimiento y Saneamiento ha presentado la evaluación técnica de los daños ocasionados en los sistemas públicos de agua urbana de la provincia de Cádiz. El informe cuantifica en más de 8,5 millones de euros las necesidades de inversión para restituir la funcionalidad de las infraestructuras sin comprometer el equilibrio económico del servicio ni la asequibilidad para la población. Es una estimación de primera respuesta, elaborada en un escenario de emergencia, y cumple la función de estabilizar el sistema.

Conviene subrayar que esa cifra responde esencialmente a la restitución funcional. No incorpora todavía, de forma estructural, las actuaciones necesarias para adaptar infraestructuras, redimensionar instalaciones o reforzar la protección frente a episodios de mayor intensidad y frecuencia. Es el coste mínimo para recuperar el servicio, no para transformarlo.

No obstante, incluso esa estimación inicial incluye partidas orientadas a lo que en el informe se denominan infraestructuras de corte transversal. Se trata de actuaciones que no sustituyen una tubería ni reconstruyen una estación dañada, pero que mejoran la capacidad del sistema en su conjunto: actualización de planes de emergencia de presas, implantación efectiva de planes municipales frente al riesgo de inundación, mejora de los protocolos de comunicación y desarrollo de herramientas digitales de coordinación operativa en tiempo real. Son inversiones que fortalecen la gobernanza, el diagnóstico y la respuesta ante emergencias y que, aunque modestas en volumen económico, empiezan a sentar las bases del nuevo modelo.

Si el objetivo es no volver al mismo punto de vulnerabilidad, la inversión debe situarse en una escala distinta. Reponer sin adaptar consolida el riesgo. Adaptar implica revisar trazados en zonas inundables, elevar equipos electromecánicos, sectorizar redes, mejorar sistemas de drenaje y bombeo, incorporar soluciones de drenaje urbano sostenible y medidas de retención natural, reforzar protecciones eléctricas, introducir monitorización en tiempo real y actualizar los criterios de diseño. Esa transición exige una programación plurianual y una dotación que multiplica la cifra inicial de reposición.

Hablar de resiliencia estructural no es hablar de millones puntuales tras un temporal, sino de un esfuerzo sostenido que permita sentar las bases del nuevo modelo de gestión del riesgo. La diferencia entre reconstruir y transformar no es semántica; es presupuestaria y estratégica.

La aprobación de financiación extraordinaria es positiva y necesaria. Pero la resiliencia solo se alcanza cuando la inversión se integra en un marco de gestión patrimonial basado en el riesgo, con horizontes estables y criterios homogéneos de priorización y dimensionamiento acordes con el nuevo contexto hidrológico. De lo contrario, el sistema reproduce una lógica reactiva en la que los recursos se movilizan en función del daño y no de la vulnerabilidad.

La seguridad hídrica define, en última instancia, la calidad material del proyecto colectivo, la cohesión territorial y la igualdad efectiva en el acceso a los servicios esenciales. Y en ese marco, los sistemas de agua urbana forman parte de la arquitectura básica de la seguridad, al mismo nivel que la protección civil, la ordenación del territorio o la planificación de infraestructuras estratégicas.

Salir del mito de Sísifo es asumir que la seguridad hídrica no es una consecuencia automática de reconstruir lo dañado, sino una decisión consciente de gobernanza: dejar de invertir para recuperar la situación previa y empezar a invertir para reducir la vulnerabilidad; dejar de diseñar con referencias del pasado y hacerlo con los escenarios que ya definen el presente; dejar de entender la financiación como respuesta a la emergencia y convertirla en un instrumento estructural de cohesión territorial.

Romper el ciclo de Sísifo es, en definitiva, cambiar el modelo para que los sistemas de agua urbana mantengan su funcionalidad y la continuidad del servicio también en condiciones extremas y bajo escenarios de alta incertidumbre.